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Sergio Cabrera, el director que llega a los 65 años lleno de éxitos

Sergio Cabrera, el director que llega a los 65 años lleno de éxitos

Dirigió producciones como 'Escalona' y alcanzó la fama con la película 'La estrategia del caracol'.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
06 de julio 2015 , 05:12 p. m.

Por: María Alexandra Cabrera / Fotos: Marcela Riomalo

A los nueve años, Sergio Cabrera recibió una herencia definitiva. Una tía que estaba a punto de morir le dejó su cámara Kodak Brownie Fiesta de plástico. Su vida, que hasta el momento había transcurrido muy cerca de las tablas, comenzó a dar un giro. Además de actuar, acompañar a su padre a ensayos de teatro, descubrir las obras de Tennessee Williams, Arthur Miller, William Shakespeare y Bertolt Brecht, ahora empezaba a pensar en imágenes, ángulos y encuadres.

A los diez años se trasladó con su familia a Pekín y su vida comenzó a parecerse a una película. Vivió seis meses en un hotel con 600 extranjeros de diversas religiones y posiciones políticas, y luego entró a un internado en donde fue instruido en los principios comunistas. A los 16 años decidió que lo suyo era el cine, pero el comienzo de la Revolución Cultural China (1966) aplazó sus planes. Fue guardia rojo y aprendiz de tornero. Trabajó en una fábrica de relojes despertadores y en una comuna popular. Estudió medicina y filosofía en Pekín y cine en Londres. Dirigió cerca de 500 comerciales. Se casó tres veces, tiene cuatro hijos, fue militante del EPL, actor, fotógrafo y representante a la Cámara. En Colombia dirigió exitosas series como 'Escalona', 'La Pola' y 'Doctor Mata', y, en España, '¡A ver si llego!' y la célebre 'Cuéntame cómo pasó'.

En 1989 apareció 'Técnicas de duelo', su primera película, pero fue en 1993, con el estreno de 'La estrategia del caracol', que alcanzó el éxito y el reconocimiento internacional. Luego dirigió 'Águilas no cazan moscas', 'Ilona llega con la lluvia', 'Golpe de estadio' y 'Perder es cuestión de método'. Después de diez años alejado del cine, estrenó en abril 'Todos se van', una película basada en la novela de la escritora cubana Wendy Guerra que cuenta la historia de Nieve, una niña de ocho años que sufre la separación de sus padres en la Cuba de los años ochenta.

Cabrera heredó de los orientales la paciencia y la calma. A los 65 años habla con pasión, pero sin afanes, de su vida y sus proyectos. Le gusta recordar.

Usted tenía diez años cuando su familia decidió irse a China. ¿Por qué terminaron allá?

Los orientales estaban formando sus escuelas de intérpretes y traductores y necesitaban profesores que hablaran español. Un amigo chileno de mi padre lo propuso como profesor y él decidió irse porque estaba descontento con el trabajo que estaba haciendo aquí. Recuerdo que mi padre hizo una reunión familiar y nos dijo que teníamos la posibilidad de irnos a vivir a China, para mí era como irme a Marte, y todos dijimos que sí.

¿Cómo fueron esos primeros meses en Pekín?

Los comunistas llevaban diez años en el poder y nosotros llegamos en el peor momento de la crisis que siguió al Gran Salto Adelante. Todo era racionado con cupones. A los extranjeros nos daban muchísimos más cupones, pero de todas formas no alcanzaba. Me acuerdo que yo quería cambiar de chaqueta para el invierno y mi madre me decía: “Tenemos plata, pero no cupones”. Fue una llegada agridulce porque empecé a sentir que tanto en mi padre como en mi entorno los conceptos de libertad habían cambiado. La libertad se había transformado en autoridad.

¿Es cierto que no lo dejaban leer cómics?

A mi padre le parecía que eran una mala influencia, así que los leía a escondidas. En dos ocasiones me los descubrió, los botó y me tocó volver a comenzar la colección. Uno es la suma de todas esas cosas.

¿De qué otra manera sintió ese peso de la autoridad?

Nosotros vivíamos en Pekín en un hotel con 600 extranjeros de todas las nacionalidades, religiones, políticas y, para la mirada de mi padre, era un lugar con muchas malas influencias. Nos podíamos contaminar de ideas capitalistas, anarquistas, musulmanas, trotskistas… Entonces decidió meternos a mi hermana y a mí en un internado en donde no nos desviáramos del ideal comunista. Salíamos los sábados al mediodía y regresábamos al colegio el domingo en la noche. Casi no veía a mis padres, hasta el español empezó a olvidárseme.

¿Qué recuerdo le quedó del internado?

Dormía en una habitación con ocho personas y la comida era horrorosa. De desayuno nos daban sopa de arroz, de sorgo o de avena. Mi madre puso la condición de que nos tenían que dar leche y a las diez de la mañana nos daban un vasado de leche con un poquito de azúcar que me sabía a gloria. El baño era solamente los miércoles y nosotros teníamos la costumbre de bañarnos todos los días. En la clase debíamos permanecer con las manos detrás de la espalda, según los chinos era muy sano para la formación del cuerpo.

¿Se sintió abandonado por sus padres?

En ese momento no porque de verdad creía que así me iba a educar mejor, pero con el tiempo me he dado cuenta de que sí me afectó. En esos países los niños son bastante mimados, había posibilidad de hacer deporte, de leer, de hacer actividades artísticas, pero la disciplina y el rigor eran impresionantes. Recuerdo un día que estaba leyendo en el recreo una novela de Georges Simenon. Estaba en la última página cuando sonó el timbre. Entré a clase, me puse el libro entre las piernas para leer los dos últimos párrafos y cuando cerré el libro estaba toda la clase mirándome. El profesor había salido del salón y la monitora del curso me dijo que tenía que traerlo de regreso. Apenas me vio me dijo: “No te están interesando mucho mis clases”. Le conté que estaba leyendo el final de una novela y le pedí excusas. Me dijo: “Está bien, pero quiero que me pidas las excusas por escrito”. Mira el nivel de disciplina.

En 1966 estalló la Revolución Cultural y usted se convirtió en uno de los millones de guardias rojos. ¿Cómo fue esa etapa?

Ser guardia rojo no era gran cosa. La Revolución Cultural empezó en las universidades y después en los colegios, todos éramos maoístas, pero había diferentes matices respecto a lo que queríamos criticar de los maestros o los pénsum, pero el objetivo real era tomarse el poder y controlar la escuela. Cuando la cosa se puso fea, a los extranjeros nos prohibieron ir a la escuela y pasé seis meses encerrado en un hotel. Yo no era fanático, pero sí era apasionado. Si me hubieran dejado probablemente habría seguido porque creía que ese era el camino. De hecho, lo que hicieron todos, irse al campo, a las fábricas, fue lo que hice con mi hermana. Primero estuvimos en una fábrica de tornos y luego en una de relojes despertadores que también hacía equipos para perforación petrolera. Dormíamos en la fábrica y antes o después del desayuno nos parábamos frente al retrato de Mao a pedirle que el día fuera bueno, que se cumplieran los planes, que no hubiera accidentes. Eso me hacía sentir incómodo porque me recordaba las misas.

Además de la postura política, ¿hubo algo de la filosofía espiritual china que lo marcó?

Hubo una época en la que busqué, pero no se me dio. Yo quisiera ser más espiritual, porque veo que la gente que cree en Dios soluciona más fácil sus problemas y vive más tranquila. Lo que buscan los taoístas es ganarse el cielo en vida y de alguna forma trato de ajustarme a esa idea. Mi formación oriental me da más perspectiva de las cosas, más paciencia, más pasión, un concepto más realista del tiempo en el que no todo tiene que ser ya.

Cuando regresó a Colombia en 1968 entró a formar parte del EPL. ¿Cuál es la historia?

Las relaciones con los delegados del Partido Comunista colombiano comenzaron en China. Tenía 18 años cuando llegué a Medellín y conocí a una célula del EPL. En esa época hubo una crisis interna y necesitaban sangre fresca. Un día me dijeron que tenía que irme para la guerrilla a la mañana siguiente sin despedirme de nadie ni contarles a mis padres. Nos fuimos a Dabeiba y por ahí entramos al Paramillo. Desde que llegué me di cuenta de que eso no era lo mío, sentí que me habían engañado. Pero salirse una vez que uno está adentro es muy difícil.

Me imagino que le tocó enfrentarse en combates con el ejército.

Evitábamos los combates porque el EPL estaba en un período de formación y era una guerrilla muy pequeña. Cuando el ejército atacaba había que defenderse, pero la mayor parte del tiempo la vida era caminar y hacer contacto con los campesinos de la zona.

En uno de esos enfrentamientos casi pierde un ojo.

Y perdí un pedazo de oreja, y en otro ataque me hirieron una pierna. Uno no sabe exactamente qué sucede en esos combates y no sabía si había perdido el ojo o no. La retirada duró todo el día y toda la noche, hasta que llegamos a un sitio donde había un médico y empezó a curarme.

Si desde el principio lo decepcionó el EPL, ¿por qué se quedó tres años?

Porque no estaba bien visto que uno desertara. En ese momento mi hermana y mi padre también estaban en el EPL y mi madre se quedó haciendo trabajo de apoyo en una red urbana. Estando allá el ejército entró, le hicieron un consejo de guerra y la pusieron presa un año y medio. Esa fue otra de las razones por las que me demoré mucho en salir. Me preocupaba aumentar su sufrimiento al saber que su hijo había salido de la guerrilla sin que yo pudiera explicarle por qué. Me tocó recurrir a toda mi paciencia hasta que logré salir con autorización.

¿Cuándo aparece el cine en su vida?

A los 16 años mi idea era terminar el bachillerato y entrar a la escuela de cine, pero por la situación política el plan se dañó. Cuando regresé a China la escuela seguía cerrada porque la Revolución Cultural solo permitía carreras técnicas, así que estudié seis meses medicina y tres años filosofía. Mientras estaba estudiando llegó a rodar una película el holandés Joris Ivens. Él necesitaba a alguien que hablara muy bien francés y le sirviera de intérprete, y me contrató. Nos fuimos haciendo amigos y se enteró de que yo llevaba varios años haciendo cola para estudiar cine. Prometió ayudarme a buscar una escuela. Al poco tiempo me dijo que el director del London Film School me aceptaba si aprendía inglés. Y entré.

¿Qué películas lo marcaron?

Muy especialmente Ascensor al cadalso, la he visto por lo menos 12 veces. También una película china de antes de la revolución que se llama Ciervos. Luego Ciudadano Kane, una de mis preferidas.

A su regreso a Colombia protagonizó con Amparo Grisales la telenovela Kundry. ¿Qué recuerda de esa experiencia?

Amparo tiene más anécdotas. Ella me mimaba, pero se burlaba mucho de mi timidez. Teníamos escenas en las que teníamos que estar cogidos de la mano y cuando decían corten, yo quitaba la mano rapidísimo porque Amparo me intimidaba. La novela fue muy popular y en todas partes me reconocían. En esa época vino un equipo japonés y me contrataron de camarógrafo para ir a filmar a La Guajira. Cuando llegamos a Manaure me pidieron un autógrafo y, de repente, había una cola como de 15 personas esperando. Dejé la actuación porque los únicos papeles que había para mí eran de señorito o galán, y eso no me interesaba.

Luego comenzó a trabajar como director de fotografía.

En 1978 hice mi primer corto, Diario de viaje, que es la reconstrucción del viaje de Humboldt por Colombia. Fui director, montador, director de fotografía y actor. Me dio pena aparecer en todos los créditos y me inventé un seudónimo: Sebastián Vera… El caso es que, gracias a ese corto, Gustavo Nieto Roa me dijo que quería que le hiciera la dirección de fotografía de Amor ciego. Después hice la de Tiempo para amar, Padre por accidente, Con su música a otra parte. Poco a poco me fui retirando porque me di cuenta de que si seguía por ahí me iba a cambiar el destino. Entonces me dediqué a hacer comerciales, hacía como ochenta al año. Hasta que junté ánimos para hacer la primera película.

¿Cómo nació Técnicas de duelo?

Recién llegado a Colombia leí la historia de un juez que había ido a hacer un desalojo y cuando llegó con la policía no encontró nada porque la casa se había caído, y me pareció que era el tipo de historia que quería contar. Decidí que iba a hacer una pequeña revolución, esa que no pude hacer en la vida real la iba a hacer en una película. En esos días fui a rodar un comercial a Nueva York y conocí a Ramón Jimeno, le hablé de mis proyectos y le dije que estaba buscando a alguien con quien escribir porque necesitaba una mirada periodística. Me dijo que él lo hacía, cogimos una hoja e hicimos la lista de los veinte personajes de La estrategia del caracol, y arrancamos a escribir el guion durante dos años. Estando en esas, Humberto Dorado me mostró el guion de Técnicas de duelo y decidí aplazar La estrategia porque sentí que Técnicas era más manejable. Todo el mundo me decía que La estrategia del caracol era imposible, mis mismos asesores me decían: “Sergio, eso es muy lindo pero no se lo va a creer nadie”.

Técnicas de duelo no tuvo el éxito que usted esperaba.

Yo pensé que nunca iba a hacer una mejor película que Técnicas de duelo, a mí me encantó el resultado a pesar de que en Panamá se perdió una caja con los negativos y me tocó modificar el plan original. Tuvo mucho éxito con la crítica y ganó el Festival de Cine de Gramado de Brasil, pero en Colombia no le fue bien, solo la vieron 14.000 espectadores.

Sin embargo, volvió a intentarlo de nuevo.

Técnicas de duelo ganó un concurso de Focine y el premio era hacer una película, así que decidí intentarlo otra vez. El rodaje fue muy traumático porque, el día que empezó, cerraron Focine. Jorge Nieto y Fanny Mikey, que eran de la junta directiva, me advirtieron que no empezara la película porque no había plata y me iban a dejar colgado en la mitad del rodaje. Me reuní con Ramón Jimeno y con Salvo Basile, productor ejecutivo, y decidimos que preferíamos tener media película a nada. Modificamos todo el plan de trabajo y, con el dinero que teníamos, más el que había en nuestras tarjetas de crédito, rodamos cuatro semanas. Luego me dediqué a hacer comerciales para juntar dinero, conseguí el apoyo de Crear TV y rodé dos semanas más. Cuando terminé estaba sin un peso. Con tantas dificultades perdí el entusiasmo, me desmoralicé y guardé la película en una bodega.

Entonces apareció Gabo y salvó la película. ¿Cómo es esa historia?

Conocí a Gabo en La Habana cuando estaba editando Técnicas de duelo. Allá le hablé del guion de La estrategia del caracol y a él le pareció muy interesante. Cuatro o cinco años después nos volvimos a ver en una cena en la casa de Álvaro Mutis en México y Gabo me preguntó: “Oye, ¿y qué pasó con la historia aquella de la casa que me contaste?”. Le eché la historia y me dijo que teníamos que recuperar esa película y que cuando fuera a Bogotá me llamaba porque quería ver si el resultado era tan catastrófico como yo decía. Y cumplió. Llegó a ver las tres horas de la película y me dijo: “Son las seis y tengo una cena en mi casa a las ocho, veamos hasta donde alcancemos”. Cuando íbamos en el tercero de los diez rollos llamó a Mercedes y le dijo que cancelara la cena. Se quedó hasta las once y me prometió que al otro día se ponía a salvar la película. Efectivamente al día siguiente me llamó, me puso en contacto con unos productores en París y me ayudó a conseguir la financiación para terminar La estrategia del caracol. Sin ese empujón yo no sé qué hubiera pasado.

¿Por qué cree que la famosa frase, que aparece casi al final de la película: “Ahí tienen su hijueputa casa pintada”, impactó tanto al público colombiano?

He pensado muchas veces en qué consiste ese impacto y creo que lo que originó mi deseo de hacer una pequeña revolución se cumple. En La estrategia del caracol están todos los mecanismos que hay que usar para cambiar las cosas en un país, no necesariamente para hacer una revolución, pero sí para construir mecanismos de confianza, para tener un ideal común. Ese final es la pequeña victoria de ellos. Esta gente, en vez de seguir el camino que han seguido todos durante años, usa un camino diferente que, aunque no soluciona del todo el problema, sí los une y les da dignidad.

Después hizo Águilas no cazan moscas, que es otra versión de Técnicas de duelo. Muchos criticaron esa decisión, ¿por qué lo hizo?

Después del éxito de La estrategia del caracol me propusieron reestrenar Técnicas de duelo, pero en Colombia no se podía volver a presentar porque la televisión española había comprado los derechos de la película. Me sugirieron cambiarle el nombre y les dije que no lo hacía si no cambiaba la película. Técnicas había tenido 14.000 espectadores y Águilas tuvo 650.000 y ganó el Festival de Sundance. Yo hago las películas porque quiero que las vean. Me pareció injusto que criticaran que quisiera hacer un negocio con una película. Intentar sacar dinero de una buena película no es un crimen.

¿Cómo fue la experiencia con Ilona llega con la lluvia?

Caracol había comprado los derechos de tres novelas de Mutis para hacer Noticas del Gaviero, una miniserie, pero luego dijeron que no iba a ser rentable y les propuse hacer una película con la historia de Ilona. El problema es que en muy poco tiempo nos obligaron a adaptar para el cine el guion que teníamos para televisión, a sabiendas de que todavía estaba verde. Rodé con esa tristeza de saber que podía ser mejor. Estéticamente la película me gusta mucho, pero narrativamente le encuentro inconsistencias.

En 2002 hizo Ciudadano Escobar, un documental que nunca estrenó. ¿Qué pasó?

Lo tengo en la casa y nunca salió porque no tengo los derechos y me cansé de pelear con los productores. Mucha gente lo quiere ver porque tiene testimonios muy valiosos sobre la vida de Pablo Escobar. Esas cosas pasan, una película es una cosa supremamente frágil, por eso siempre trato de coproducir mis proyectos y así tener un mínimo de control.

Mientras estaba rodando Golpe de estadio decidió meterse en la política y lanzarse como candidato a la Cámara de Representantes por el Movimiento Independiente Colombia por Siempre. ¿Por qué?

Yo llevaba mucho tiempo desvinculado de la política y me metí a un grupo de estudios con Juan Lozano y Pedro Ruan. Al cabo de un año Juan dijo que sería bueno intentar tener un representante en el Congreso. El que iba a lanzarse era Pedro, pero cuando empezaron a hacer estudios resultó evidente que Pedro no iba a salir y que yo salía sin necesidad de hacer campaña. Les dije que no, que de ninguna manera, pero empezó todo el mundo a decirme: “Claro que puedes, como no vas a hacer algo por el país”. De repente tuve una reflexión platónica que dice que si uno desprecia a los políticos termina gobernado por ellos, y acepté a regañadientes. Me dolió mucho tener que dejar al cine y dedicarme solo a eso, pero en el fondo pensaba que podía hacer algo.

No solo es elegido sino que termina de segundo vicepresidente de la Cámara.

Con Antonio Navarro, Gustavo Petro y Nelly Moreno juntamos una bancadita de izquierda de nueve personas, y donde nos colocáramos ganaba la presidencia de la Cámara. Antonio negoció un puesto en la junta directiva y, de repente, salí elegido segundo vicepresidente, lo que trastornó aun más la situación. El segundo vicepresidente es el que más trabaja. Me volví un secretario: que si van a tapizar la oficina, que si van a cambiar el baño, que los pasajes, que el coche blindado. Y para colmo de males, el presidente y el vicepresidente, Emilio Rosado, estaban en campaña permanente y me tocaba lidiar a un montón de congresistas.

Luego lo acusan de mal manejo de fondos.

Un día recibí una citación de la Corte Suprema de Justicia a indagatoria. Me estaban investigando porque a Emilio Rosado lo encontraron culpable, pero se dieron cuenta de mi inocencia y me absolvieron. Luego me empezaron a amenazar y tuve que irme a España. No me gusta hablar del tema porque nunca he querido presentarme como una víctima.

Volvamos al cine. Después de Perder es cuestión de método decidió no hacer más películas. ¿Por qué?

Hoy la competencia es feroz, todo el mundo puede hacer una película y compites con gente joven con una gran capacidad de riesgo. Para hacer Todos se van he tenido que tomar muchos riesgos porque yo sé que la gente prefiere las comedias y las películas con actores conocidos. Cuando uno decide gastar su tiempo y su dinero en una película en la que no hay certeza de que vaya a gustar, hay que tener capacidad de riesgo, y eso se va perdiendo.

¿Qué lo cautivó de Todos se van?

Cuando leí la novela encontré que tenía mucho que ver con mi niñez y con mi visión del socialismo. A mí me da mucha tristeza que el socialismo no haya funcionado por culpa de gente irresponsable. Es una película muy personal en la que siento la responsabilidad de hablar de algo que conozco y de cómo el poder apabulla a la gente desde que eres un niño.

Usted tiene una anécdota con un grupo de las Farc que vio la película en La Habana. ¿Qué pasó?

En diciembre fui al Festival de Cine de La Habana de jurado y se proyectó Todos se van como selección oficial. Un día llegué al hotel y había una persona de las Farc que quería hablar conmigo para saber qué opinaba del proceso de paz. Me preguntó si estaba dispuesto a visitarlos y le dije que sí. Cuando me recibieron me dijeron que admiraban mucho mi trabajo, que tenían todas mis películas pirateadas, que les divertía Golpe de estadio y que La Pola era material de enseñanza. El día de la proyección de Todos se van llegaron 25 personas. Yo pensé que no les iba a gustar porque la película critica los principales defectos del socialismo, pero cuando terminó la proyección aplaudieron y me felicitaron mucho. Quedé sorprendido.

¿Seguirá haciendo cine?

Todos se van es a mis proyectos lo que Técnicas de duelo fue a La estrategia del caracol. En mi próxima película quiero hablar de mi juventud. Creo que la historia es muy injusta con los comunistas de fines de siglo, nos meten a todos en la misma bolsa y no es así. Nosotros éramos unos románticos, teníamos espíritu de entrega, de sacrificio. Llevo mucho tiempo trabajando en el argumento. También hay un proyecto para hacer la versión china de La estrategia del caracol que estoy considerando.

¿Qué le molesta como director?

Detesto la irresponsabilidad. Yo a un actor le perdono muchas cosas, pero no que no llegue con su letra aprendida. Muchos actores se confían de su buena memoria y creen que se van a aprender el texto mientras los maquillan, eso me desespera. Pero en general, soy un director que me gusta disfrutar y divertirme rodando, no ando furioso todo el tiempo.

El cine, ¿para qué?

Para contar las historias que me interesan. A mí no me preocupa que me recuerden ni que mis películas trasciendan en la historia. Hago cine porque quiero hablar de las cosas que me importan.

MARÍA ALEXANDRA CABRERA

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