Meluk le cuenta... (Barbosa e Higuaín)

Meluk le cuenta... (Barbosa e Higuaín)

El sábado pasado, el delantero argentino quizás haya entrado a esa lista de jugadores 'malditos'.

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05 de julio 2015 , 08:14 p. m.

Los autores de lo que podríamos llamar la ‘nueva narrativa del fútbol’ (por ponerle nombre) tal y como lo hicieron los viejos cronistas de las máquinas de escribir llaman a Moacir Barbosa el ‘arquero maldito’. Fue el portero de Brasil en el Mundial de 1950, del equipo ‘predestinado’ a la victoria y que perdió la final, en el Maracaná (1-2), contra Uruguay.

A Barbosa lo enterraron en vida. No podía entrar a un bar ni ir a la playa ni hacer las compras. “Ése –le dijo una madre a su hijo al verlo por la calle– es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”, contó una vez el propio desdichado. Los 200.000 espectadores que fueron al Maracaná, por ese entonces o maior estádio do mundo, y los 54 millones de habitantes que tenía por esa época el ahora quinto país más poblado del planeta, lo culparon sin piedad de la tragedia. Lo maldijeron.

En 1993, al pobre Barbosa le impidieron entrar a saludar a los jugadores de la Selección de Brasil porque quisieron alejar a los malos espíritus que supuestamente lo acompañaban. Fue cuando, destrozado, dijo: “En Brasil, la pena más grande por un crimen es de 30 años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí”. Barbosa, ya muerto en vida, dejó de existir dos años después...

El sábado pasado, el delantero argentino Gonzalo Higuaín quizás haya entrado a esa lista de jugadores ‘malditos’. Final de la Copa América. Última jugada de un partido duro, áspero, de raspe y gane, con tan pocas opciones de gol que se contaban con menos de los dedos de una mano. 0-0 en el marcador y Messi fabrica un contragolpe con olor a vuelta olímpica en el minuto 91 y 37 segundos. Le alarga el balón a Lavezzi que, veloz, acompaña en la izquierda y que dentro del área lo cruza de primera, al otro lado, donde Higuaín galopa solo con su soledad. Pero cuando se estira y toca el balón frente el arco derrotado del portero Bravo, lo patea como un caballo y desvía el tiro imposible. En 11 segundos su historia y la de Argentina y la de Chile y la de la Copa América cambió. Fue el comienzo del fin.

Pasó, entonces, media hora de un alargue de calambres y pies cansados. De instinto de sobrevivencia sin oxígeno en la cabeza. El empate sin goles persistió. Entonces, argentinos y chilenos metieron cinco balas en el tambor del revólver, se pusieron espalda contra espalda, contaron 12 pasos, dieron media vuelta, se miraron a los ojos, desenfundaron y... ¡bang!

El disparo de Higuaín, sí, del mismo Higuaín que había condenado a su equipo a esta tortura, no pasó ni cerca. Argentina fue herida de muerte.

Quién sabe si en un futuro, con el paso del tiempo que ahora parece más veloz, más corto, por la aceleración tecnológica, cuando un canoso y lento Higuaín camine pausado por Florida y Lavalle, una madre le diga a su pequeño hijo mientras lo señala: “Ese es el hombre que hizo llorar a toda la Argentina”.

Meluk le cuenta…

GABRIEL MELUK
Editor de Deportes
En Twitter: @MelukLeCuenta

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