Poder y prepotencia/ Conexión sonora

Poder y prepotencia/ Conexión sonora

Los egos explosivos de los artistas solo redundan en sus propias lides.

03 de julio 2015 , 04:29 p. m.

Bien es cierto, y nadie lo va a negar, el negocio de la música ha estado dominado por siempre, para bien o para mal, por las compañías discográficas. Durante un siglo han puesto las condiciones y entre bondades y maldades, sus artistas –buenos o malos– han recibido de ellas lo que a su bien les ha tocado.

Obvio, las disqueras aún mantienen un control importante sobre el negocio, y siguen siendo el motor fundamental del mismo. Pero es innegable que su poderío, basado esencialmente en la venta de discos, se quebrantó notablemente desde la década anterior en una situación de la que se ha hablado interminablemente.

Pero hay una sensación bastante extraña hoy en torno a los artistas, y especialmente los llamados grandes, que parecieran simbolizar una especie de revancha a tantos años de dominio de estas discográficas.

Jay Z creó la plataforma Tidal, en un ambiente total de prepotencia. Taylor Swift desdeñó de las plataformas de streaming, retiró su música de allí, queriendo demostrar su poder con la salida a ventas de su disco '1989', y recientemente conminó a Apple para evitar que su modelo de gratuidad por tres meses no incluyera las regalías de los artistas. Trent Reznor se volvió el amo detrás de ese negocio de Apple Radio, mientras que el líder de Queens of The Stone Age, Josh Homme, es ahora uno de sus presentadores.

Por su parte, Prince acaba de ordenar el retiro de toda su música de las plataformas, dejándole la exclusividad a Tidal. Kanye West sale a autoproclamarse en Glastonbury como el artista de rock vivo más importante del planeta. Incluso Madonna que, con su nueva canción llamada Bitch, I’m Madonna, pareciera querer decirle a sus pares que ella está por encima de cualquiera.

Estos egos explosivos solo redundan en sus propias lides. El público actual no pareciese estar interesado en esa lucha de poderes más allá de la música de sus artistas que, minando o no las posibilidades de acceso, olvidan justamente a aquellos que consumen su música. No estar en Spotify, Deezer o Rdio, en últimas, solo afecta al usuario.

Nadie va a negar los derechos de artistas y compositores, que la descarga ilegal ha afectado sus intereses, que históricamente muchos fueron víctimas de contratos discográficos leoninos, y nadie está para contradecir su valor artístico. Pero esta afanada prepotencia ahora por dominar medios y la escena en general, ya empieza a tornar a un color no muy agradable.

DANIEL CASAS
Periodista musical

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