El policía que se juega su vida en la ruleta de los explosivos

El policía que se juega su vida en la ruleta de los explosivos

El intendente Mario Gil lleva 15 años desactivando bombas. Cada operativo puede ser el último.

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03 de julio 2015 , 04:18 p. m.
 

El 9 de abril de 2002 fue un día de contrastes para Mario Gil, intendente jefe asignado a la Unidad de Antiexplosivos de la Policía. Muy temprano, a eso de las 6 a. m., se comentaba a través de las radiocomunicaciones internas que dos técnicos antiexplosivos, uno de ellos muy amigo, habían perdido la vida tras la detonación de un carro bomba en la población de Sibaté.

Todo era un misterio, pero cuando recibió la orden de desplazarse al lugar, obedeció de inmediato, aunque sabía que esta vez sus compañeros habían perdido su apuesta.

“Ha sido el peor día que haya vivido en la institución. La escena fue dantesca, prefiero no entrar en detalles, muy trágica. Estando allí, recibimos otra llamada para realizar un operativo en la sede del Archivo de Bogotá, en la carrera 5.ª, era otro artefacto que habían instalado en un campero. Se habían tomado su buen tiempo en la fabricación. Tenía en la cabeza la muerte de mi compañero Juan Carlos Díaz y sentía algo de presión, pero por fortuna logramos desactivar la carga sin problema, ese día pensé en retirarme de la institución, fueron dos duros golpes emocionales en un una mañana. Sin embargo, eso también me dio fortaleza para seguir en esta tarea y ahí vamos, más fuertes que nunca”.

Vestido de héroe

Esas son las palabras de un hombre valiente que sabe y tiene plenamente claro que cada operativo encomendado pos sus superiores puede ser el último. El miedo lo acompaña a sus espaldas, pero el aplomo con el que afronta cada uno de sus retos aniquila el temor y lo convierte en un héroe, como en muchas ocasiones lo ha personificado.

“Una vez quisieron atentar contra la vida de un conocido periodista. Dos terroristas fueron interceptados y en su afán de huir, dejaron la carga explosiva dentro de un local en el Park Way, en la localidad de Teusaquillo. Llegamos y ya estaba acordonada la zona, ese es un primer indicio de que la situación es altamente peligrosa. Desactivamos el artefacto y al cabo de unos minutos una señora se me abalanzó y me abrazó: “Muchas gracias, nos ha salvado la vida y nuestro futuro”, me dijo la señora, que era la propietaria del negocio. Ese detalle vale más que cualquier otra cosa”, recordó el uniformado nacido hace 40 años en Facatativá.

Carlos Ortega / EL TIEMPO

El intendente Gil ingresó a la Policía Nacional desde hace 17 años, de los cuales 15 de ellos los ha dedicado a su especialidad. Es uno de los técnicos antiexplosivos más avezados. Tras estudiar un año para formarse en lo que hoy es su diaria labor, realizó especializaciones en desactivación avanzada, posexplosión en el lugar del accidente y procedimientos NBQR, es decir, frente a amenazas nucleares, biológicas, químicas y radiológicas, capacitación que ha realizado gracias al apoyo del FBI (Federal Bureau of Investigation, por sus siglas en inglés) o la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos, y a la ATF, Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos, del Departamento de Justicia de EE. UU.

Profesión peligro

Ir de la mano con el peligro ya se ha vuelto costumbre para todo técnico antiexplosivos. Ellos saben que cuando llega el momento de vestirse con el traje antifragmentario, que pesa entre 50 y 60 kilos, ya no hay vuelta de página. Hay que cumplir con éxito la misión, de lo contrario solo quedará el recuerdo. Ponerse ese uniforme puede producir claustrofobia; el casco, de unos 8 kilos de peso, hace perder el movimiento en la cabeza, y el ángulo de visión apenas llega al 60 por ciento. Pero todo eso queda atrás al llegar el momento de maniobrar.

Por eso, el intendente Gil, quien lleva en su hoja de vida un buen número de felicitaciones y condecoraciones, sabe que su trabajo es vital, porque se trata en muchas ocasiones de salvar vidas y evitar el mal.

“Para saber desactivar un artefacto lo primero que se debe aprender es a armarlo, conocer cómo funciona el mecanismo, ya sea un explosivo con agente químico o metralla, que tiene un alto poder destructivo. Así como se maneja el estrés cuando se presenta un operativo, hay que actuar con mucha calma, con pericia, para tener todo bajo control. Con el traje que se debe usar se puede entrar en pánico, la respiración y la presión son determinantes para manejar la situación. Claro, el miedo está ahí, pero es una lucha en la que se debe salir siempre victorioso”, asevera Gil, padre de Jéssica, la hija de 16 años, quien al contrario de su papá, tiene otros retos al futuro diferentes a las labores policiacas.

Lo único expuesto en el momento desactivar un artefacto son las manos. Claro que los oídos también quedan con cierto riesgo, aunque es claro que el traje blindado no asegura el ciento por ciento de efectividad o de seguridad física ante un estallido o las ondas explosivas. “Nunca, gracias a Dios, me ha pasado nada. Por fortuna puedo pedir 10 cervezas con los dedos de las manos”, dice jocosamente el experimentado uniformado.

Lejos de los trucos de Hollywood

El intendente Gil explica que su labor profesional y sus exitosos resultados son muy diferentes a los que se presentan en las taquilleras películas de Hollywood, pues muchas veces hacen ver en la explosión de un auto una enorme llamarada, cuando realmente el fuego, si lo hay, es lo último que se observa en una detonación.

Carlos Ortega / EL TIEMPO

“Eso es lo que nos han vendido siempre, lo mismo que en la cuenta regresiva de una bomba que estallará cuando llegue a cero. La cuenta es lo de menos, un artefacto de tiempo puede explotar en cualquier momento, lo mismo que el color de los cables. El rojo no siempre es el que se desactiva, puede ser el amarillo, el verde o el negro, cualquier color, hasta un papel de aluminio puede ser el agente trasmisor de la energía. Todo eso es cuento. En cambio, si hay un filme que muestra lo más parecido a lo que se vive en estas labores es ‘The hurt locker’, titulada en español ‘Zona de miedo’ ”, explica el intendente, que vive orgulloso del departamento al cual pertenece en la jurisdicción de Bogotá.

A segundos de la muerte

“En una ocasión debimos atender una emergencia en la sede de la Dian en el norte de Bogotá. Llegamos en la camioneta y el sector estaba acordonado y totalmente despejado. Un mal síntoma. Me encontraba muy tranquilo y verificamos el lugar. Había un reloj en cuenta regresiva. Retiramos nuestro vehículo del lugar para iniciar el procedimiento cuando el carro bomba estalló. Si hubiéramos llegado unos segundos antes o unos después, no estaría contando esta historia”, confesó con frialdad el experto, quien además considera a la pólvora como la sustancia más peligrosa para tratar por su alto poder de inestabilidad porque puede estallar en cualquier momento.

En la oficina del departamento de explosivos hay un muro de honor que está reservado para los intendentes Andelfo Arteaga y Aldemar Triana, quienes cayeron en plena labor en octubre del 2012, en el centro de desarrollo comunitario de Kennedy. “Fueron siempre valientes. Lamentablemente, 400 gramos de pentonita acabaron con una exitosa carrera, siempre los recordaremos en nuestra unidad”, recordó.

Carlos Ortega / EL TIEMPO

En esa misma sede hay una especie de museo de la maldad, un completo listado de los explosivos que se comercializan en el país, desde los convencionales hasta los manufacturados de forma artesanal o casera, como TNT, pentonita, C4, indugel, pólvora y todo el material que se comercializa en el mercado negro.

Es toda una galería que además sirve para la documentación y la enseñanza de los uniformados que deciden tomar esta profesión peligro.

Como apoyo a esta unidad hay tres perros expertos, que a diferencia de los caninos antidrogas que reaccionan efusivamente cuando encuentran dichas sustancias, su comportamiento es de total calma. Los sabuesos hacen su labor y si hallan su objetivo, se detienen y se sientan. Esa es la señal de alerta que espera el guía canino.

“Igual sucede con los robots de fabricación canadiense, que son maniobrados desde un computador. Tienen cámaras y trabajan con baterías. Es una gran ayuda para descartar amenazas y en la lucha contra el terrorismo”, agrega.

Gil remata diciendo una frase que encierra toda la filosofía de un experto antiexplosivos cada vez que expone su vida: “Mínimo acercamiento en el menor tiempo posible y la menor cantidad de veces, eso reduce el riesgo de posibilidad de muerte en un operativo”.

Ese es el diario vivir de un técnico antiexplosivos que en cada operativo se juega su vida en la ruleta del peligro.

JAVIER ARANA
Redactor ELTIEMPO.COM
@arana_javier

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