Editorial: Darle la cara al Pacífico

Editorial: Darle la cara al Pacífico

Los habitantes deben tener un rol activo en el renacer de un litoral con enorme potencial.

30 de junio 2015 , 09:09 p. m.

Por causas de muy diversa índole –algunas de las cuales requieren, para su comprensión, remontarse a tiempos de la colonia–, el Estado colombiano ha venido acumulando a lo largo de los años una lamentable deuda social con la costa pacífica. A tal punto que la muy compleja situación que hoy viven poblaciones como Tumaco y Buenaventura permite plantear que el país andino, donde se ubican varios de los principales polos de desarrollo, le ha dado la espalda al litoral.

El reciente informe del Centro de Memoria Histórica sobre Buenaventura, principal puerto de la nación, contiene crudos relatos que dan cuenta no solo del daño que en el tejido social han producido distintos fenómenos delictivos, dando pie a macabras prácticas criminales, sino de cómo han sabido conjugarse con otros males, quizás menos brutales, pero no por eso menos perjudiciales, como la corrupción y el abandono estatal, para crear un desolador panorama que debe ser motivo de vergüenza para el país. Un cuadro que no se diferencia mucho del que hoy padecen otros municipios ubicados del litoral.

Y es que por su ubicación geográfica, por supuesto, pero también por las precarias condiciones de vida de buena parte de su gente, el narcotráfico y distintas modalidades de crimen organizado han echado raíces allí. En Buenaventura, recordemos, solo un 6 por ciento de los habitantes tienen un empleo formal y el 63 por ciento viven en la pobreza, cifra que en Tumaco llega al 84 por ciento y en Quibdó, al 50 por ciento. Si se suman cifras de toda la región, encontramos que el 85 por ciento de su población tiene necesidades básicas insatisfechas y que la cobertura en salud ronda apenas el 30 por ciento.

Ante tal emergencia, porque razones hay para calificarla así, es alentador saber que el Gobierno ha puesto en marcha una iniciativa, el plan ‘Todos somos PAZcífico’, que contempla inversiones de 4,7 billones de pesos en la región. Algunas de las cuales corresponden a obras que es difícil creer que a estas alturas apenas sean proyectos, como el acueducto de Quibdó. Otras áreas son intangibles pero urgentes, como el fortalecimiento institucional, la transparencia y la rendición de cuentas.

Como a cualquier anuncio gubernamental, a este hay que darle un compás de espera y hacerle el debido seguimiento. Pero en este caso el primero ha de ser más breve –no es el primero, recordemos que hace dos años ya se habló de una intervención integral en Buenaventura– y el segundo, mucho más riguroso, pues ya los corruptos deben de haber puesto sus ojos en dicho presupuesto.

Hay que tener en cuenta, así mismo, que, si bien la presencia estatal a través de infraestructura es fundamental, esta debe tener un componente humano. Este incluye escuchar a los habitantes para que ellos tengan participación en la definición de prioridades.

Para decirlo en pocas palabras: en la manera como se ejecute este plan de ayuda no pueden repetirse las actitudes, algunas paternalistas, del centro hacia esta región. Aquellas a las que les cabe una cuota de la responsabilidad en la situación actual, y que deben dar paso a una relación horizontal, a un reconocimiento pleno de sus necesidades, de sus reivindicaciones y de su potencial, que es inmenso.


editorial@eltiempo.com

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