Citas citables / Limonada de coco

Citas citables / Limonada de coco

"Los vencedores se encargan de atribuirles citas eminentes a ciertos prohombres".

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30 de junio 2015 , 11:28 a.m.

¿Quién no ha tenido un interlocutor que le endilga la siguiente cita al Quijote: “ladran, Sancho, señal de que cabalgamos”?

¿Quién no ha visto a un contertulio endosándole a Voltaire esta frase: “no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”?

¿Quién no ha oído esa misma cita en boca de otro interlocutor que no se la atribuye a Voltaire sino a Winston Churchill?

A Churchill, por cierto, le endosan montones de frases como esa, así como anécdotas en las que, invariablemente, aparece diciendo algo genial. Se cuenta, por ejemplo, que en cierta ocasión fue abordado por una mujer bravísima.

— Si vuestra excelencia fuera mi marido –le habría dicho la mujer– yo le pondría veneno en el café.

A lo que Churchill respondió:

— Y si yo fuera su marido, señora, ¡me tomaría ese café!

¿Quién no ha leído la siguiente cita atribuida a Albert Einstein: “locura es hacer la misma cosa una y otra vez, y esperar resultados diferentes”?

Las frases citadas tienen algo en común: nunca salieron de la boca de quienes supuestamente las dijeron. Algunas fueron pronunciadas por personas de bajo perfil que jamás reclamaron su autoría. Otras, sencillamente, brotaron del caletre de algún duende anónimo.

Ha hecho carrera la hipótesis de que la atribución errónea de citas se debe al advenimiento de internet. Quienes defienden esa idea mencionan varios escritos apócrifos que, durante los últimos años, se volvieron virales. Por ejemplo, el poema Instantes, en el que un Borges inesperadamente cursi declara que si viviera otra vida “cometería más errores, comería más helados y menos habas, y comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera”.

Mencionan también el adefesio que le atribuyeron a García Márquez en 1997, una carta de despedida que comenzaba así: “si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera”.

Después de esgrimir esos dos ejemplos casi siempre se dedican a criticar el desenfreno tecnológico de hoy. Internet es el demonio –dicen– porque fomenta la piratería intelectual, el síndrome del “copy and paste”. Allí es muy difícil establecer quién dijo qué y cuándo, y como si fuera poco da lo mismo que una frase sea de Kafka o de Wálter Mercado.

¡Alto ahí, señores! Me temo que el asunto es mucho más antiguo, como lo demuestran las frases mencionadas al principio. El ser humano siempre ha tenido la tendencia a deformar lo que oye.

Los vencedores, que llevan siglos escribiendo la historia, se encargan de atribuirles citas eminentes a ciertos prohombres. Necesitan que el prócer sea prócer incluso cuando agoniza, y por tanto jamás pondrían en su boca una expresión humana –algo como “hijueputa, me voy a morir”– sino una máxima para la posteridad:

— Si mi muerte contribuye a que se consolide la unión yo bajaré tranquilo al sepulcro.

Pero además hay, ya lo dije, un duende anónimo empeñado en redimirnos a todos, mediante la ficción, del aburrimiento de ser nosotros mismos. La única manera de soportar las tonterías que decimos es apelar a las tonterías que inventamos haber dicho.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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