De la guerra del centavo a la guerra del segundo

De la guerra del centavo a la guerra del segundo

A los directivos del SITP no les importa mucho cómo sean transportados los pasajeros.

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29 de junio 2015 , 10:25 p.m.

El bus azul del SITP nos cerró una vez, a la altura de la carrera 16 con calle 34; volvió a hacerlo, en la carrera 17 con 40; repitió y tripitió antes de llegar a la calle 53. El taxista, un hombre gordo y enorme, que rondaba los 50, tuvo que maniobrar con algo de riesgo y total tranquilidad, como si fuera muy normal. Ni siquiera miraba al chofer del bus, ni maldecía. Pensé que si yo fuera el conductor de ese taxi, hace tiempo me habría convertido en Travis, el taxista psicópata de Taxi Driver. Me sorprendía la calma de este señor, que practicaba el estoicismo de lo inevitable. En cambio, yo, que era el pasajero y que no debo lidiar a diario con ese tráfico caótico, estaba al borde de salirme de la ropa. Me había asustado un par de veces, sobre todo cuando casi arrollamos a un adolescente por evitar chocar con ese bus.

Hasta que no aguanté las ganas. Le dije al taxista que se pusiera junto al bus cuando llegáramos al semáforo de la 57, que quería decirle un par de cosas. Medité mucho qué tipo de cosas le iba a decir. Pensé en contribuir a caldear los ánimos ya caldeados de esta ciudad dura, deshacerme de un rosario de groserías que tenía encañonadas. Y que pasara lo que fuera, como si yo fuera un habitual del hastío y la pendencia. Pensé en todo eso, pero me decidí por la docilidad al preguntarle de qué se trataba la vaina. Le pregunté con acento costeño, que siempre resulta ser un acento más dulce para pedir explicaciones.

–Compadre, ¿qué te pasa? ¿Por qué nos estás cerrando de esa manera tan barra.
–Porque tengo que llegar a una hora determinada a cada paradero –contestó, como el conejito de Alicia contestaría si manejara un SITP–. Me sancionan si no llego a la hora que los supervisores dicen que tengo que llegar. En todo caso, perdonen. Ni me doy cuenta.

Las últimas palabras las dijo mientras arrancaba, cerraba un Renault Sandero que recién entraba a la carrera 17 y se perdía zigzagueante, como un bus jugando fútbol americano.
Arrancamos. El taxista me miró por el retrovisor y me hizo un gesto de “ya lo sabía”.
–Tengo un hermano que trabaja en eso. Por eso los entiendo. Les toca muy duro. Mantienen un nivel de estrés que nadie maneja en Bogotá –me dijo–.

Es decir: los directivos del SITP tácitamente obligan a sus conductores a manejar de esta manera para poder cumplir con el tiempo estimado de llegada. Si no llegan a la hora determinada por ellos, el conductor recibe una sanción.
Es decir: a los directivos del SITP no les importa mucho cómo sean transportados los pasajeros. Les importa qué tan rápido sean transportados.

Es decir: el SITP se pensó para mejorar las condiciones laborales de los conductores; acabando la guerra del centavo, de contera se acabarían esos terribles hábitos de manejo.
Es decir: solo mejoraron las condiciones laborales de los conductores. Ahora los terribles hábitos de manejo corren por cuenta de la “guerra del segundo”.

Es decir: seguimos jodidos y nos podemos ir al cuerno.
Luego de esta pequeña explicación del taxista, y de hacer estas sinapsis de primero elemental, decidí relajarme y dejarme llevar por los vaivenes de los frenazos intempestivos, los cabrillazos de última hora y los acelerones a destiempo.

Cuando veo a los SITP matoneando a los demás vehículos, ya no odio a los conductores; ahora pienso en los directivos y elevo mis peores plegarias contra ellos.
Es decir: los detesto.

Cristian Valencia

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