'Si algo bueno trajo la crisis fue el despertar ciudadano'

'Si algo bueno trajo la crisis fue el despertar ciudadano'

Entrevista con Ada Colau, exactivista conocida como la primera mujer en la alcaldía de Barcelona.

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27 de junio 2015 , 03:36 p.m.

Según estadísticas judiciales, entre el 2008 y el 2014, 360.125 familias españolas tuvieron que abandonar sus viviendas por no poder hacer frente a las deudas, muchas de ellas contraídas en plena burbuja inmobiliaria. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), una organización nacida a la par del movimiento social de los ‘indignados’, recurrió a protestas, ocupación de viviendas y acciones de desobediencia civil. Incluso, presentó una iniciativa de legislación popular ante el Congreso para hacer cambios legales. Hoy, en un sorprendente giro de la historia política de España, la que fue por muchos años la vocera de esta plataforma, Ada Colau (Barcelona, 1974), es la primera mujer al frente de la alcaldía de Barcelona.

Colau, sin experiencia en la gestión pública, nunca terminó la carrera de Filosofía y es madre de un niño. En su época con la PAH se encerró en bancos, presionó a estos a la renegociación de deudas o la dación en pago e invadió viviendas de bancos desocupadas para que allí se instalaran familias sin hogar.

En su candidatura, Barcelona en Común, confluyeron vecinos, entidades sociales y algunos partidos políticos emergentes, como Podemos, también nacido de los ‘indignados’, e Iniciativa, una formación ecosocialista que gobernó por 32 años a Barcelona y que muchos hacen corresponsable del modelo económico de la ciudad que tanto critica Colau.

La nueva alcaldesa viaja en metro, cambió el lujoso Audi de la alcaldía por un Seat Alhambra y se bajó el sueldo. Su programa, de izquierdas, genera muchas dudas entre el mundo empresarial de la segunda ciudad de España. Sus oponentes la comparan con Hugo Chávez. Su bandera de renovar la política la llevó a triunfar en las urnas, pero gobernará en minoría. Recibió a EL TIEMPO en su primera entrevista a un medio internacional tras su posesión.

¿Su triunfo hace parte del giro a la izquierda del sur de Europa?

Yo hablaría, en un sentido amplio, de giro democrático. Nuestra candidatura es la confluencia de gente diversa, de una gran mayoría social desideologizada. Vengo de la generación que creció con el discurso del fin de la historia. Europa anhelaba ser el estandarte de la democracia y de los derechos humanos, pero ese discurso se desmoronó. Lo que reivindicamos es la soberanía real. Nos dicen que somos soberanos, decimos que queremos garantizar las políticas sociales y nos responden que no se puede, en nombre de los mercados.

¿Por qué ha fracasado la socialdemocracia?

Después de la Segunda Guerra Mundial la paz se consolidó gracias a un pacto social que garantizaba el estado de bienestar, unos mínimos en salud, educación… Pero, con el tiempo, los partidos socialdemócratas abrazaron las políticas neoliberales y apareció el pensamiento único. La ciudadanía percibe que si votas a uno u a otro, las políticas son las mismas. Mandan los mismos. Cuando en la política sucede eso, las etiquetas de derecha o izquierda pierden sentido.

Pero hay un mandato de las urnas…

Vivimos en una democracia formal, pero insuficiente. Los altos niveles de abstención electoral muestran que hay una percepción de que podría funcionar mucho mejor. Detrás de movimientos sociales contra la globalización o contra la guerra de Irak ya había un reproche: quienes representan el interés común responden en realidad a los intereses de unos pocos. El ciudadano tiene la percepción de que va a votar cada cuatro años pero no está decidiendo nada.

¿El mercado no quiere la democracia?

Es legítimo que una empresa privada busque el máximo beneficio a corto plazo. Pero en muchos casos eso es incompatible con la garantía de los derechos fundamentales. A la hora de poner límites, la política ha fallado. Se le ha dado un poder absoluto a la lógica empresarial de las multinacionales, que concentran poder económico y también mediático. Tenemos una Europa donde hay enormes fronteras para los pobres pero ninguna para los grandes capitales. A ciertos intereses les va bien una democracia débil.

En España ha calado el discurso de que la crisis se debe a que la ciudadanía ha vivido por encima de sus posibilidades ¿Qué opina?

Está claro que la población ha tenido su parte de responsabilidad. Pero, a una familia que ha querido acceder a una vivienda y tener una vida digna, no creo que se le pueda atribuir la misma responsabilidad que a un partido político que ha hecho las leyes o a un poder económico que ha hecho miles de millones de beneficios a costa de desahuciar a familias que no pueden hacer frente a hipotecas. Después de estafar a la población, de decir que el modelo económico era perfecto, que habría progreso al infinito y que todo el mundo estaría empleado, con una vivienda y con vacaciones, cuando estalla la burbuja, todo eso salta por los aires y alguien tiene que pagar los platos rotos. Esa estrategia de culpar a la ciudadanía hace que de momento los poderes no hayan asumido responsabilidades. En España el poder público, con nuestro dinero, ha salvado económicamente a los bancos sin ninguna contrapartida social y a las familias las ha penalizado con recortes en salud, educación y servicios sociales.

¿Cómo se puede enfrentar a eso que usted llama poderes fácticos?

No es sencillo. La fuerza en la democracia tiene que ser la de la ciudadanía. Venimos de una cultura individualista y competitiva, marcada por una idea de prosperidad sin límites y de desmovilización de la defensa del interés público. Si algo bueno ha traído la crisis ha sido un despertar ciudadano y la conciencia de que si queremos que la democracia funcione hay que organizarse.

Le critican que haga cosas propias de un activista. Su primer acto de gobierno fue mediar en un desahucio. ¿Cuál es la frontera?

Como alcaldesa persigo los mismos objetivos que perseguía como activista: la defensa de los derechos humanos, de la democracia y que se priorice a la gente sobre cualquier lógica económica. Ahora el rol es diferente. Antes abogaba por un sector y no tenía que ceder ante otras posiciones. Ahora soy la alcaldesa de todos y se han de buscar consensos. Para la salud democrática es indispensable que existan contrapoderes que busquen también el bien común, que fiscalicen y vigilen. Esto ha faltado en los últimos años.

En campaña criticó mucho el modelo turístico de masas de Barcelona y la desigualdad en la ciudad. ¿Poner freno a la gallina de los huevos de oro no agudiza la brecha social?

A cualquier empresario que legítimamente quiera hacer beneficios tiene que preocuparle también que esta ciudad no sea tan desigual, si quiere que el modelo turístico o de cualquier sector estratégico sea sostenible a medio y largo plazo. La diferencia de renta per cápita entre el barrio más rico y más pobre ha crecido un 10 por ciento cada año en el último cuatrienio. Una ciudad desigual es una ciudad que se rompe, que se vuelve conflictiva y que no atrae ninguna inversión. Seguramente garantizar derechos básicos como la alimentación o la educación pasa porque quien tiene más ponga un poco más. Pero no desde la caridad, sino como una ciudad sostenible.

Ideas como esas inquietan a muchos sectores económicos. ¿Cómo les dará confianza?

Primero intentaré seducirlos, que siempre es la mejor estrategia. Un cambio tendrá más probabilidades de éxito en la medida en la que cada uno se sienta protagonista, lo haga suyo y se pueda beneficiar de él. Vamos a premiar aquellas buenas prácticas que garanticen derechos laborales, la conciliación familiar, el cuidado del medio ambiente. Y quienes insistan en las malas prácticas se encontraran a un gobierno implacable.

¿Cómo se puede contratar a los mejores para un gobierno ofreciendo salarios de 2.200 euros?

Defendemos que quien opte a un cargo público lo haga por vocación y no por lucro o para acceder a una situación de privilegio. Otra cosa son los cargos técnicos, que tienen una escala retributiva. Tenemos que dar ejemplo y por eso la limitación. La cifra no es astronómica, pero está por encima del sueldo medio.

Para tirar estas cosas adelante necesita la mayoría de 21 concejales. Solo tiene once…

Estar en minoría nos obliga a ser más dialogantes. Ya en nuestra candidatura pusimos los intereses comunes por delante de las siglas para poder confluir. Si logramos que la política sea más atractiva, los pactos no se limitarán a una cuestión de intereses de partido. La ciudadanía nos dirá: poneos de acuerdo en esto porque no puede esperar.

Muchos detractores ya la comparan con Hugo Chávez

Nunca he sido militar (risas). Forma parte de la caricaturización del adversario. Tener una mejor democracia implica recortar privilegios, pues quien los tiene va a hacer todo lo posible para mantenerlos. Y eso pasa por presentarnos a todos como Satán en la Tierra… Hay muchas experiencias en América Latina y otras partes del mundo con que podemos compartir valores, pero también tenemos muchas diferencias.

¿Qué comparte y qué la diferencia?

En general, en Bolivia, en Brasil, en Ecuador y en Uruguay con José Mujica, ha habido un empoderamiento ciudadano, gobiernos que han decidido no estar al servicio de Estados Unidos. Pero repito, en todos los casos no es lo mismo, ni de la misma manera. En Venezuela han habido casos de corrupción estructurales gravísimos. Pero no creo que se puedan presentar como dictaduras.

Camilo Sixto Baquero Medina
Para EL TIEMPO

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