El 'niño' de 92 años que vio cantar en vivo a Gardel

El 'niño' de 92 años que vio cantar en vivo a Gardel

El argentino Juan Carlos Godoy recuerda esta experiencia que marcó su vida personal y artística.

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23 de junio 2015 , 10:37 a.m.

Cuando aquello ocurrió, Juan Carlos Godoy era un niño de 7 años al que le gustaba cantar tangos por las calles de Campana, una ciudad ubicada 75 kilómetros al nordeste de Buenos Aires. Ahora lo recuerda sentado en el viejo bar Tortoni. Tiene 92 años y acaba de estacionar su automóvil en la céntrica avenida de Mayo. Como si el tiempo trajese no solo experiencias sino también una vía de escape para las normas, circula sin licencia de conducción ni seguro.

“En aquellos años, había bronca conmigo porque me gustaba poco la escuela y mucho el tango. En casa no había radio y yo me escapaba a las de los vecinos para escucharlo. Como había mujeres en el salón de la familia de al lado, tenía que quedarme en la vereda. Y el dueño de casa subía el volumen de la radio. Yo estaba enamorado de Carlos Gardel. Esa voz... ¿Sabe que una vez, cuando era un pibe, lo escuché cantar en un teatro de mi pueblo? Le voy a contar la historia”. (Lea también: Las reflexiones perdidas de Borges sobre el tango salen a la luz)

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El café Tortoni, inaugurado en 1858 y frecuentado por Jorge Luis Borges y otros intelectuales argentinos, es un escenario ideal para escuchar relatos de otra época. En aquellos años que recuerda Godoy, a finales de los 20, Carlos Gardel ya era una figura internacional.

Como si fuesen cartógrafos de una ciudad que ya no existe, los historiadores recuerdan esos pasos del ‘Zorzal criollo’. Primero fue el ‘Francesito’ del centro y del barrio del Abasto, enamorado de la zarzuela y del teatro; después su voz se hizo conocida en el bar O’Rondeman, donde ahora hay un supermercado. A partir de ese éxito módico, comenzó a recorrer salas de los pueblos de la pampa húmeda argentina. Eran shows de canciones criollas, valses y tangos. Después llegaron las giras por todo el continente, las películas en Nueva York, la consagración y el mito, aún hoy vigente a 80 años de su muerte, el 24 de junio de 1935 en Medellín. Gardel marcó la vida de todo el país.

“Un tipo que nació en Francia y llegó a la Argentina a los 2 años. Comenzó a vestirse de gaucho y luego a cantar tango para convertirse en el paradigma de la ciudad. Buenos Aires es Gardel. No es Ernesto Sábato ni Jorge Luis Borges, con el respeto que merecen”, analiza Julián Barsky, autor de Gardel: la biografía. (Lea también: Carlos Gardel, cantante, actor y estafador, según nueva investigación)

Esa voz y esa figura emblemática marcaron a las generaciones posteriores. Y, claro, a Juan Carlos Godoy, quien a las tres de la tarde pide “una cervecita con maníes”. Entrecierra los ojos cuando sorbe cada trago, como si fuese el último que fuera a tomarse.

Yo comencé a cantar inspirado por el tango, pero en especial por Gardel. Tanto es así que tomé canciones de su repertorio. Sabía que eso era tirarse contra la pared porque nadie podía ser mejor que él. Pero no me importó nada. Yo canté a mi estilo, sin intentar imitarlo. ¡Si intentaba hacerlo, me iba a romper la garganta!”.

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En Argentina aún perduran las frases populares que relacionan la figura y la voz de Gardel con la cima de algo. Para referirse a alguien que lo tiene todo, se dice: “Ese es Gardel y los guitarristas” o “sos Gardel y Le Pera –su letrista– juntos”. Cuando alguien afirma algo poco creíble, nadie duda en decirle: “Andá a cantarle a Gardel”, como una forma de ponerle un rival con ventajas sobresalientes.

Algunos jóvenes interesados en el tango aún se lo preguntan. ¿Qué tenía él que lo hacía diferente? ¿Por qué se convirtió en el ícono de un país, en un cantor que murió hace 80 años pero que todos afirman que “cada día canta mejor”?

“Dejemos de lado la pasión gardeliana y el talento. Hablemos del trabajo. Fue un gran observador, que aprendió técnicas líricas. Tuvo una preocupación constante por formar su voz y por dar una imagen. Si lo ves en las películas, siempre está cuidando la columna de aire. Tenía una dicción espectacular. Ensayaba como un animal y era un perfeccionista. Negociaba con los letristas el verso de cada canción si algo no le resultaba convincente”, grafica Barsky.

La escena del tango porteño en la actualidad es agitada. Hay numerosas orquestas, dúos que emulan aquel que hacía Gardel con José Razzano, miles de extranjeros que llegan apasionados por la danza y otros tantos argentinos dando vueltas por el mundo con este género musical. (Además: Revelan que Carlos Gardel nació en 1882 y tenía 52 años al morir)

Pero en la Buenos Aires de hoy hay poco de aquellos rastros que dejó Gardel. Su casa del Abasto es ahora un museo, pero tiene pocos objetos que le pertenecieron. El bar donde solía cantar ahora es un supermercado, sin una placa que recuerde aquel pasado glorioso. Y apenas se organizaron algunos actos para recordar su muerte.

Pero basta caminar por La Boca u otros barrios turísticos para escuchar su voz. Sale de algún bar de viejos parroquianos o de algún restaurante. Se lo ve en algunos murales, con esa media sonrisa, peinado a la gomina y posición de galán. “Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver no habrá más pena ni olvido”, frasea Carlitos, en esa canción que es un ADN de la nostalgia porteña.

Resulta difícil imaginarse cómo sonaba esa voz en vivo. Hoy tenemos registros en discos, grabaciones de radio y las películas que rodó en Nueva York, pero son todas experiencias mediatizadas por la tecnología. Una vez, hace mucho tiempo, el maestro Godoy escuchó cantar al más grande de todos los tiempos. Así, a grito pelado.

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–¿Sabés que una vez lo escuché cantar en un teatro de mi pueblo? Le voy a contar la historia.

El relato salta de una época a otra. Va desde su infancia en Campana a sus días en Colombia en los años 60, cuando cantaba con la orquesta típica de Alfredo de Angelis. Y al rato cuenta que en unos días viajará a Córdoba para cantar en un festival.

Cuando Godoy todavía era un niño, cuando aún no usaba ese nombre artístico y era Aníbal Llanes –su nombre de pila–, Carlos Gardel llegó a un teatro de Campana. Cuando lo cuenta, deja el vaso de cerveza y de manotear maníes.

Los ojos se cristalizan y relata con entusiasmo aquel día. Más que entusiasmo, lo cuenta con detalle, como si en esa precisión pudiese tocar el recuerdo. Volver al paraíso perdido.

“Fue un día de lluvia. Yo tendría unos 7 años. Quería escucharlo cantar y no me interesaba mucho el estudio. Tanto es así que hice lo imposible por conocer al dueño del teatro donde actuaba. Yo no tenía entrada, pero andaba merodeando el lugar antes del recital. Hasta que él me vio y me dijo: “Vos, pibe, andá a comprarle cigarrillos a Gardel”. Yo fui corriendo. Imaginate mi emoción. La tormenta era tremenda. Yo estaba descalzo porque las calles todavía eran de barro y no quería ensuciar mis zapatillas. Cuando volví, el tipo me dijo: “Pasá, pibe”. Y entré gratis a verlo...”.

–¿Entró solo al teatro?
–Sí, mis padres no sabían nada. Yo me había escapado.
–¿Recuerda qué cantó?
–Sí, algunos valses y el tango Caminito. Me acuerdo que Gardel cantó sentado, con las guitarras detrás de él.
–¿Cómo era esa voz?
–Tenía la voz más hermosa que yo escuché en mi vida. Sus notas eran redondas –dice mientras dibuja un círculo perfecto con los dedos índices–. Y los tonos medios eran una maravilla para escuchar a grito pelado y sin micrófono. ¡Era un cantorazo!
–¿Usted quería ser como él?
–Todavía me acuerdo de esa soltura y esa viveza que tenía arriba del escenario.Gardel podría haber sido barítono del teatro Colón, pero le gustaba el tango y en aquellos años había poco entusiasmo por la lírica. Yo tenía la ilusión de llegar a lo que hizo él. Pero es muy difícil. Apenas me la rebusqué en la vida de tanto andar. Después de Carlitos, nunca nadie volvió a cantar igual.

 

El maestro Juan Carlos Godoy, leyenda viva del tango argentino. Archivo particular.

Juan Carlos Godoy deja la mesa del Tortoni y sale a la avenida de Mayo. Son las seis de la tarde. Todo el mundo está apurado por volver a casa. Buscan el consuelo del regreso después de un día de trabajo.

Muy cerca de allí, un local vende artesanías para turistas. Un Obelisco en miniatura, una foto de Maradona, una camiseta de Messi y un disco de Gardel asoman por la vidriera. Todos ellos, los que vuelven apurados a casa, saben quién fue Carlitos. Nadie, salvo Godoy, escuchó cantar al mito.

El legado del gran cantor

Aunque el tango ya no es un género masivo como en los años de Carlos Gardel y los años posteriores, el cantor aún tiene su legión de seguidores. Y muchos artistas jóvenes se reconocen hijos artísticos del hombre nacido en Toulouse, Francia.

Alguna vez, Ariel Ardit, uno de los mejores cantores de tango de Argentina, dijo en una entrevista: “Todos los cantores quieren ser Gardel. Incluso el que te dice que no. El camino para mí no era el tango: era Gardel. Si él hubiera sido cantante de otra música, seguramente el tango no habría aparecido. Yo llego al tango por Gardel”.

Este mes llegó a las tiendas de discos de Buenos Aires el trabajo Gardeliano, del cantante Hernán Lucero. Es un disco grabado junto con su octeto, con algunas de las canciones que inmortalizó el ‘Zorzal’, como La mariposa, El día que me quieras y Soledad. “Siempre sentí a Gardel muy cerca, como parte de mi familia, como un amigo. Este disco es una declaración de amor al que considero el artista más grande que haya conocido hasta ahora. Es también una enorme responsabilidad porque implica abordar una obra insuperable, iniciática y paradigmática”, declaró el artista, en el marco de la presentación. (Lea también: Fin del misterio: Gardel nació en Francia y no en Argentina)

La imagen del ‘Morocho del Abasto’ también está presente en el teatro. Actualmente, en la cartelera porteña, se puede ver el musical Todos los pájaros que me saludan tienen la sonrisa de Gardel y la obra La novia de Gardel, sobre una inmigrante que concreta el sueño de ser la elegida por el cantor.

DIEGO JEMIO
Para EL TIEMPO

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