Reaparecen las pistolas y el racismo

Reaparecen las pistolas y el racismo

Los asesinatos masivos en Estados Unidos suceden más frecuentemente y cada día son más letales.

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22 de junio 2015 , 07:40 p. m.

En los últimos 7 años, el presidente Obama ha intentado 14 veces explicarles a los estadounidenses el porqué de la violencia armada que estremece a su país, y los ha invitado a preguntarse por qué este tipo de violencia no sucede en otras naciones avanzadas.

La semana pasada, en su discurso posterior a la matanza de 9 personas en Carolina del Sur, Obama insistió en el tema del fallido control de venta de armas de fuego que permite que cualquier persona pueda comprarlas con enorme facilidad: 88 de cada 100 estadounidenses cuentan al menos con una.

Obama tiene razón. En ningún otro Estado tanta gente posee tantas armas; en Yemen, el segundo país más armado en el mundo, solo 28 de cada 100 disponen de tales instrumentos. Y si bien es cierto que la tasa de homicidios en EE. UU. es menor que la de Honduras, El Salvador, Venezuela, Colombia o Panamá, es mucho mayor que la de países desarrollados como Alemania, Francia, Gran Bretaña o que la de los escandinavos.

Otra anomalía estadounidense es que los asesinatos masivos suceden más frecuentemente y cada día son más letales. De 1991 al 2004 perecieron 151 personas víctimas de este tipo de tiroteos, mientras que de esa fecha al 2013 el número de muertos aumentó a 285. En el 2013 hubo 11.208 homicidios con armas de fuego en todo el país.

Aun cuando es evidente que se necesita mayor control sobre su venta, estoy convencido de que todo continuará igual.
Si la matanza de 20 niños y 6 adultos blancos en Newtown (Connecticut), en el 2012, no conmovió a la mayoría republicana en el Congreso de intentar detener esta locura, la probabilidad de que el asesinato de 9 afroamericanos en Carolina del Sur lo haga es nula. Un año después de Newtown, 3 estados aprobaron algunas restricciones de la venta de armas para intentar rectificar a nivel estatal la inacción del Congreso, pero otros 10 las relajaron.

Lo que es seguro es que cuando suceda la próxima matanza, volveremos a escuchar los dos viejos debates, que nunca prosperan: cómo limitar el obsceno comercio de armas de fuego y cómo avanzar en la lucha por la igualdad racial. Pues, para muchos, hay un vínculo estrecho entre el odio racista y las matanzas.

Según el FBI, de los casi 6.000 crímenes por odio que hubo en el 2013, y que produjeron un poco más de 7.000 víctimas, poco menos de la mitad fueron de carácter racial; una quinta parte, contra homosexuales, lesbianas y bisexuales, y un 17,4 por ciento, por cuestiones de tipo religioso. De los crímenes por odio racial, casi 7 de cada 10 fueron contra afroamericanos.

Sin embargo, para un amplio sector de la población la persistencia del racismo en el país es una invención de los liberales antiestadounidenses. Cuando la primera dama Michelle Obama relató sus experiencias personales de discriminación racial, Glenn Beck, uno de los comentaristas de la cadena de televisión FOX, le reclamó diciéndole: “¿Cómo te atreves a hablar de racismo cuando la gente votó por ti?”.

Algo semejante sucede con el tema del control de la venta de armas. Para una gran parte de los estadounidenses, estas no matan; y un individuo desequilibrado lo mismo puede matar con una bomba que con un cuchillo. Si esto es así, la conclusión es inevitable y contundente: el problema está en la gente.

La bandera confederada sigue ondeando en el Capitolio de la capital del estado donde sucedió el tiroteo porque, a 150 años de la guerra de Secesión, todavía hay un poderoso grupo de obstinados que no quiere aceptar que a fin de cuentas esa bandera simboliza el horror de la esclavitud.

A esta nación le cuesta mucho trabajo admitir sus fallas porque estas no son compatibles con la imagen del país excepcional con la que crecen la inmensa mayoría de los estadunidenses.

Sergio Muñoz Bata

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