Dejó su casa al pie del río Vaupés para estudiar becada en Bogotá

Dejó su casa al pie del río Vaupés para estudiar becada en Bogotá

Yésica es beneficiaria del programa 'Ser pilo paga'. Estudia ingeniería civil en la U. Javeriana.

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19 de junio 2015 , 09:51 a.m.

Para Yamile Méndez, Mitú siempre fue un remanso de paz entre la selva. Hasta que una madrugada de noviembre de 1998, los cilindros bomba y las ráfagas de fusil cambiaron esa perspectiva. Seis meses antes nació Yésica González, su hija, quien hoy es la mejor bachiller de Vaupés.

La madre permanece en esa población, a la cual se accede en avión, en un trayecto que suma 2 horas desde Bogotá, con una escala en Villavicencio y un vuelo por encima de la más tupida manigua. La selva amazónica. En el límite oriental de Colombia.

La muchacha, en cambio, está becada por el Ministerio de Educación Nacional (MEN), estudia ingeniería civil en la Universidad Javeriana y día tras día se adapta a Bogotá. El ruido vehicular y la estrechez de TransMilenio, así como los grandes edificios y los centros comerciales, reemplazaron las navegaciones por el río Vaupés, el silencio de la noche y el canto de las cigarras.

A la entrada, protegida por latas y estacas, se oye ladrar a Princesa, una perrita criolla que sirve de vigía en la ciudad selvática. Se abre el portón y asoma la cabeza de Yamile, de pelo negro y piel morena. Invita a pasar, a través de un patio con medio suelo de tierra y otro medio de cemento. Princesa menea la cola.

En el solar, toda suerte de objetos apilados: escobas, recipientes, juguetes. La cocina, fuera de la vivienda de madera, está cobijada por un techo de zinc, con orificios tan anchos como la pata de un grillo. Bajo el cobertizo, una hamaca pende de dos columnas y un bebé, sobrino de la mujer, duerme plácido.

Yamile toma asiento. “Cuando llevé por primera vez a mi hija mayor, Yénifer, a estudiar en kínder, Yésica nos acompañó y se puso a llorar porque se quería quedar. La dejamos como asistente y le fue tan bien que los profesores dijeron que la matriculáramos. No tenía ni tres años”.

Yeison, el menor de sus cuatro hijos (11 años) permanece atento. En la casa, de 4 dormitorios, con camas y camarotes, viven 11 familiares, entre abuelos, hijos, nietos y un cuñado. La cama de Yésica permanece vacía.
Las piezas tienen afiches del Niño Jesús, peluches, fotos de niñez y, claro, el diploma honorífico que el MEN le otorgó a la joven, para acreditarla como la mejor bachiller.

La madre abre un cajón y muestra, como si tuviera oro entre las manos, las once menciones de honor que año tras año dejaron a su hija como la número uno. “El año pasado estaba obsesionada con sacar 5 en el promedio. Sacaba un 4 y se ponía brava. Al final le quedó en 4,8”. Sonríe, y advierte que nunca la tuvo que acelerar para cumplir una tarea.

En Bogotá, Yésica habita en una residencia de Chapinero, a una cuadra de la universidad, y comparte piso con 6 estudiantes. Es de pocas palabras. Su aspecto es común, indiferente al resto de sus compañeros. “Todo es distinto, porque tengo que vivir sola y estoy acostumbrada a vivir con mi familia. Al principio fue muy duro, pero uno se va acostumbrando”.

En Mitú, Yamile revela que la beca de su hija (de 17 años) las obligó a gastar ahorros en celulares inteligentes y WhatsApp, que les sale más barato. “Aprendí hace poquito. Mi sobrina me enseñó a manejarlo”, confiesa, entre risitas penosas. Escudriñando en el aparato, se encuentra la siguiente conversación:

Yeka (Yésica): :) mamá
Yamile: hola, ¿se comió los chocolates que le mandé por correo?
Yeka: sí, estaban muy ricos. Gracias.
Yamile: un abrazo, la quiero.
Yeka: :)

A continuación, la muchacha envía fotos de un puente en miniatura, primera maqueta de la futura ingeniera. Y no deja de ser excéntrico, si se tiene en cuenta que en la mayor parte de Vaupés la única forma de comunicarse es viajando horas y días por río, o través de la jungla.

Colegio y conflicto

El profesor de matemáticas luce barba entrecana. Las gafas le cuelgan en el pecho. Por la frente se le resbala una gotita de sudor, normal en los 28 o 30 grados centígrados entre los que oscila la temperatura de la capital vaupense.

Responde al nombre de Mario Ramírez y hace 27 años arribó a Mitú a dictar clases en el Colegio José Eustasio Rivera, al que se llega cruzando el río Vaupés, tomando una embarcación desde el casco urbano.

Esta es la plataforma en la que estudiantes de bachillerato pasan del casco urbano de Mitú al colegio José Eustasio Rivera, en la otra orilla del río Vaupés. En su nueva vida, Yésica González dejó de moverse por esta vía fluvial para transitar por avenidas, en buseta y hasta en TransMilenio. Fotos: Carlos Ortega / EL TIEMPO

Mientras habla de su alumna predilecta, y apunta que su mayor virtud es que siempre cumplía con las tareas que se dejaban para la casa, se permite cambiar de tema para señalar un par de orificios en las paredes de dos aulas: los proyectiles que se dispararon Ejército y Farc en enfrentamientos que tuvieron lugar en la institución, mientras se enseñaba. A principios de la década pasada.

“Todo el mundo corría. Imagínese usted unos 400 niños corriendo hacia el puerto para tratar de pasar al otro lado, en una embarcación en la que solo cabían 80 personas. ¿Cómo controlábamos eso?”, reclama. “Sentíamos miedo”.

Estos combates no fueron cosa rara, luego de la toma guerrillera del 1.° de noviembre de 1998, cuando el reloj marcaba las 4:58 a. m. y el frente 1.º de las Farc atacó con 1.500 guerrilleros la estación de Policía, custodiada por 150 uniformados.

Con cilindros bomba, morteros y fusiles, la guerrilla provocó, en tres días de guerra, la muerte de 11 civiles y 30 miembros de la Fuerza Pública, a la vez que secuestraron a 61 uniformados y destruyeron casi una manzana completa. Como jugada militar, ideada por alias ‘Mono Jojoy’, presionó al gobierno de Andrés Pastrana para iniciar los diálogos de paz de San Vicente del Caguán.

“En esa puerta todavía queda un hueco de proyectil –indica el profe–, así como hay en todo Mitú. Después de la toma tuvimos que salir de estas instalaciones porque era muy inseguro. Llegaba el mensaje que a los muchachos los estaba reclutando la guerrilla. Había mucho miedo”.

En las aulas e internado del José Eustasio Rivera, emplazados sobre un terreno con tres lagos, incontables árboles y copiosas praderas, cursan bachillerato miembros de 23 comunidades indígenas, mezclados con ‘blancos’, como se denomina a los no aborígenes.

Doris Durango, la profesora de sistemas que, en vista de los buenos resultados académicos de Yésica le alcahueteaba su estancia en la sala de computación durante los recreos –única con aire acondicionado–, explica que la mayoría de sus alumnos habla 5 o 6 lenguas. El español sirve de puente.

De tal forma que cubeos, tucanos, carijonas y 19 pueblos más compartieron clases con la destacada hija de Yamile Méndez. Estos jóvenes crecieron con el fantasma de la toma guerrillera y con el recuerdo de los cilindros. Desde el mismo puerto por el que hoy se entra al colegio, los guerrilleros lanzaban los explosivos.

“Varios secuestrados de la toma eran policías bachilleres a los que les habíamos enseñado. También muchachos que se fueron al lado de la guerrilla”, asevera el profesor. “Aquí hay historias muy curiosas, como una muchacha que tuvo un hijo con un guerrillero y otro con un policía. Y hubo familias con un hijo en la guerrilla y otro en el Ejército”. Advierte, eso sí, que la mayoría de estudiantes, al graduarse, regresaban a sus comunidades, “a cuidar la tierra, porque no les interesa tumbar media selva para sembrar”.

Yamile, como lo advirtió al principio de estas líneas, vivió con su familia la época dura. “Al día siguiente de la toma nos asomamos por esta ventana –sale por detrás de la casa y muestra un lote junto al actual aeropuerto– y vimos a los secuestrados, con las manos amarradas en la espalda, sin camisa. Mejor nos fuimos”. Yeison atiende la historia y se le desorbitan los ojos, admirado.

Al tercer día, el Ejército retomó el control y, cuando Yamile regresó con los suyos a casa, incluida Yésica, que era bebé, encontraron la vivienda saqueada, con objetos de valor perdidos y un artefacto explosivo en la ducha. Los soldados tuvieron que desactivarlo.

Con la construcción de una base militar, la reconstrucción de la estación destruida y el arribo de la Brigada de Selva n.° 31, entre el 2001 y el 2003, volvió gran parte de la tranquilidad.

Cambios

Yamile compartió su vida con el padre de sus hijos hasta el 2010. Al separarse, y este irse a Bogotá, sin responder más por la familia, ella se vio obligada a rebuscarse el sustento. Por tres años atendió un negocio de abarrotes, hasta que lo cerraron. Y hoy, cada que aparece un oficio similar, aunque temporal, se postula.

Yamile Méndez, madre de Yésica, fue ama de casa en la niñez de sus 4 hijos. Ahora, separada, trabaja en almacenes o como vendedora, en lo que le resulte. Su sueño es tener casa propia y una tienda. Carlos Ortega / EL TIEMPO

Así, y apoyada por el resto de la familia, saca adelante a sus muchachos, que hoy están en Villavicencio (Yénifer, 19 años), Zipaquirá (Yímer, 15 años, con sus abuelos paternos) y Yeison, que la acompaña. Mientras le resulta algo para conseguir dinero, colabora en los oficios domésticos, en la casa de madera y lata, la que custodia Princesa, la que no tiene acueducto sino aljibe, un pozo que mantienen cubierto con tablones y hojalatas.

En contraste, Yésica se toma una ducha caliente antes de irse a clases. Confiesa que el nivel académico en la Javeriana es alto y que en principio le costó nivelarse. No obstante, su disciplina le dio para llegar a 4 en el promedio. Un número que seguirá en aumento, dice, para graduarse como ingeniera y seguir cumpliendo sueños. El primero de ellos, “comprarle a mi mamá su propia casa”.

FELIPE MOTOA FRANCO
En Twitter: @felipemotoa
Mitú (Vaupés)

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