Los tres problemas de La Habana

Los tres problemas de La Habana

Las Farc, el uribismo y el Gobierno están asfixiando el proceso de paz.

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18 de junio 2015 , 05:38 p.m.

Tres problemas tienen arrinconado al proceso de paz.

El primero es que las Farc hacen la guerra como si no hubiera negociación. No por sus (escasas) acciones militares: aunque emboscar a un coronel y un patrullero de la Policía en Ipiales o matar a cuatro soldados en un campo minado en Caquetá indignen a una opinión pública que niega toda legitimidad a la guerrilla, son tan parte de la ‘normalidad’ de la guerra como matar 26 guerrilleros en un bombardeo.

Sin embargo, dejando sin luz a Buenaventura, Tumaco y Caquetá y volando ‘la infraestructura enemiga’ en Putumayo y Catatumbo, las Farc le chupan al proceso la poca sangre que le queda. Cada día la gente entiende menos que en Cuba se hable de paz mientras torres y oleoductos saltan por los aires en Colombia.

El segundo problema es la oposición. No deja de ser insólito que la propuesta de Álvaro Uribe de que las Farc cesen toda actividad y se concentren en un sitio como condición para continuar las conversaciones de La Habana haya sido saludada como una señal de que el expresidente estaría, al fin, subiéndose al tren de la paz. Es todo lo contrario.

Pedir a las Farc concentrarse, antes de un acuerdo que asegure su futuro, es decirles que se rindan. Si para que dejen de dinamitar y matar uniformados bastara exigírselo –como hacen Uribe y el Procurador–, el conflicto hace tiempo estaría resuelto. Lo único que tienen las Farc para mostrar que no están vencidas son esas acciones, de bajo esfuerzo militar y alto impacto. Condicionar la negociación a que las Farc hagan de entrada lo que es evidente que solo puede ser su resultado no es subirse al tren para ‘enderezar’ el proceso; es seguir alimentando el extendido prejuicio de que con ellas no paga dialogar.

Si las Farc y Uribe, cada uno a su modo, nutren el pesimismo y la desconfianza, el Gobierno parece empeñado en no reaccionar ante un proceso que languidece a ojos vistas. Los negociadores lucen cada vez más solos. Ni los ministros tienen un discurso unificado. Ahora se va de un ‘ministerio’ clave pero inane –en medio de una explicación que no convence– el general Naranjo. Las ruidosas condenas oficiales de las acciones de las Farc sirven más al argumento de la oposición de que la seguridad se ha deteriorado que a explicar a los colombianos por qué la negociación es la única salida de una guerra degradada y asimétrica que se caracteriza precisamente por bombazos contra torres y oleoductos, entre otros.

No es con una declaración del Presidente en Oslo de que irá con la paz hasta la tumba, ni con un artículo del Alto Comisionado en El País de España como se inclinará la balanza. En el extranjero sobran adeptos al proceso; donde faltan es aquí. Y aquí el Gobierno teme dar de frente el debate esencial: la seguridad democrática no pudo con las Farc; la paz negociada sí podrá con el conflicto.


* * * *

El proceso está en una sinsalida. Un acuerdo en materia de justicia se va a demorar. Negociar en medio de la confrontación se agotó, pero convenir un cese bilateral es demasiado complejo y desviaría a la mesa de los temas esenciales, en los que lleva un año. Lo que se necesita es que las partes –las tres– rompan con la lógica de mostrarse los dientes.

Podrían hacerlo las Farc, cesando todo atentado contra bienes civiles. Podría el Gobierno, suspendiendo de nuevo los bombardeos. Eso volvería a la lógica del desescalamiento y mostraría al país que si bien La Habana no detiene de golpe la guerra, al menos modera su impacto. Podría, también, el uribismo: aceptar que con las Farc se está negociando, no imponiendo los términos de un inexistente vencedor; ayudaría a avanzar y abriría un terreno común con el Gobierno.

Pero soñar no cuesta nada.

Álvaro Sierra Restrepo

cortapalo@gmail.com
@cortapalo

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