Las ciudades del Sol

Las ciudades del Sol

La historia de San José de Chiquitos en Bolivia está llena de arte y música.

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16 de junio 2015 , 08:23 p.m.

La carretera que lleva desde Santa Cruz de la Sierra hasta la frontera con Brasil se extiende por la planicie en una recta infinita que parece tirada a cordel. Los cerros son raros y apenas uno o dos en la distancia. Entonces, bajo un cielo nublado nos acercamos a San José de Chiquitos. El nombre chiquitos fue otorgado a los habitantes de la región, debido al exiguo tamaño de las puertas de sus chozas con la llegada de los colonizadores. Asimismo, fue bautizada su lengua.

La Chiquitania, obra iniciada en Paraguay y en los territorios fronterizos de Argentina y Brasil, es el mítico territorio de las misiones de los padres jesuitas que comenzaron a establecerse en Bolivia a finales del siglo diecisiete. Esta fue una utopía que vio su final cuando Carlos III decretó, en 1767, la expulsión de los miembros de la orden de los territorios de la corona.

La banda sonora que Ennio Morricone compuso para la película “La Misión de Roland Joffé” bulle en mi cabeza y, a su vez, me persigue la imagen con la que se abre el film: el misionero jesuita, quien estaba sometido al martirio por los indios guaraníes, atado a una cruz que va dando tumbos entre las aguas embravecidas por el torrente de las cataratas del Iguazú, hasta despeñarse. También, el poema de Ernesto Cardenal “La arcadia perdida” en el que describe con admirada meticulosidad la vida y organización de las misiones: “En las oscuras selvas del Paraguay/Por esas avenidas iban y venían los indios con poncho y boina/Niños de doce años tocaban con el arpa melodías de Bolonia/Máquinas hidráulicas extraían el agua de los ríos…”.

Hay quienes califican las misiones como una “teocracia socialista” organizada bajo un modelo paternalista de premio y castigo. Pero, en todo caso, fueron unas singulares experiencias de evangelización de infieles y de colonización comunitaria en territorios remotos e inaccesibles que no se vio en ninguna otra ocasión, ni en ningún otro lugar de América.

La vida primitiva de quienes eran atraídos a las reducciones sufrió una transformación radical. Aunque siguieron hablando sus lenguas originales y aprendieron a trabajar en comunidad la agricultura y diversos oficios, bien sea para su propia manutención o el beneficio de las misiones, llegaron a ser organizaciones muy ricas, y por tanto, codiciadas.

Ellos beneficiaban el azúcar y la hierba mate; fabricaban tejidos de algodón, lo mismo que muebles y joyas; tenían fundiciones de bronce y estaño; y además, se proporcionaban sus propias armas. Una de las ventajas que los indígenas encontraron en las reducciones fue que podían defenderse de ser tomados como esclavos por las Bandeirantes que incursionaban desde el territorio de Brasil.

Una utopía como la de Campanella o Tomás Moro, que también se parecía a las sociedades comunitarias prehispánicas, atendía la redención y proveía las necesidades de los cuerpos y espíritus. Si no, que lo diga la música.

Los aborígenes aprendieron el arte del canto y a tocar los instrumentos europeos, así como a fabricarlos con gran destreza. En lo hondo de los montes empezaron a resonar piezas renacentistas y barrocas que iban desde Arcangelo Corelli hasta Händel y Vivaldi.

Los padres jesuitas eran maestros de música que compusieron centenares de piezas musicales que, aunque fuesen anónimas, fueron preservadas a lo largo de los siglos por el celo de los indígenas. Asimismo, los padres jesuitas les enseñaban a componer. Por tal motivo, en los festivales chiquitanos se ejecuta una ópera compuesta por alguno de los discípulos nativos.

Adicionalmente eran arquitectos y maestros constructores, como bien lo demuestran sus soberbios templos, por ejemplo la Chiquitania en San José de Chiquitos, de espléndidos altares barrocos recubiertos de pan de oro que admiramos durante un recorrido nocturno. Al pie del altar mayor la Orquesta San José Patriarca compuesta de niños y adolescentes nos obsequia un impecable concierto. La dirige el maestro francés Antoine Duhamel y sus pequeños músicos tocan con brío piezas de Purcell, Haydn y Mozart.

Al final del concierto le pregunto a una de las ejecutantes, que tendrá unos doce años, cuánto tiempo toma aprender a tocar un instrumento. “Toda la vida”, me responde con aplomo, “en música nunca se deja de aprender”.

Sergio Ramírez

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