Extravagancias injustificables

Extravagancias injustificables

En nuestros días proponer una distribución justa de la riqueza es un chiste.

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16 de junio 2015 , 06:59 p.m.

¿Qué justificación se puede dar al hecho de que alguien pague 179.36 millones de dólares por una pintura? Aunque sea una obra de Picasso por la que un jeque de Catar pagó esa suma, rompiendo el precio récord en subasta por un cuadro. Y Las mujeres de Argel ni siquiera es una de las obras maestras del pintor español. Es parte de una serie en que él recreó, en estilo cubista, una obra del pintor Eugène Delacroix.

Dado que Las Mujeres de Argel es un desnudo, el nuevo dueño no lo puede mostrar en público por razones religiosas, o sea que probablemente irá a una bodega donde nadie pueda apreciarlo porque lo compró como inversión, no por amor al arte.

Todo el asunto simboliza el sinsentido de los tiempos que vivimos y del mundo de las grandes fortunas, el 0,01 % de la población, tan lleno de pretensión, presunción, deseo de impresionar, falta de escrúpulos, avaricia, codicia, y demás epítetos que vienen a la mente cada vez que uno aprende sobre las extravagancias que hay entre sus miembros.

Los economistas explican que no es que el valor del arte sea cada vez más alto, sino que el valor del dinero para comprarlo es cada vez menor. La “ilusión del dinero” está causando inflación masiva en activos financieros de todo el mundo –acciones, bonos, bienes raíces, autos, yates y arte–.

He aquí algunos ejemplos escandalosos: botellas de vino a más de 12.000 dólares y de whisky a 460.000. Mansiones de 1.000 millones. Un auto (Lamborghini) de 5 millones. Los yates de lujo son el juguete preferido de los más ricos. El del sultán de Omán cuesta 300 millones de dólares, el equivalente al Producto Interno Bruto de un país pequeño. El director de cine Steven Spielberg tiene uno del mismo precio, lo mismo que Paul Allen, el fundador de Microsoft. Y esos no son los más caros. El del Presidente de los Emiratos Árabes vale 600 millones. El del oligarca ruso Román Abramóvich, 1,1 mil millones.

El aumento astronómico de los precios de obras de arte y productos de lujo entre los nuevos ultrarricos refleja la creciente desigualdad económica mundial. Es una ecuación simple: el suministro de pinturas de Picasso o de esculturas de Giacometti (una de las cuales se vendió por 141’000.000 de dólares) es fijo. Pero el número de personas con los recursos y el deseo de comprar arte de alto nivel está creciendo, gracias a la distribución de la riqueza extrema.

La disponibilidad de tanto dinero para gastar en arte es síntoma de la desigualdad de ingresos, pero también de la popularidad del arte por reconocidos artistas como símbolo de estatus y la creciente tendencia entre los más o menos 170.000 dueños de ultrafortunas de usar arte como inversión. Arte contemporáneo, según The New York Times, al igual que finca raíz en mercados ‘calientes’ como Londres y Nueva York, está reemplazando el oro como reserva de riqueza.

Cuando se publicó hace unos meses que el 1 % de los más ricos controlan más del 48 % de la riqueza global, los líderes del mundo “descubrieron” la absoluta falta de equidad económica y el término “desigualdad económica” apareció en todos los discursos. Pero el sistema está amañado para que los ricos se sigan enriqueciendo y el otro 99 % se siga quedando atrás.

Leí sobre una propuesta ante el Parlamento Europeo de una tarjeta de crédito especial para billonarios, controlada por el Gobierno para impedirles malgastar en bienes sobrevaluados que no necesitan. Si el pobre no puede tener su cerveza, el ‘gazillonario’ no puede tener su obra de arte. O al menos debe donar una cantidad equivalente a artistas pobres o a personas sin hogar, o a refugiados. El proyecto es tan iluso que nadie lo tomo en serio. Porque en nuestros días proponer una distribución justa de la riqueza es un chiste.

Cecilia Rodríguez

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