Macondo en Ravello

Macondo en Ravello

Una memoria que combina la realidad que alguna vez fue, con la fantasía, de lo que pudo ser.

notitle
15 de junio 2015 , 06:12 p.m.

Diría que fue a comienzos del otoño, que el frío apenas se insinuaba, que contemplábamos el mar desde ese mirador privilegiado que es Ravello. Que acabábamos de sorprendernos con el encuentro inesperado de una casa blanca con jardines repletos de olivos y un aviso que revelaba su nombre: Macondo. Allí, a tantos miles de kilómetros de los pueblos polvorientos que inspiraron a Gabo. Que le dimos la espalda al mar para buscar de dónde salían las notas de ese fagot. Y salían del atrio de una pequeña iglesia en donde acababan de terminar las honras fúnebres de un hombre que habitaba aquella montaña. Se llamaba Massimo. El cortejo inició su recorrido hacia el cementerio al ritmo de las notas de aquel fagot, que se silenciaba cada quince o veinte pasos para darle la voz a un deudo que pronunciaba un elogio o a una mujer que improvisaba un lamento.

A veces me pregunto si las cosas fueron así como las recuerdo. Aunque no sé para qué me lo pregunto: sé que no fueron del todo así.

Sé que la memoria es caprichosa. Que es capaz de mover las nubes para que caigan sobre el escenario de aquel recuerdo los rayos del sol. Que puede sembrar a su antojo olivos cargados de frutos en aquel jardín que probablemente exhibía limoneros en flor. Que el frío del otoño a lo mejor aún no había comenzado. Y sé que tal vez no era un fagot. Que las mujeres quizás no improvisaban sino que leían. Que Massimo era en realidad el conserje de un hotel en la calle Urbano de Roma.

No hay duda de que nos amábamos. Eso sí. Como no la hay del letrero que decía ‘Macondo’ y de la música de vientos. También tengo la certeza de que aquel mar bañaba las arenas de la costa Amalfitana y el otoño ya se había instalado. El resto de la historia lo ha reescrito una y otra vez una memoria sujeta a los vaivenes del tiempo y a las trampas de la imaginación. Una memoria que combina la realidad que alguna vez fue, con la fantasía, de lo que pudo ser. Por eso cada vez que traigo a colación aquella historia –u otra que traiga del pasado– es una historia nueva: aunque sea la misma. Porque la memoria se toma sin permiso los papeles protagónicos. Porque es capaz de cambiar lo que le fastidia y de darles fuerza a aquellos detalles que habían pasado desapercibidos. Porque es la memoria, con sus vanidades y sus complejos, la que escribe la historia del hombre.

Fernando Quiroz
@quirozfquiroz 

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.