Uber, el proxeneta

Uber, el proxeneta

Siete razones por las que borré a Uber de mi celular.

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14 de junio 2015 , 09:11 p.m.

Ya me aburrí de que la prensa en Colombia ponga a Uber como víctima y a los taxistas como victimarios. Lo último que leí al respecto fue una nota en ‘El Espectador’ en días pasados: “Taxistas y Policía se unen para cazar a conductores de Uber en el país”. El reportaje mencionaba unos supuestos retenes que estarían montando entre ambos para retener hasta 10 carros de Uber al día. La noticia circuló en redes sociales acompañada de una foto de un conductor ensangrentado, que no correspondía a lo publicado originalmente por el diario.

Como esa historia, he leído muchas en el año y medio que lleva Uber en Colombia. Historias que satanizan a los taxistas e idolatran a la nueva aplicación para smartphones. Pero no puedo culpar a mis colegas de los medios: estoy segura que deben estar escribiendo como usuarios.

Y es que todos sabemos que moverse en taxi es más que un karma: llamar por teléfono es eterno y nadie sabe cuánto tardará en llegar. Siempre hay pelea por el valor de la carrera o porque el taxista no tiene cambio para dar las vueltas. Nunca se sabe quién lo va a recoger y hasta puede ser peligroso si le sale ‘premiado’ con un ‘paseo millonario’.

En cambio, pedir un Uber es todo lo contrario: le mandan un carro rápido, que huele a nuevo y cuyo costo es barato. Ni hablar de la forma de pago: no hay que tener efectivo sino una tarjeta de crédito que se mete al bajar la aplicación al celular. Ni qué decir en materia de seguridad: Uber garantiza la identidad del conductor y le permite al usuario calificar su servicio. Si algún conductor llega a sacar malas notas –por trato desobligante, mala conducción o simple desconocimiento de las calles de la ciudad– la compañía lo retira del sistema.

¿Cuándo se había visto algo así en el negocio de taxis en Colombia? Con razón mis colegas de los medios no han visto –o no han querido ver– lo que está ocurriendo con Uber en el resto del planeta. Y es que si bien Uber es maravilloso para los usuarios, es una calamidad para sus conductores y para toda la industria del transporte.

La primera queja mundial sobre Uber es que es un proxeneta. Resulta que Uber no es la dueña de los vehículos. Los dueños son los mismos conductores de los carros. A ellos Uber les cobra un porcentaje por meterlos en el sistema. Ese porcentaje es altísimo –del 20 por ciento– y los conductores tienen que asumir todo el riesgo, igualito que un proxeneta. Pero hay más: Uber les baja los precios cuando se le da la gana y si alguno se queja, lo sacan del sistema. Tampoco les contesta sus llamadas. De hecho, en varios países del mundo, Uber solo permite a los conductores comunicarse con la compañía los viernes de 5 p. m. a 6 p. m., aunque tampoco obtienen respuesta (Peers Inc., páginas 153 y 254).

La cosa con el proxenetismo no para ahí. Uber está realizando campañas publicitarias en las que muestra imágenes de mujeres semidesnudas conduciendo los vehículos. Una de ellas la lanzó a finales del año pasado en Francia: ‘#Uberavions’, una campaña donde aparecen bellas modelos en minifaldas, con escotes pronunciados y tacones altos manejando los carros.

Los comerciales hacen referencia a los ‘Avions de Chasse’, un término coloquial que utilizan los franceses para referirse a una mujer que está ardiente o muy buena. Hay que ser muy bruto para no entender que Uber está promocionando a sus mujeres conductoras prácticamente como si fueran unas putas.

¿Me pueden decir en qué país del mundo los taxistas tratan así a las mujeres que conducen los carros amarillos o blancos? En ninguno. No hay derecho a que Uber les haga eso a sus conductoras. Ellas ya tienen que lidiar con los comentarios morbosos de los pasajeros borrachos, como para que ahora, también, sus jefes las promocionen como objeto sexual.

Pero qué se puede esperar de una compañía cuyo fundador, Travis Kalanick, dijo en una entrevista a la revista ‘GQ’ que le gustaba referirse a su empresa como “Boober en lugar de Uber” (en inglés ‘boobs’ significa tetas). ¡Qué torpeza y qué falta de respeto! ¡Qué nivel de sexismo y misoginia! Recuerden que este señor es el fundador de una compañía valorada en 50.000 millones de dólares, que recaudó 3.000 millones de dólares el primer día que salió a la bolsa, que consiguió 307 millones de capital semilla y que reporta anualmente ganancias por 213 millones de dólares al año. Que cualquier perico de los palotes diga semejante estupidez, lo entiendo. Pero no este hombre considerado uno de los grandes emprendedores en el mundo de la tecnología.

Ilustración: Juan Felipe Sanmiguel.

Uber no solo se está comportando como un proxeneta con los conductores de los carros. También se está comportando como un monopolio que amenaza la supervivencia de la industria del transporte de pasajeros. Uber opera por fuera de ley en los más de 60 países en los que está presente. Alega que no es un servicio de transporte, sino una aplicación digital, por lo que las normas no aplican para él. Así que esta megaempresa de Wall Street no tiene por qué preocuparse por cumplir con las licencias, permisos, certificaciones y demás reglas que se les impone a los taxistas en todo el planeta.

Como si fuera poco, Uber está bajando los precios de manera unilateral para dejar por fuera a su competencia. Su esquema de precios -Surge Pricing Model- consiste en aumentar las tarifas en las horas de mayor demanda y bajarlas en la de menor demanda. Pero ese no es el problema, pues al fin y al cabo así opera la industria aérea. El rollo es que Uber está cortando las tarifas de manera agresiva sin que nadie –ni conductores, ni competencia, ni autoridades– pueda quejarse o decir nada. A mí que no me vengan con el cuento de que las plataformas tecnológicas no pueden actuar como monopolios.

Uber me recuerda a Enron en los años noventa. Ese gigante energético que operó por fuera de la regulación y que hizo millonario a medio Wall Street subiendo los precios de la energía en la costa Oeste de Estados Unidos (después colapsó en medio de un escándalo de fraude contable y financiero).

Y me lo recuerda no solo por operar por fuera de la ley, o mover los precios a su favor: también porque sus accionistas son los mismos que los de Enron. Detrás de Uber están Goldman Sachs y todos los tiburones de Wall Street que ayudaron a forjar lindas leyendas empresariales como Enron o Long-Term Management Capital.

Uber está acumulando cada vez más poder y más usuarios. Es la empresa que más rápido está creciendo en todo el mundo. Ha crecido incluso más rápido que Facebook durante los primeros cinco años de vida. Lo preocupante es que las autoridades del mundo no han sido capaces de sacar una regulación para controlar sus excesos de poder. De Colombia a Francia, pasando por India y Estados Unidos, Uber se mueve en un negocio que va por delante de la regulación.

Uber pertenece a esa generación de empresas de internet que sirven para transportar a la gente, basadas en una plataforma tecnológica. Pero su modelo no es incluyente, a diferencia de lo que ocurre con compañías que generan valor para todo el sistema como tal, como el caso de ZipCar o BlaBlaCar (la compañía francesa de la cual Uber copió el modelo de calificar a los conductores de los carros). Allí hay valor para todos los participantes. En Uber el valor es solo para los dueños y los accionistas de Wall Street.

Yo sé que los dueños de las empresas de taxis como Uldarico Peña, Hugo Ospina o José Eduardo Hernández no son ningunas almas de Dios. Abusan igualmente de sus conductores, les cobran alquileres caros por los carros y tampoco les pagan seguridad social. Pero, al menos, sus empresas están sujetas al control de la ley. Y no comercializan a las conductoras de sus taxis como si fueran prostitutas. La mayoría de los taxistas son buenas personas y charlan rico. Abramos los ojos y superemos estereotipos.

Paola Ochoa
@PaolaOchoaAmaya

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