El poeta y guía que batalla contra el cáncer

El poeta y guía que batalla contra el cáncer

Yeir Cuestas es reconocido por guiar a los turistas en el centro históricode Bogotá.

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14 de junio 2015 , 06:53 p.m.

El viento, como el cáncer, pega en las arrugas de Yeir Cuestas. Su gorra de paño, igual que su doble abrigo de lana y una bufanda, lo guarecen del frío. Contra la enfermedad, asevera, “solo Dios me mantiene en pie”.

Suelta las ideas en forma de proclama, como un niño que aprendió los versos para la escuela. Arruga el ceño, con el choque de la ventisca. Su bigote, espeso como un cepillo de limpiar chaquetas, esconde unos labios carnosos. Cumplió 64 años, 12 de ellos en una lucha a muerte, o a vida, contra el cáncer.

Con su pinta de cachaco, complementada con un delgado pantalón, mocasines negros y medias blancas, saca a relucir su conocimiento de la historia, en la plaza de Bolívar. “El edificio de la esquina es el Palacio Arzobispal, donde se han hospedado los papas que han visitado la ciudad: Pablo VI y Juan Pablo II. La de al lado es la capilla del Sagrario, construida por los españoles entre 1600 y 1648”.

En este lugar se rebusca la vida, exprimiéndole datos al pasado. Los demás trabajadores del sector lo conocen como el poeta, o el guía, a secas. Nadie le dice Yeir. A veces, cuando puede conseguirse un lápiz, acomete versos. “Escribo sobre el amor/ la libertad, la vida/ sobre los celos/ de todo lo que tiene valía”, poetiza.

No tiene casa dónde acomodar sus pertenencias, las pocas que le quedan: una ollita, dos atuendos y un arsenal de medicamentos. A diario, debe conseguir ocho mil pesos para dormir en una residencia de la calle 6.ª con 10.ª.

Hunde la mano entre su pecho y extrae un frasco. “Incluso tengo formulada morfina, porque los dolores que me dan en el estómago son… ¡uuyyyy, ni para qué hablar de eso, mil veces más duros que un dolor de muela!”. Su diagnóstico es contundente: “Cáncer de ano con dos metástasis inguinales, un tumor de tiroides y ahora un tumor en el estómago”.

Por esta última afección le dio un patatús, siete meses atrás. Era un día común, sentado al pie de la escultura de Bolívar, cuando se le estranguló la úlcera estomacal. Su boca se inundó de líquido rojo, que buscó salida como un espray. El suelo se tiñó de sangre. Pasó 47 días hospitalizado. En el camino a urgencias perdió su cédula y el carnet del Sena que lo acredita como guía turístico. El curso para este oficio lo acabó en 1982, en Cartagena. Y en 1985 hizo otro de refuerzo, en Bogotá.

Estoy casado con el Instituto Cancerológico. Aunque la EPS no siempre me permite los tratamientos”, comenta.

“Hace 12 años me dieron una expectativa de vida de, máximo, seis meses. Me hicieron químio y radioterapias, cirugía y otras cosas. Y hace siete meses me ordenaron una químio ambulatoria, tan dura que tuve que firmar un papel para eximir de responsabilidad a los médicos”.

Suerte

Su rostro es pálido. No obstante la debilidad por falta de alimento, pues su dieta y peladez le niegan comer fríjol, sopas, arroz y papa, Yeir revela datos.

“Al morir, Rufino José Cuervo dejó un testamento en su casa (calle 10.ª, entre carreras 6.ª y 7.ª). Le heredó sus propiedades al tipógrafo más pobre que encontraran en Bogotá. Pero nunca supe en qué terminó eso, si le hicieron chanchullo al testamento”. Cuervo fundó la primera Academia de la Lengua en América.

Sostiene que por ese tipo de historias, un alemán, de nombre Pieter y proveniente de Múnich, le hizo una entrevista, siete años atrás. El extranjero lo interrogó sobre su vida y luego se fue. Meses después vino a buscarlo una colombiana, novia del alemán, y le entregó un sobre. Al abrirlo, Yeir descubrió 100 euros, cortesía de un lector que se congració con la historia. “Fue tremendo detalle”, comenta.

Para conseguir turistas, cada día llega a eso de las 10 de la mañana a la Plaza de Bolívar. Si está con energía, se para en medio del emblemático sitio y “a los gringos les ofrezco el servicio. O a veces uno ve que hay grupos que miran para todo lado, como buscando ayuda”. Entonces hace gala de su voz y se ofrece. “Les cobro según el cliente. A los extranjeros un poquito más”, confiere.

Solo

Darío Jaramillo Agudelo escribió: “Primero está la soledad/ en las entrañas y en el centro del alma/ esta es la esencia, el dato básico, la única certeza…”, y aunque Yeir nunca ha leído ese poema, bien podría personificarlo. Su único hijo y familiar murió, también hace siete años, en hechos que parecen dictados por el más loco poeta del absurdo.

El guía prefiere guardarse el nombre de su muchacho, que dejó este mundo a los 25 años. “Era técnico en pintura y lo contrataban en los locales de la carrera 10.ª, hasta que abrió su propio taller”.

Me colaboraba siempre que yo estaba enfermo. Me daba comida y me llevaba a dormir a su casa”. Hasta que “el pendejo se compró una pistola, por si lo iban a robar”. Y borracho, “me contó una hermana media que estaba con él esa noche, se puso a jugar con el arma. Le sacó el proveedor, apuntó el cañón a la cabeza y, sin saber que esas cosas guardan una bala en la recámara, se disparó...”.

Se agarra del paraguas, entume el labio inferior y confiesa que no tiene amigos. En su boca, no hay más que dos dientes. “Mi único amigo es Jesús, que es el que me mantiene vivo. Antes, un muchacho llamado Augusto me cuidaba en la residencia, cuando me enfermaba. Pero se puso mal, lo cogió el vicio –lamenta con la cabeza– y no volví a saber de él. Ahora soy un ermitaño”.

Confiere que el oficio de guía lo ha sacado de apuros, en cambio el de poeta no. Advierte que le llegan pocos clientes y quisiera atender más. “Sigo aquí porque a un viejo como yo nadie le da trabajo. Creo que voy a terminar en un ancianato, si una fundación o una persona me colaboran”.

En seguida, pasa una familia. Todos chupan helados. Un niño corre tras las palomas. Yeir repara en ellos, se echa un suspiro y puntualiza que “es triste llegar a viejo sin familia”. Mientras tanto, el viento no para de soplar.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
Contáctenos en Twitter @felipemotoa

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