Editorial: A la espera de mejores tiempos

Editorial: A la espera de mejores tiempos

Es ilusorio pensar que el 2015 será un periodo estelar en el crecimiento de la economía colombiana.

13 de junio 2015 , 05:30 p.m.

Habría podido ser peor. La frase resume el sentimiento de los analistas luego de conocerse, el viernes pasado, el dato de crecimiento de la economía colombiana durante el primer trimestre del 2015. Según el Dane, el Producto Interno Bruto se expandió a una mediocre tasa del 2,8 por ciento entre enero y marzo, con respecto a igual periodo del año pasado.

Dicho guarismo deja en claro que hay una desaceleración en marcha. La cifra mencionada es la más baja desde finales del 2012 y se encuentra por debajo de la meta gubernamental del 3,6 por ciento. El motivo principal del frenazo es el viento en contra que sopla por culpa de la baja en los precios de los bienes primarios que exportamos, comenzando por el petróleo. Este, a su vez, influye sobre múltiples actividades, al igual que golpea el consumo y la inversión.

Quizás el único consuelo ante lo sucedido es que a los referentes de Colombia en la región les fue peor. No solo el pronóstico para América Latina habla de una expansión inferior al uno por ciento, sino que Brasil y Venezuela sufren una contracción, mientras que Chile o México no levantan cabeza.

Incluso a nivel del planeta, tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial han debido recortar sus proyecciones ante la falta de una buena dinámica, ya sea en las naciones más ricas o en los llamados países emergentes. Puesto de otra manera, el contexto global es difícil, aparte de volátil, por lo cual no faltan quienes señalen que nos deberíamos dar por bien servidos.

Sin embargo, aparte de reconocer que el ambiente dista de ser el más propicio para la economía, es obligación señalar que las autoridades deben hacer lo que esté a su alcance para remontar la corriente. Una velocidad cercana al 3 por ciento es insuficiente para mantener bajo el desempleo, consolidar los avances sociales de tiempos recientes y generar las oportunidades que esta sociedad necesita para ser más próspera.

Por ejemplo, llama la atención que el sector indicado para ser la principal locomotora del PIB bajó su ritmo. El alza de 4,9 por ciento que experimentó la construcción es insuficiente, sobre todo frente a la magnitud de los planes en marcha, que requieren concretarse más temprano que tarde. Tanto las obras civiles, las cuales contienen ambiciosos programas de desarrollo de la infraestructura, como el ramo edificador comenzaron más lento de lo que se esperaba.

Mucho más grave, por supuesto, es la situación de la industria, víctima de una recesión que no termina. La caída del 2,1 por ciento experimentada por el ramo manufacturero demuestra que el alivio que debía llegar con la devaluación que registró el peso colombiano todavía no se siente. Aun si los productos nacionales logran competir en mejores condiciones con los bienes importados, pareciera que se ha reducido la capacidad fabril en forma permanente, algo que es inquietante.

Tampoco el campo las tiene todas consigo. Los renglones agropecuarios mostraron una expansión del 2,3 por ciento, atribuible en forma primordial al café. Si bien la recuperación del grano es importante, los cultivos transitorios o la cría de ganado bovino cayeron, lo cual sugiere que los problemas de siempre siguen realmente sin solución.

La suerte de los capítulos mencionados muestra que hay que aplicarse para que las cosas anden mejor. Hace unas pocas semanas, la Casa de Nariño dio a conocer una serie de estrategias contenidas en la segunda versión del Plan de Impulso a la Productividad y el Empleo.

Más que un esfuerzo de mayores gastos, que es imposible a la luz de las restricciones fiscales, se trata de anticipar diversas ejecutorias ya programadas. En consecuencia, es hora de recurrir a los principios que identifican a la buena gerencia pública con el fin de convertir los anuncios en realidad. No menos importante es mejorar la interlocución con el sector privado por parte del Ejecutivo, con el cual el diálogo no siempre ha sido fluido.

En la medida en que ello ocurra, será posible tener indicadores más positivos. Es ilusorio pensar que el 2015 será un periodo estelar en lo que atañe al crecimiento, pero no es descabellado aspirar a una expansión del PIB que se acerque o incluso supere los objetivos, lo que obliga a enmendar más de una plana.

Un desafío clave es conseguir que la economía siga creando puestos de trabajo que compensen con creces la tormenta que azota a la minería. Solo así se podrá garantizar que la demanda interna conserve su vigor, mientras las exportaciones reaccionan.

En el entretanto, el Gobierno tiene que hacer la tarea y hablar con claridad. Pretender que no pasa nada es tan irreal como las expresiones catastróficas de quienes son profetas de una hecatombe que no tiene razón de ser si el país se aplica con juicio a defender la salud de una economía que está mejor que muchas otras y cuenta con instrumentos para andar a un paso más firme.

EDITORIAL

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