La velocidad

La velocidad

Dos contemporáneos nos invitan a bajar la velocidad. A parar y pensar: ¿para dónde vamos?

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11 de junio 2015 , 06:25 p.m.

Europa iba despacio. Ladrillo contra ladrillo, construyó una cultura de pensarlo dos veces. Punteando con cuidado los primeros asombros para demorarse luego en la elaboración de las certezas. La filosofía clásica alemana era lenta y profunda, la literatura de Francia tenía que demorarse en el supremo ejercicio de mojar una magdalena en el té para luego aspirar a un tempo menos lento. Pero el allegro assai acabó por avasallar la paz de los adagios. Primero en Norteamérica, luego en Asia, y lo llamaron capitalismo pudiendo haberle llamado la religión de la velocidad.

Y algo quedó mal, como escribe Tony Judt: ¿por qué nos apresuramos en derribar los diques que laboriosamente levantaron nuestros predecesores? ¿Tan seguros estamos de que no se avecinan inundaciones? Y cita a Goldsmith: “Cuando la riqueza se acumula, los hombres decaen”.

Dos contemporáneos nos invitan a bajar la velocidad. A parar y pensar: ¿para dónde vamos? Pikketty y Klein, el perfecto coctel. Ambos señalan que en este maravilloso invento de los mercados algo nos quedó mal desde el comienzo. El francés lo atribuye al modelo de rendimiento financiero del capital (la velocidad). Klein no es menos explícita –aunque sí menos diplomática– y cuestiona de frente el escenario de los prometeicos que nos persuaden sobre las bondades salvadoras de la economía de mercados. Escribe que será precisamente nuestra adicción al crecimiento la que acabará hundiéndonos sin remedio. Llama al capitalismo por su apellido de crisis: un fallido sistema económico, e invita a aprovechar el cambio climático para construir una nueva economía.

Yo creo que el asunto es un poco más sencillo. Bajarle ‘un cambio’ a la velocidad y al tiempo poner un poco de música en las modulaciones adecuadas. Encontraremos más fácilmente los caminos colectivos para ir rectificando poco a poco la ruta equivocada. ¿Qué quiero decir? Sentido común, humanidad, ciudadanía, democracia, cultura, ir despacio. ¿Y por dónde empezamos? Por una educación que en lugar de aspirar a la velocidad de las competencias recupere el sentido originario del kalokagathía, la virtuosa unión de lo bello y el bien, entendiendo por ‘bien’ la verdad, la libertad y la justicia. No una educación para el único fin del crecimiento, sino para el aprendizaje denodado de la vida y sus virtudes: equilibrio del adagio y del allegro, no tan assai mucho mejor.

Manuel Guzmán Hennessey
@GuzmanHennessey

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