Posconflicto

Posconflicto

Es la palabra más desconcertante del diccionario colombiano. Nadie sabe del todo qué quiere decir.

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11 de junio 2015 , 05:39 p.m.

Es la palabra más desconcertante del diccionario colombiano: “posconflicto”. Conmueve, enrarece, pero nadie sabe del todo qué quiere decir. En el país con el agua al cuello que a pesar de todo reeligió a Santos, en donde se cree que lo primero es desacostumbrarse a la guerra, se entiende el proceso de paz en La Habana como un paso inevitable, se piensa que hay que relatar, hasta comprenderla, la marcha fúnebre que ha sido Colombia, y se prefiere la falta de carisma a la falta de escrúpulos, la palabra se pronuncia como un conjuro (“¡posconflicto!”) con la ilusión de que quizás diciéndola llegue el fin de este sangriento capítulo que ya es la obra entera. Pero en el país de armas tomar, en donde a nadie le cabe en la cabeza –reporta Noticias RCN– que se les haya devuelto la humanidad y el drama social y el estatus político a los bandoleros de las Farc, no es otra cosa que una mamertada, y una trampa: “posconflicto...”.

Quiero decir que mientras se imagina el posconflicto, mientras los militares se preparan para las batallas después de las batallas, los dramaturgos recrean los testimonios de las víctimas, los observadores arman seminarios sobre la reconciliación, los juristas se entregan al hobby de vaticinar asambleas constituyentes, los guerrilleros insisten en que su imagen de revolucionarios no ha sido arruinada por su propia barbarie, sino por una conspiración fascista planeada desde la revista Semana, y los críticos furibundos repiten que este gobierno está entregándoles la sociedad nuestra a unos cuantos delincuentes que –en aquel lugar en donde ha quedado siempre el país: en la teoría– ya habían sido exterminados como plagas (mientras cada cual reacciona a su manera, en fin, como si de verdad hubiera llegado el “posconflicto”, y el país fuera otro), sigue dejándose para mañana la realidad colombiana: la guerra.

La guerra que no sucede por allá, en los 281 municipios en donde están las Farc o el Eln, sino que repta aquí: aquí matan, aquí extorsionan. Ha habido vida en Colombia: ha habido futuro. Millones de niños han conseguido llegar a viejos con frustraciones primermundistas, carreras memorables, envidiables álbumes de fotos. Pero conviene no perder de vista que estamos en guerra, que estamos viviendo el infierno a esta hora de este viernes. Y hora por hora hay torturados y mutilados y violados y huérfanos y viudos y desplazados que mueren de hambre. Y en Buenaventura –dice el incansable Gonzalo Sánchez– pasa “una catástrofe humanitaria”. Y en Putumayo esta guerrilla esquizofrénica e infame, que jura en vano el nombre de “el Pueblo”, ha respondido con un atentado atroz a la buena noticia de que después del proceso de paz vendrá una Comisión de la Verdad.

Me lo dijo un taxista amable pero derechista pero repleto de razones cuando la oímos en la radio: “A mí me da retorcijones la palabreja ‘posconflicto’ porque en el pueblo de mi mujer, en el Cauca, todos los días matan un amigo”.

Solo tendrá sentido, no será más una palabra desoladora ni quimérica, no será más un eufemismo criollo de los que sabemos, ni esta fórmula mágica que nos exime de servirle al país nuevo, si acaso llega a darse la Comisión de la Verdad: pues si se da la Comisión, ese tribunal extrajudicial en busca de la humanidad perdida, es porque en la realidad por fin se ha agotado esta cara de la guerra, porque las partes se han resignado a algo semejante a la justicia y el Estado ha asumido la responsabilidad de decir en voz alta lo que cometió su sociedad. Suena a especulación. Suena a invención. Pero, si acaso se da, entonces millones de falsos patriotas van a quedarse sin oficio. Y quien diga “posconflicto” no estará haciendo el ridículo por primera vez desde el principio.


Ricardo Silva Romero

www.ricardosilvaromero.com

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