¿Se abre espacios la nueva literatura colombiana?

¿Se abre espacios la nueva literatura colombiana?

Pocas veces nuestros novelistas habían obtenido tantos triunfos internacionales como ahora.

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10 de junio 2015 , 08:31 p.m.

El Premio Rómulo Gallegos, que acaba de obtener el escritor Pablo Montoya por su novela Tríptico de la infamia, ratifica el buen momento que vive la literatura colombiana. Un grupo de escritores que escasamente pasan de los cuarenta años de edad le están dando a Colombia presencia en el panorama literario de América Latina. La verdad, pocas veces nuestros novelistas habían obtenido tantos triunfos a nivel internacional como ahora. Esto significa que la sombra de García Márquez, que aseguran algunos analistas literarios les cerró las puertas en el exterior a muchos escritores, ya no pesa tanto en la valoración que en Europa se hace del trabajo narrativo de los autores colombianos que tratan de abrirse espacios en otros continentes.

Siempre se dijo que el prestigio literario de García Márquez no había permitido que surgieran en Colombia nuevas figuras en narrativa que obtuvieran resonancia internacional. Pero lo que ha venido sucediendo en los últimos años demuestra que hay un nuevo renacer en la creación literaria del país. Nuestros novelistas han podido escribir sin el eco macondiano de García Márquez, apartándose de esa influencia que el hijo de Aracataca ha ejercido sobre los narradores posteriores al Boom. Autores como Juan Gabriel Vásquez, Fernando Vallejo, William Ospina, Héctor Abad Faciolince, Santiago Gamboa, Laura Restrepo, Mario Mendoza, Jorge Franco, Juan Esteban Constain y Ricardo Silva Romero están escribiendo con un lenguaje distinto, experimentando en nuevas técnicas narrativas.

Estos autores que están haciendo reverdecer los laureles de la literatura colombiana se vienen ganando un espacio en el alma de los lectores latinoamericanos. Rescatan lo que en los años sesenta alcanzaron escritores como Fernando Soto Aparicio, Manuel Mejía Vallejo y Eduardo Caballero Calderón. El primero obtuvo en 1962 el Premio Ediciones en Lengua española por La Rebelión de las Ratas, el segundo fue ganador en 1963 del Premio Nadal con El día señalado, y el tercero el mismo premio Nadal con El Buen Salvaje en 1965. Seis años más tarde, en 1971, Gustavo Alvarez Gardeazábal resultó finalista en este mismo concurso con Dabeiba. En este mismo año, el tulueño obtuvo el Premio Manacor con Cóndores no entierran todos los días.

Los novelistas colombianos se están ganando un espacio importante entre los lectores extranjeros porque tienen historias para contar y, además, porque manejan un lenguaje narrativo con el cual los hechos novelados se cuentan con claridad, como para que el lector los interprete sin necesidad de recurrir a cuadros explicativos que les permitan entenderlos. Pero también porque están enseñando la historia de Colombia para que otros países se miren en el espejo de nuestras realidades, y eviten así que las cosas que en Colombia ocurren les pase a ellos. Es lo que sucede, por ejemplo, en Líbranos del bien, de Alonso Sánchez Baute, una novela donde se muestra cómo surgen en el seno de familias adineradas hombres como Ricardo Palmera o Rodrigo Tovar Pupo, que renuncian a su clase social para ingresar a movimientos armados antagónicos.

Nuestros escritores están novelando sobre la realidad del país. Y esto atrae lectores. Juan Gabriel Vásquez, que escribió una excelente novela sobre la separación de Panamá, Historia secreta de Costaguana, se le midió al tema del narcotráfico con El ruido de las cosas al caer, una obra donde narra cómo fue esa Colombia que Pablo Escobar sometió con actos violentos como el derribamiento de un avión en pleno vuelo. Es el mismo tema que trabaja en Casi nunca es tarde Juan David Correa al narrar cómo estalló la bomba contra el Edificio del DAS. Violencia que también muestra Ricardo Silva Romero en su novela Autogol, donde a través de un comentarista deportivo, Pepe Calderón Tovar, narra cómo fue el asesinato del futbolista Andrés Escobar.

La historia de Colombia está retratada en las obras de nuestros escritores contemporáneos. Es el caso de Philip Potdevin, que En esta borrasca formidable reconstruye el asesinato de Rafael Uribe Uribe. Aquí dice que Galarza y Carvajal, los asesinos, actuaron durante la Guerra de los Mil Días como agentes del gobierno conservador y, por tanto, fueron utilizados para sacar del camino al líder liberal. El mismo Ricardo Silva Romero tiene una novela, El libro de la envidia, donde señala que el poeta José Asunción Silva no se suicidó sino que fue asesinado. Este compromiso de los novelistas con la realidad del país, sumado a un lenguaje exquisito para narrar las historias, ha hecho que los lectores allende las fronteras se fijen en sus obras para conocer el país que las inspira.

José Miguel Alzate

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