Océanos, grandiosos y desconocidos mundos

Océanos, grandiosos y desconocidos mundos

Los mares regulan el clima del planeta absorbiendo más de una tercera parte del dióxido de carbono.

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08 de junio 2015 , 11:34 p.m.

En una ficción contada una y mil veces, Cristóbal Colón intenta convencer a los representantes de la Iglesia y a los reyes católicos de que la Tierra es redonda como una naranja y, para probarlo, solicitaba su apoyo para una expedición a las Indias. Esta escena viene de la imaginación y de la pluma del escritor estadounidense Washington Irving.

La verdad es que para la época de la expedición de Colón ya se sabía que la Tierra era redonda. Los filósofos griegos habían estimado la curvatura de la Tierra casi doscientos años antes del comienzo de nuestra era y su conocimiento había sobrevivido en las obras de los pensadores musulmanes, que durante siglos tradujeron, editaron y debatieron sus ideas. (Vea el gráfico: Conozca en detalles el estado de los océanos en el mundo)

Las representaciones de la Tierra redonda ya eran comunes en la Europa de la Edad Media, incluyendo la obra de Gerbert d'Aurillac, quien luego se convertiría en el papa Silvestre II, unos quinientos años antes de que Colón iniciara su viaje.

Lo que el expedicionario y sus contemporáneos ignoraban era la extensión de los mares que rodeaban el mundo conocido. Asia, África y Europa están conectados por tierra y en los tiempos de Colón el mundo conocido se limitaba a la extensión de las rutas terrestres y al mar cercano a las costas.

Si bien es cierto que los pueblos nórdicos llegaron a América en el siglo X y Zheng He había conquistado las rutas del Océano Indico para China a comienzos del siglo XV, no fue hasta la llegada de Colón a América que los humanos nos enfrentamos a las dimensiones de nuestro planeta y a los misterios de las aguas inexploradas.

Hoy sabemos que los océanos cubren dos tercios de la superficie de nuestro planeta, y que su presencia es significativa a tal punto que desde la distancia la Tierra se ve como una canica azul, por el color de la luz reflejada sobre la superficie del agua. Para quienes vivimos en la superficie sólida del planeta, los océanos son aún lugares misteriosos, cuerpos de agua poblados por criaturas inimaginables de las que sabemos muy poco. Lugares regidos por complejos mecanismos de los que estamos aprendiendo. Sin embargo, nuestra subsistencia depende, en gran medida, de ellos.

Los océanos son cruciales en la regulación del clima. Ellos constituyen el depósito más grande de dióxido de carbono, absorbiendo más de una tercera parte de las emisiones de este gas. El dióxido de carbono, producto del uso de combustibles fósiles y uno de los principales gases que producen el efecto invernadero, es atrapado por la superficie de los océanos y es distribuido en su interior a través de las corrientes marinas. Sin embargo, este sistema tiende a saturarse a medida que la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera aumenta.

De ocurrir esto perderíamos un mecanismo vital para mantener el equilibrio en nuestra atmósfera. Es como intentar mantener el aire fresco en una habitación llena de fumadores abriendo una ventana, mientras la habitación se sigue llenando de fumadores.

Múltiples grupos de investigación, como el Laboratorio Ambiental Marino del Pacífico (PMEL) o el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF), se dedican a medir las corrientes oceánicas y la asimilación del dióxido de carbono en la superficie del océano para determinar cómo funciona este proceso de autorregulación del planeta. Sin embargo, el uso continuado de combustibles fósiles acorta el tiempo que estos equipos tienen para entender uno de los mecanismos que garantizan nuestra subsistencia en la Tierra. Este domingo celebramos el Día Mundial de los Océanos. Hoy, más de quinientos años después de que nuestros ancestros se embarcaran en la travesía de descubrir el planeta, nos enfrentamos al reto de preservarlo.

Como en la ficción de Cristóbal Colón y la Tierra redonda, es fácil ignorar los hechos que se esconden detrás de la cotidianidad. Sin importar qué tan lejos estamos de la costa más cercana, el aire que respiramos y la comida que consumimos dependen de las aguas que obsesionaron a los grandes exploradores y que hoy esconden grandes misterios.

JUAN DIEGO SOLER
Especial para EL TIEMPO
Ph. D., investigador del IAS (Francia) @juandiegosoler

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