Mariposas de memoria

Mariposas de memoria

Muchos alucinados lo arriesgaron todo en busca de una mariposa albina o azul en el Ártico.

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08 de junio 2015 , 08:24 p.m.

Manolete, el torero español empitonado por el toro Islero, héroe de los miuras, mientras hacía un volapié en Linares, dijo una vez que las mujeres, como las mariposas, revolotean alrededor de todo lo que brilla. Pero las mariposas también revolotean alrededor de todo lo que hiede. Y se posan trémulas, con la misma fruición, en el estiércol, las pomas podridas y los lirios recién abiertos. El olor de las corrupciones las atrae tanto como el de las flores recién nacidas. El arroyo, el vilano, la nube, la luna, la mariposa son imágenes de la veleidad. Con la mujer, según el lugar común del romántico decadente.

No es extraño que este lepidóptero glotón, parsimonioso y promiscuo, de los homoletábulos, haya despertado tanta curiosidad entre los biólogos, los filósofos y los artistas por su belleza silenciosa, y su compleja metamorfosis en varios episodios, desde el huevo, con una época larval desembocada en la oruga para caer en la crisálida antes de entregar la militante mariposa. Los creyentes en la resurrección y los reencarnacionistas usan su transformación para explicar su fe en que esta vida frágil y preciosa es un sueño del que despertamos en la muerte, después de una sucesión aterradora de momentos, al decir del especialista ruso en mujeres inolvidables y mariposas.

Algunas mariposas se pasan de astutas. Y para desanimar a sus enemigos ostentan en sus alas abiertas unos grandes, inamistosos ocelos que simulan los ojos vigilantes del búho (oidor de la noche); unos cómicos ocelos, de puro inofensivos, por otra parte, sin garras suficientes para sostener la artimaña. Apenas una tela tenue, quebradiza y un toque de polvo, y sin embargo confiadas en el poder de las apariencias para sobrevivir. Pero hay otras que misteriosamente atraen con su pavoneo, en un gesto involuntario de generosidad, a sus predadores, porque les gustan las catástrofes y creen justificarse por el fracaso.

Muchos alucinados lo arriesgaron todo en busca de una mariposa albina o azul en los atardeceres del Ártico, o en una torrentera del Amazonas. Fabre, en 1875, descubrió las feromonas cuando unos machos vinieron a su casa a cortejar una hembra que tenía prisionera en una caja. Aristóteles había pensado que las mariposas eran hijas del rocío y nos había separado en su división del reino de los animales, pero Fabre nos devolvió el parentesco a través del efluvio seductor. Y entonces el aceite de los gatos de Algalia y la esencia de rosas fueron reemplazados por las feromonas sintéticas en los perfumes de conquista.

Vladimir Nabokov (el autor ruso de Lolita, por supuesto), según algunos críticos, repite en la fuga de su niña huérfana y su falso mentor por los moteles de los Estados Unidos la marcha de don Quijote por las posadas de España. Para probarlo, alegan que mientras escribía su libro estelar dictaba unas rencorosas conferencias contra el libro de Cervantes en una universidad yanqui con nombre de candado. Pero es un abuso hacer de Lolita un Sancho Panza con trenzas. Yo prefiero ver en ella siempre una mariposa haciendo cocos sobre unos desmesurados anteojos de sol. Una mariposa alargada, como esas orugas que comen ciertos pigmeos del África, o el satúrnido que consumen los bosquimanos, que le agua la boca al carnicero más caritativo y al más casto de los mortales. Nabokov amó mucho esas tenues criaturas voladoras y tuvo entre sus mejores placeres la búsqueda de mariposas hasta la víspera de su muerte suiza.

La palabra ‘mariposa’, de origen incierto, según Corominas tal vez, deriva de ‘María, pósate’, un viejo juego infantil. Y dice Corominas que deberíamos llamarla como los latinos, papilio, o papallona, voz que persiste en el galo papillon, de donde vienen pabellón como tienda de campaña, y bandera. Y de donde debió ocurrírsele al poeta desconfiado del nacionalismo que las banderas no son más que las mariposas de trapo del espíritu rebañego.

Eduardo Escobar

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