Tsunami por la paz

Tsunami por la paz

De no lograrse que la paz sea un sueño colectivo los enemigos terminan por sabotearla.

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07 de junio 2015 , 10:28 p.m.

Parecería que se acerca la hora de la verdad. Los colombianos tendrán que decidir no solo en las urnas, sino también en sus corazones, qué quieren hacer con los avances que se han obtenido en La Habana. La historia ha demostrado que sin un compromiso del alma colectiva de la Nación no es posible consolidar un proceso que supere el odio acumulado.

El Gobierno lo sabe. Los negociadores lo saben. Las Farc lo saben. Todos lo saben. La pregunta es cómo se consolida una amplia convergencia social sobre el propósito de la reconciliación. Construir una coalición por la paz no es fácil. Nunca lo ha sido. Pero si hay algo que han enseñado los procesos en otras latitudes –cercanas y lejanas– es que hay un punto de inflexión donde la gente decide que es mejor negocio apostarle a la expectativa de la paz que a la cómoda certidumbre de la guerra. Desafortunadamente, Colombia todavía no ha llegado allá. Estamos más lejos de ese punto de inflexión de lo que se observa a primera vista.

En el esfuerzo de ir sumando grupos y sectores, el Gobierno ha puesto en marcha lo que se ha llamado la ‘pedagogía de la paz’. El propio presidente Juan Manuel Santos, a quien no le ha temblado la mano para meterse hasta en las cavernas más oscuras de la ultraderecha para llevar la prédica del proceso, ha realizado un intenso peregrinaje gremial y regional.

Humberto de la Calle ha visitado cuanto mentidero esté dispuesto a oírlo. En la práctica, la ‘pedagogía de la paz’ es un método de micropolítica que asume que yendo de gremio en gremio, de grupo de interés en grupo de interés, de rico en rico, de ONG en ONG, de medio de comunicación en medio de comunicación, tarde o temprano se logrará obtener la masa crítica indispensable para llegar a la meta.

Esa aproximación no parece estar funcionando. La razón es muy sencilla. En ese esquema se trata de convencer a los que de entrada tienen la mayor resistencia atávica o ideológica frente a lo que está ocurriendo en La Habana. Sin duda, es un ejercicio de convencimiento ineludible –sobre todo para que no digan que no se les escuchó–, pero por ahí no se llega a lo que se requiere en solidaridad colectiva y respaldo social. Además, en la micropolítica de la paz ocurre lo que siempre ha ocurrido con ese tipo de ejercicios. El resultado termina siendo una colcha de retazos, donde todos cobran peaje y conceden un aval a regañadientes. El ‘canapé de la paz’ es insuficiente para darle al Gobierno el músculo político que necesita para llegar a la meta.

Neutralizar a los opositores, por arriba, no es suficiente. La paz hay que construirla desde abajo. Si se quiere que el odio de 50 años de desangre y de sufrimiento se pliegue a la esperanza de paz, hay que meterle pueblo masivamente; hay que construir un sueño desde las bases, capaz de ponerles un dique a quienes todos los días siembran el miedo y la sensación de fracaso.

La evidencia histórica demuestra que de no lograrse que la paz sea un sueño colectivo, un ferviente anhelo social, los enemigos terminan por sabotearla. De allí que hay que pasarse de la teoría de la ‘pedagogía de la paz’, enfocada en neutralizar a los que murmuran y conspiran en los salones, a una campaña de la reconciliación que lidere el Jefe de Estado y que cree un tsunami de apoyo que haga irrelevantes esos bolsillos de resistencia bien financiados y que nunca van a sentirse invitados a esa mesa. La paz necesita de un Churchill.

Díctum. Crispín Villazón de Armas, un vallenato ejemplar. Un luchador contra la dictadura de Rojas, un vocero de la Costa, un creador de instituciones, cafetero de verdad, un patriota. Un gran amigo.

Gabriel Silva Luján

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