¿Cuál es el significado del Corpus Christi?

¿Cuál es el significado del Corpus Christi?

Jesús proclamó como centro de su doctrina: comer su cuerpo y su sangre salva.

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05 de junio 2015 , 09:33 p.m.

Si creer en Dios es ya un problema para algunos, aceptar que se pueda comer el Cuerpo y beber la Sangre de su Hijo es algo descabellado para tantos. El mismo Jesucristo tuvo que enfrentarlo; por este motivo muchos seguidores lo abandonaron.

Nada resulta tan provocador como decir que Él da a comer su Carne y a beber su Sangre. Un lenguaje insoportable para muchos, incluso hoy para algunos grupos autodenominados cristianos. Pero millones de mujeres, hombres, niños y ancianos, ricos y pobres, encuentran en él la Fuente de su existencia.

¿Qué tiene y a qué sabe este Pan que los católicos llaman el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo? ¿Por qué hablan de Manjar, Alimento, Vida, cuando es tan solo un pedazo de pan insípido que se diluye en su paladar? ¿Por qué trasciende cualquier otra comida religiosa?

Es necesario recordar que toda tradición espiritual ha tenido banquetes sagrados, en los que se ofrecían alimentos y bebidas a las divinidades. Se rendía culto al consumirlos. Son legendarios los rituales de banquetes y vino del dios griego Baco. Las comunidades precolombinas compartieron estas tradiciones; el maíz, la chicha, la coca y el yagé fueron considerados alimentos sagrados, pues desencadenan dinamismos del subconsciente, que algunos confunden con experiencias místicas.

Los israelitas llamaron “pan del cielo” al maná encontrado en el desierto; luego lo rechazaron porque causaba náuseas, no tenía sabor ni consistencia y ni siquiera lo podían guardar. Jesús confirmó que ese no era pan del cielo, y que ofrecer animales en un altar no era el verdadero culto.

Jesús comenzó por declarar que una comida sagrada no depende de los hombres, los rituales o los tiempos. De lo contrario, cada cultura lucharía por imponer su propio banquete. Muchos cristianos fueron martirizados por negarse a participar en un banquete pagano.

Francisco celebró el pasado 4 de junio el Corpus Christi en Roma. AFP

El evangelista Juan pone en boca de Jesús las palabras “Yo soy el Pan que ha bajado del cielo”, como una declaración con la que escandaliza hasta a los mismos creyentes; y también aquello de “soy el Pan que da la vida al mundo”, como expresión que termina por redefinir todo lo relacionado con las comidas sagradas. Antes de señalar cuál alimento es sagrado, Jesucristo responde la pregunta que sus discípulos no habían logrado hacerle: ¿qué da Vida al universo?

La búsqueda de los filósofos que pretendían encontrar el Ser y lo que los gnósticos quisieron conocer por la elevación del conocimiento son superados por lo simple y directo: Dios hecho hombre, trabajando como carpintero y recorriendo los caminos de un rincón ignorado del Imperio, está ante sus ojos. Es el Pan de la Vida.

Jesús desvela aquello impensado: Él encarna al mismo Dios que todos buscan y al que nadie ha visto; Él es la Vida misma hecha hombre. Así, el único y verdadero alimento no es un objeto; es la persona Dios-Hombre. Hasta allí, los presentes podrían decidir si aceptaban o no sus palabras, como sucedió efectivamente, y como sucede a quien esté leyendo estas palabras.

Jesús declara, renglón seguido, algo que dejará el corazón inquieto a quien esté despierto: “quien coma mi Carne y beba mi Sangre tiene vida eterna”, disparando con esta expresión la búsqueda interior, más allá del tiempo y del espacio.

La incomprensión de esta verdad procede de no poder seguir el hilo tales palabras; como dice santa Teresa de Jesús (s. XVI): ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el entendimiento entendió, pero la certeza en el alma quedó. El gran maestro budista zen D. T. Suzuki (1870 -1966) se refiere a esta declaración de Jesús como un claro ejemplo de la ayuda que permite encontrar la Verdad Divina más allá de las palabras. Lo eterno no es un concepto, es un conocimiento dado en la parte más alta del alma, no sometida al tiempo y al espacio, y supera el ejercicio de la razón. Quien se guíe solo por la razón corre el riesgo de quedarse sin tiquete.

Llama la atención que Saulo de Tarso, Pablo, termine declarando con impresionante sencillez que recibió una tradición de Jesús, aquello de la cena en la que declara al Pan partido como su Cuerpo, entregado en sacrificio, y al vino como su Sangre, derramada para la liberación de todos, con el encargo de reiterar este gesto en nombre de Cristo. ¿Qué aconteció a este judío para que aceptara algo tan opuesto a sus creencias?

La cena en la que se parte este Pan y se bebe de esta Copa es un acto que nadie se puede arrogar. Incluso ningún sacerdote puede arrogarse esta facultad, porque le es dada.

Banquete y Sacrificio fueron entonces el resultado del Dios hecho Hombre, cuando unió, en los días de la fiesta judía, la Cena Pascual con su martirio en el Gólgota. Jesús pasó de las palabras a los hechos: es el Alimento verdadero, pero alimento dado, entregado, sacrificado para ser comido como un banquete que une a los hombres de toda raza, cultura, condición económica y tradición espiritual. Solo exige el corazón tan limpio que sea capaz de verlo.

San Agustín (s. IV-V) dice que no es posible acercarse a este Pan sin primero desearlo, y ese deseo aumenta en las horas de Adoración a Dios que se hace presente en el Sagrario.

Colombia ha sido un país particularmente devoto a la oración ante el Santísimo Sacramento, que se celebra el jueves posterior al Domingo de la Santísima Trinidad.

Miles de grupos de Adoración Perpetua continúan, en muchos rincones del país y del mundo, dando lecciones de comunión interior con la Eucaristía, ante la que se postran de rodillas. Era la fuente secreta que animaba a trabajar por los pobres a la Beata Teresa de Calcuta (1910-1997).

Quienes no comprenden este lenguaje y comunión de tantos fieles que se reúnen en los templos a celebrar la Eucaristía, domingo a domingo, día a día y, en especial, en la fiesta del Corpus Christi (Cuerpo de Cristo), de todos modos están invitados y podrán comerlo, mientras se desvela poco a poco, ante los ojos del alma y del cuerpo, la misma Presencia Divina. Las inmensas procesiones en esta fiesta, de cuyas imágenes está engalanada la historia de Colombia, hablan siempre de esta fe.

Pero el secreto del sabor principal de este Pan Gourmet de la Espiritualidad consiste en que, antes de ser puesto en la mesa del Atar, primero es un Pan anunciado como Palabra, que proclama la Buena Noticia de Jesucristo; porque Él mismo instituyó este sacramento (manifestación divina) para congregar a sus discípulos y enviarlos a hacer lo mismo: fraccionarse como un pan capaz de alimentar a tantos que necesitan experimentar la misericordia Divina, la solidaridad y la transformación social.

La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo es la fiesta de los que ven, de los que se reúnen y de los que comparten en torno a la Presencia Divina que siempre los acompañará.

Origen de una celebración

La fiesta del Corpus Christi (el Cuerpo de Cristo) surgió en Bélgica en el siglo XIII, por devoción de un Movimiento Monástico de Adoración Eucarística, y gracias a un prodigio en el que el Pan Eucarístico sangró en las manos dubitativas de un sacerdote al norte de Roma.

El papa Urbano IV, con la bula ‘Transiturus’, fijó su fecha en el jueves posterior a la octava de Pentecostés.
Con este motivo, Santo Tomás de Aquino compuso ‘Pange Lingua’, uno de los cantos más hermosos del cristianismo.

Ya para el siglo XIV era una celebración con mucha fuerza en toda Europa, y el Concilio de Trento (siglo XVI) fomentó sus procesiones y el culto público del Cuerpo de Cristo. Fue así como llegó a América.

Víctor R. Moreno Holguín*
Especial para EL TIEMPO
* Presbítero, teólogo y periodista.

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