El cielo que perdimos / Limonada de coco

El cielo que perdimos / Limonada de coco

"Acaso lo más grato es contemplar los arabescos que arma la caligrafía en el papel."

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01 de junio 2015 , 02:44 p.m.

A Juan José Hoyos

Pertenezco a la cofradía de quienes aman las cartas escritas a mano. Me han servido para enamorar, para agradecer, para abrazar, para increpar, para conciliar, para acercarme más a mis amigos, para aclarar lo que dije mal cuando me expresé oralmente.

Mi vida podría resumirse en las cartas que he escrito. A los siete años le envié una a mi abuela para decirle que me gustaba su peinado nuevo. Yo vivía con ella, la veía a toda hora, por lo cual hubiera podido lanzarle el piropo en persona. Pero supongo que intuitivamente le confería más valor a la palabra escrita que a la hablada.

A los ocho años le mandé una a mi hermana Chari, con quien había discutido, para proponerle hacer las paces; a los nueve le escribí una a mi madre para decirle que quería darle un beso “del tamaño del cielo”; a los dieciséis le envié varias a una morena que al pasar por mi casa balanceaba las caderas como con maldad.

Por mi parte, he sido destinatario de muchas cartas escritas a mano. Soy de los que, a pesar de la ansiedad, rasgan el sobre con cuidado. Me encanta inspeccionar las estampillas y oler la tinta. Acaso lo más grato es contemplar los arabescos que arma la caligrafía en el papel. Al intuir en qué pasaje se entrecortó la respiración del remitente o en qué oración se quebró hasta las lágrimas, se me agita el pecho. Entonces le doy la razón a Sofocleto cuando dice que las cartas son electrocardiogramas de la ausencia.

El hombre estrenó su imaginación cuando inventó formas de arrimarse a los seres lejanos por medio del lenguaje. Al principio utilizó señales de humo, luego apeló a espontáneos mensajeros de vereda, después buscó ayuda entre los rapsodas. También mandó razones con jinetes, con centinelas de barco, con auxiliares de tren.

Como las razones orales solían deformarse en el camino, había que crear un mecanismo de protección. Las cartas pusieron el mensaje a salvo de las tergiversaciones y avivaron las señales de humo hasta devolverles su fuego original.

Estimulaban la imaginación y nos adentraban en un ritual entrañable: borronear una hoja en blanco, esperar varios días, intuir las reacciones de quien recibía nuestro mensaje, adivinar sus gestos, aguardar la contestación. Uno acariciaba a la novia lejana con las yemas de los dedos de las palabras.

Después vinieron la máquina de escribir, el telefax, el mail, los recados urgentes, el tono pragmático.

Producimos mails en serie porque el trabajo nos fuerza a hacerlo, pero somos incapaces de garrapatear unas palabras amorosas para nuestros amigos. Recientemente mi hermano y colega Juan José Hoyos, que sí cultiva aún el hermoso vicio de mandar cartas sin necesidad, me reprendió por llevar tanto tiempo silenciado. Lo hizo con una grosería espléndida: “tengo muchas cosas que contarte, ¡pero merécetelas, hijo de puta!”

Me temo que a estas alturas mi vida también podría resumirse en las cartas que he dejado de escribir. Quisiera hacerle una, por ejemplo, a mi hija Oriana para responderle aquella pregunta difícil que me hizo cuando estaba pequeña:

— Papi, ¿a qué hora abren el cielo?

El cielo, hija mía, siempre está abierto, pero solo tienen derecho a él quienes todavía se atreven a escribir cartas a mano.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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