Esmeralda Arboleda, imagen que representa a las mujeres en la política

Esmeralda Arboleda, imagen que representa a las mujeres en la política

Patricia Pinzón redescubre en una biografía a una de las primeras políticas del Partido Liberal.

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26 de mayo 2015 , 10:23 p.m.

“Cuando esté vieja, sin hacer nada, lo que me gustaría sería escribir la historia de Esmeralda Arboleda”, dijo Patricia Pinzón de Lewin cuando terminó su carrera de politóloga, con la tesis ‘El comportamiento político de las mujeres en Colombia’.

Y aunque Patricia todavía no hace parte del grupo de adultos mayores ni tampoco estaba cruzada de brazos, volvió realidad su deseo, después de cuatro años de trabajo, con la publicación de la exhaustiva historia de vida, editada con cuidado y pasión por Taller de Edición-Rocca y lanzada en la pasada feria del libro, bajo el título de Esmeralda Arboleda. La mujer y la política.

Sergio Uribe Arboleda, hijo único de Esmeralda, compañero de Universidad, amigo y vecino de Patricia Pinzón, le propuso hace cuatro años que le aceptara el “encargo” de escribir una biografía sobre su madre, una de las más fervientes luchadoras por el voto femenino, recordada tan solo por algunas mujeres y hombres mayores de 50 años.

Para los demás habitantes de este país, es una absoluta desconocida. Tal y como sucedió con la aguerrida y estudiosa senadora Claudia López, cuando le propusieron hacer la presentación del libro. Para Claudia, fue un verdadero suceso encontrarse con una política del siglo pasado que, sin hacer ninguna ruptura con el establecimiento, luchó por el voto femenino, ocupó varios y conspicuos cargos en el Partido Liberal y en las administraciones del Frente Nacional y fue importante política en una época en que esta profesión, como tantas otras, eran inalcanzables para las mujeres.

Para Sergio Uribe Arboleda, la reconstrucción de la vida de su mamá, ‘Lala’ como la llamaban en familia, era una obligación que tenía que cumplir como si se tratara del pago de una deuda de honor.
Patricia Pinzón de Lewin, a diferencia de su biografiada, es una mujer de muy bajo perfil que ha preferido la academia, el trabajo de oficina en derechos humanos, la investigación en las bibliotecas o en los archivos nacionales a la figuración pública. “Tuve el privilegio, y por eso he tenido varios privilegios, de ser de las primeras alumnas de Ciencia Política, años setenta, como programa en la Universidad de los Andes”. Su tono de voz bajo, su argumentación inteligente pero desapasionada y sus ademanes suaves son sus características principales y, tal vez, por contraste fue que siempre admiró a Esmeralda Arboleda. Desde la época en que compartieron vecindad en el tradicional barrio La Soledad de la Bogotá de los años 50 y 60, mientras ella era una niña y Esmeralda, una senadora, de las primeras que tuvo el país, elegida en esos comicios electorales en los que las colombianas ejercían, por primera vez, como ciudadanas con plenos derechos.

Esmeralda Arboleda fue amiga y protegida de Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, Alfonso López Michelsen y de Otto Morales Benítez, para citar tan solo a los más asiduos hombres con los que trabajó y con los que hizo política hombro a hombro. Con ellos se forjó como una de las figuras femeninas liberales con mayor representación, lo que no era ni común y menos corriente en esos años en que ese campo era feudo masculino.

Del grupo de sufragistas, pocas, poquísimas, lograron figuración pública dentro de los partidos tradicionales y, tampoco, en los de izquierda. Y a Esmeralda esa oportunidad se le dio con facilidad, sin que tuviera que hacer grandes esfuerzos ni dar heroicas luchas.

Para Patricia, el logro mayor de Esmeralda Arboleda fue asumir el liderazgo femenino al lado de los hombres. No hacer tolda aparte le dio muy buenos resultados: puso de su parte a significativos grupos de mujeres que trabajaron por el Partido Liberal, en distintas elecciones presidenciales, convirtiéndola en una política, con un caudal electoral respetable, que no podía pasar desapercibido ni inadvertido, para quienes no estaban acostumbrados a “seducir con promesas electorales” al sector femenino.

Un sector que no solo estrenaba su ciudadanía plena, un primero de diciembre de 1957, sino que recién comenzaba a entrar a las universidades; a salir de sus casas y engrosar el mercado laboral distinto al de los servicios y que ya tenía representantes notables en las artes como, por ejemplo, Matilde Díaz o Sonia Osorio, dos de las mejores amigas de Arboleda.

Pero no fueron las únicas artistas con las que Esmeralda intimó. El libro documenta que fue entrañable amiga del pintor Fernando Botero, del escultor Rodrigo Arenas Betancourt, del escritor mexicano Carlos Fuentes, del poeta chileno Pablo Neruda y de su esposa Matilde Urrutia.

Su hada madrina

La biografía cuenta con pormenores que fue la madre de Esmeralda, la antioqueña Rosa Cadavid Medina, Rosita, quien delineó el futuro de su hija mayor y de sus cinco hermanas. Se empeñó, a pesar de los múltiples obstáculos externos en contra de que las mujeres estudiaran, en que todas sus hijas terminaran el bachillerato y fueran a la universidad. Hubo también tropiezos internos: inconvenientes propios de una familia, con padre comerciante y aficionado al cine, fue propietario de varias salas de exhibición, que cambiaba de ciudad, con asiduidad, dependiendo de mejores mercados.

Cuando Esmeralda, a regañadientes, se hizo “bachillera”, opinó que sería mejor estudiar un secretariado comercial, por el ambiente hostil que había vivido en los colegios y porque presentía que en la Universidad la convivencia sería mucho más áspera. El padre, de todos modos, la matriculó, por insistencia de Rosita, en la augusta Universidad del

Cauca, a estudiar Derecho, en diciembre de 1938. Ya empezado el año –el calendario escolar en el occidente es distinto al del resto del país–, Esmeralda tuvo que hacer un esfuerzo enorme para ponerse al día y terminar sin fallos ese primer curso. Por su disciplina, responsabilidad e inteligencia, las notas de ese año y de los cuatro restantes fueron de cinco y uno que otro 4,5, como consta en el certificado de calificaciones que publica en el libro Patricia Pinzón. Y en los cuatro preparatorios para optar a su grado de abogada, la calificación fue de cinco, “rompiendo el mito de la discapacidad intelectual de la mujer”, como señala la biógrafa.

La influencia materna la acompañaría durante toda su vida y, en muchos períodos, gozó de su compañía, ya que Rosita Cadavid era una viajera extraordinaria que siempre llevaba un mapamundi, en donde señalaba los países que iba conociendo, y no dejo de visitar a Esmeralda en donde residió en su desempeño profesional o como esposa, del diplomático mexicano Francisco Cuevas, su segundo esposo.

Con precisión de politóloga, documentación exhaustiva y narración clara, la biografía escrita por Patricia Pinzón descubre a la mujer que fue, también, la primera ministra de Comunicaciones y la primera embajadora de Colombia en Austria. Y aunque no fue la primera abogada del país, hace parte de ese grupo de las pioneras profesionales del derecho, así como de las primeras políticas liberales que no se amedrentaba; al contrario, se crecía en la plaza pública. Que no le molestaba estar, casi siempre, rodeada por hombres. Tanto así que, en muchos círculos, se la llamaba “pisca” para denotar sus calidades públicas semejantes a las de los hombres: “piscos”. A pesar de lo femenina que siempre fue, no solo en sus modales sino en su atuendo personal, remarcándolo con detalles de coquetería: usaba sombreros de todos los tamaños, guantes a tono con su indumentaria, zapatos de tacón y vestidos a la última moda no colombiana, sino europea.

La biografía nos informa que Esmeralda era muy buena expositora y no le temblaba la voz para hablar en público, como sucede con muchas mujeres, muy inteligentes que, por la invisibilidad secular, son incapaces de utilizar la oratoria. Prueba de su buena voz y de sus cualidades como comunicadora, fue el programa que dirigió en los comienzos de la televisión colombiana, en los años 60: Controversia, con los periodistas políticos más agudos del momento: Iáder Giraldo y Alfonso Castellanos. Cuando Esmeralda fue nombrada en un cargo en el exterior, abandonó ese espacio de opinión que tenía una audiencia considerable.

Álvaro Monroy Caycedo, uno de los columnistas de televisión más leídos, se quejó de la ausencia de Esmeralda, porque no encontraba entre sus congéneres quién la pudiera reemplazar.
Coequipera

Después de trabajar dos años en los archivos públicos y en los documentos personales de Esmeralda Arboleda, la biógrafa, Patricia Pinzón, encontró una coequipera, Sonia Cárdenas, quien desde los 16 años, como colaboradora de Otto Morales Benítez, en la Dirección Liberal, conoció a Esmeralda Arboleda, que para la época era Secretaria de Asuntos Femeninos del Partido Liberal. Sonia se convirtió en amiga, asistente, en “mano derecha” de Emeralda. Su participación en la investigación fue fundamental para redondear la biografía.

“Con Sonia realizamos entrevistas; ella se encargó de la organización del archivo, de la revisión de los escritos y cuidó de la edición. De su memoria privilegiada conocí anécdotas de situaciones y personajes de esta historia, identificó detalles y personas en el material fotográfico”, se lee en la presentación que Patricia hace de la filósofa Sonia Cárdenas.

Cárdenas habla emocionada de su “jefa”. Recuerda con precisión esos años en que trabajaron juntas y de una relación que se acabó con la muerte de Esmeralda, en abril de 1997.

Destaca la dulzura de carácter que la hacía una persona de trato afable, llena de detalles no solo materiales sino afectivos en todas las horas y resalta que recibió de ella, su madrina de matrimonio, así como quienes tuvieron el privilegio de gozar de su amistad, toda clase de regalos, que la retratan como un ser no solo detallista, sino, además, generoso y solidario.

No ahorra adjetivos para calificarla como una de las mujeres más importantes de la historia del Partido Liberal colombiano y de sus dotes extraordinarias para hacer política, inusuales y desconocidas por las mujeres de mediados del siglo pasado.

“Se aprendía los nombres de todas las mujeres con las que hacía política y las trataba con gran cariño, como si se hubieran conocido de toda la vida. Así mismo, iba a las correrías y comía todo lo que ofrecían, porque decía que no se podía desairar a la gente, así después le tocará hacer dieta porque era propensa a engordar. Gestionaba, casi siempre con éxito, las demandas de los sectores menos favorecidos y en especial se ocupaba de la situación de los niños y jóvenes infractores que ya para esa época eran un grupo considerable”.

El prólogo de la biografía lo escribió el ‘colombianólogo’ inglés, Malcolm Deas, quien lo comienza así: “En este valioso aporte a la historia del feminismo colombiano, en una de las notas a final de capítulo, Patricia Pinzón se refiere a una conferencia que dictó Esmeralda Arboleda en Oxford hace más de treinta años. Todavía la recuerdo. Esmeralda empezó con una exposición formal y –hay que decirlo– convencional sobre la mujer en América Latina, pero en un momento de inspiración abandonó su texto por completo y nos contó su propia infancia y juventud, cómo había llegado ella a ser feminista. Me hizo pensar mucho, y la lectura de esta biografía, de una figura injustamente olvidada hoy, me ha hecho pensar de nuevo”.

El objetivo de su hijo Sergio, la idea de Patricia y el deseo de Sonia es que las nuevas generaciones lean el libro Esmeralda Arboleda. La mujer y la política y conozcan a esta mujer sufragista, feminista a su manera, liberal doctrinaria, y no la olviden nunca.

Myriam Bautista
Especial para EL TIEMPO

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