Precocidad

Precocidad

Explico que la educación inicial no busca la precocidad ni adiestrar niños para pasar exámenes.

24 de mayo 2015 , 07:45 p.m.

En enero del 2013 escribí una columna aquí mismo titulada ‘Exámenes de admisión para bebés’ que ruego leer a las autoridades educativas nacionales y locales de hoy, en espera de una respuesta. Cité el artículo 8 del Decreto 2247 de 1997, en el cual queda claro que “el ingreso a cualquiera de los grados de la educación preescolar no estará sujeto a ningún tipo de prueba de admisión o examen físico o de conocimiento”. Aunque ahí está claro también que “el manual de convivencia establecerá los mecanismos de asignación de cupos ajustándose estrictamente a lo dispuesto en este artículo”, muchos prestigiosos colegios privados del país se amparan en sus manuales de convivencia para violar la esencia del artículo.

Vuelvo sobre lo mismo porque no es normal –aunque, a fuerza de permitirse impunemente, así lo parezca– hacer exámenes de admisión en primera infancia. Porque observar a los niños en situaciones coyunturales, reducidas a un breve tiempo y ajenas a su entorno habitual, da un margen de error muy alto. Esos diagnósticos instantáneos sobre la “inmadurez” de A, la falta de concentración de X, la pobre figura humana de Y o la escasa autoestima de Z no pueden ser concluyentes, y semejante estigmatización puede causar sufrimiento infantil. Si A tenía miedo o fiebre, si B se agarró de la falda de la mamá o si, simplemente, hay niños sensibles, activos, tranquilos, diversos e inquietos (es decir, niños y niñas de 3 años) que necesitan tiempo para estar en situaciones nuevas y que pintan montañas violetas o rojas, según la luz del momento, ¿cómo se les puede negar el ingreso a kínder?

No me admitieron al niño, dice el papá buscando culpables en sus traumas de infancia, en su relación de pareja o en el jardín. Y en ese posesivo se refleja la relación entre educación y exclusión y la obsesión nacional de pasar un examen (al preescolar, a la Ocde o a cualquier grupo) que parece instalada en nuestro ADN, en contraposición al placer y al deseo de aprender. Durante el momento más fértil de la vida, que es la primera infancia, donde todo está por inventar, educar tiene que ver con descifrar la posibilidad de cada niño. Y en ese contexto es necesario evaluar, pero no con un sentido excluyente y punitivo, sino como una forma continua de acompañar, potenciar y hacer seguimiento al desarrollo de cada niño, que depende de tantos factores individuales, familiares, sociales y culturales.

Año tras año, explico a las familias que la educación inicial no busca la precocidad ni mucho menos adiestrar niños para pasar exámenes y que tiene una especificidad inherente a ese ciclo de la vida, en donde se hunden las raíces del deseo de conocer y en donde todo es pregunta y placer de saber. Les hablo de las orientaciones pedagógicas del país, que consideran el juego, la literatura, el arte y la exploración del medio como actividades rectoras de la infancia y todo les parece claro hasta que los someten a traumáticos exámenes de admisión con sus hijos. Entonces, sin importar su nivel de formación ni su criterio, terminan pensando que todo eso (incluyendo las orientaciones del MEN) es utópico. Así les recuerde que en esa topografía real está su admirada Finlandia, donde los niños se escolarizan tarde, después de cantar, moverse, jugar y crecer entre cuentos, se ven obligados a abjurar de sus convicciones y aceptan esos procesos como otro precio que hay que pagar por educarse en Colombia.

Ahora que la educación cobra importancia en la opinión pública, tengo la ilusión de encontrar eco en los lectores y en las autoridades, pues de nada sirve formular orientaciones para la educación inicial y cambiar las prácticas pedagógicas si no hay sanción social ni estatal para quienes confunden precocidad con desarrollo infantil.

Yolanda Reyes

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