El sacerdote que enfrentó la represión va camino a la santidad

El sacerdote que enfrentó la represión va camino a la santidad

Monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980, será elevado como beato de la Iglesia católica.

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22 de mayo 2015 , 06:47 p.m.

San Salvador. Óscar Arnulfo Romero nació un día de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto de 1917) en El Salvador, en un hogar en el que madre y padre tenían nombres que parecieron proféticos para la azarosa época final en la vida del segundo de sus ocho hijos.

Ella se llamaba Guadalupe y era ama de casa, y él se llamaba Santos y era telegrafista. Sus apellidos –Romero, del padre, y Galdámez, de la madre– identificaron a un niño que, siendo aprendiz de carpintería y de música, siguió el camino señalado por su vocación religiosa para escoger en 1930 la opción sacerdotal en la Iglesia católica.

Tras una vida de múltiples carencias en su empobrecido país que terminó sacrificándolo asesinado en 1980, el hijo de Guadalupe y de Santos, nacido en un humilde hogar de Ciudad Barrios, en el oriental departamento de San Miguel, entrará hoy al altar de los beatos como una de las más importantes figuras en la historia de la Iglesia católica del siglo XX en América.

Gran cantidad de camisetas con su rostro y con la leyenda “San Romero de las Américas” proliferan en los comercios callejeros salvadoreños en la víspera de su beatificación, en un multitudinario acto público en San Salvador ante centenares de miles de personas de todas las clases sociales e invitados especiales.

Sin cama de lujo

De niño, Romero inició estudios religiosos en 1931 con los padres claretianos. De joven, en 1937, prosiguió con los padres jesuitas, y después fue enviado a Roma a ordenarse sacerdote en 1942.

Ya adulto, Romero, de 25 años, prefirió las carencias y la sencillez que la opulencia y la ostentación.

En una ocasión, un grupo de señoras le regaló una cama de lujo, pero el padre Romero se la obsequió a una familia necesitada y mantuvo el catre con remiendos en el que dormía tras sus jornadas con los desprotegidos de una de las naciones más pobres de América.

Así, ese hombre caritativo y paciente escaló posiciones en la estructura de la jerarquía católica salvadoreña –que respondía a los intereses de las minoritarias aunque dominantes élites del poder económico y político tradicional– y fue designado Arzobispo Metropolitano de San Salvador en 1977. (Lea también: La beatificación permitirá la reconciliación de El Salvador)

Pocos días después de asumir el estratégico cargo en un país que fraguaba el estallido de una violenta convulsión social, Romero fue amenazado de muerte, recordó monseñor Jesús Delgado, vicario general de San Salvador y exsecretario de Romero.

Pese a todo, “no se inmutó”, narró Delgado a EL TIEMPO. A partir de aquel día de amenazas, “vivió y durmió con su vida y con su muerte”, dijo.

¿Por qué? Romero tocó las fibras más sensibles de la oligarquía salvadoreña sostenida por el Ejército y denunció repetidamente la represión política y social, y las violaciones a los derechos humanos cometidas por los aparatos militares y paramilitares controlados por esas castas. “Romero murió como vivió. La muerte fue parte de su vida”, rememoró Delgado.

Abatido en el altar

El lunes 24 de marzo de 1980, casi a las 6:25 p. m., mientras oficiaba misa en la capilla del Hospital La Divina Providencia de San Salvador y en el instante preciso en que preparaba la mesa para comulgar, un francotirador paramilitar de un escuadrón de la muerte de las fuerzas ultraderechistas le disparó desde las afueras del templo y lo asesinó de un balazo al corazón.

La referencia inmediata está en los emblemáticos sucesos del domingo 23. En una dramática exhortación en una homilía, que marcó su condena de muerte, denunció a las fuerzas represoras e hizo “un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los cuarteles:

Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice no matar”, dijo. “Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios”, prosiguió, mientras los fieles lo interrumpían con aplausos.

“Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla (...) ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre”, advirtió.

En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, cese la represión”, clamó.

Al día siguiente fue asesinado. Su muerte aceleró la ruta hacia la vía armada en el grave conflicto social, económico y político que se cocinaba en El Salvador.

La guerra civil estalló en 1980 entre las guerrillas izquierdistas y el Ejército derechista, en un mortal choque de anticomunismo versus comunismo que se prolongó hasta 1992, con 12 años de conflicto que dejaron de entre 75.000 a 80.000 muertos, y una sociedad todavía colapsada por una violencia endémica.

A lo largo de la guerra, Romero emergió como símbolo para las guerrillas y de rechazo para las minorías. Su martirio “fue auténtico”, dijo a este diario el presbítero salvadoreño Simeón Reyes, miembro de la comisión de comunicaciones de la Conferencia Episcopal de El Salvador.

Reyes recordó que, en abril de 1978, Romero exteriorizó sus pensamientos sobre la percepción de su labor como arzobispo. “Para unos soy el causante de todos los males, como un monstruo de maldad. Para otros, gracias a Dios, para el pueblo sencillo, soy sobre todo el pastor”, narró el entonces jerarca.

Ante esa reflexión, Reyes subrayó que “algunos han querido ver en Romero a un hombre metido en la política partidaria de su tiempo o un agitador de las masas”, y aclaró que si se le interpreta “fuera de su ser obispo, lo despojamos de su verdadera identidad” de pastor “con olor a oveja”.

“Muchas veces fue incomprendido, calumniado y condenado injustamente”, pero “era consciente de que tenía derecho a emitir opiniones sobre todo aquello que afectara a la vida de las personas”, puntualizó.

El otro viacrucis

Romero generó temores en El Salvador, en el resto de Centroamérica –entonces en llamas por las guerras en Nicaragua y Guatemala– y en otras zonas de América Latina y el Caribe y en Roma.

Su beatificación deriva de un largo calvario, en particular en el Vaticano, por ser baluarte de la teología de la liberación y porque algunas de las guerrillas marxistas lo tomaron como baluarte, con el principio de sí a la hostia, pero con pan.

El papa Francisco apuró las gestiones y aprobó, en febrero pasado, el decreto para la beatificación por vía del ‘martirio’. La Santa Sede determinó que el asesinato ocurrió en “odio a la fe”, en alusión indirecta al constante acoso paramilitar y militar que sufrió.

Desde múltiples flancos, como una comisión de la Organización de Naciones Unidas, el fallecido líder derechista y paramilitar Roberto D’Aubuisson, mayor de la inteligencia militar y cabecilla de los escuadrones de la muerte, es señalado como autor intelectual del crimen de Romero.

Al morir en 1992, D’Aubuisson se consolidó como insignia anticomunista en la que todavía es una de las naciones más pobres y violentas de América y en la que, en un humilde rincón del oriente y hace casi 98 años, nació Óscar Arnulfo, el hijo de Santos y Guadalupe en un día de festejo de la Asunción de la Virgen María.

JOSÉ MELÉNDEZ
Para EL TIEMPO

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