'Con juicio a Eichmann, el mundo supo lo sucedido en Holocausto'

'Con juicio a Eichmann, el mundo supo lo sucedido en Holocausto'

Mijael Gilad, sobreviviente de Auschwitz, habló sobre el juicio y la ejecución del comandante nazi.

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21 de mayo 2015 , 08:11 p.m.

Mijael Gilad (Goldman), sobreviviente de Auschwitz, fue uno de los pocos que presenciaron los últimos momentos de Adolf Eichmann, el encargado de la así llamada ‘solución final’, decidida a exterminar a los judíos de Europa.

El pasado 11 de mayo, se cumplieron 55 años desde que el Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales (Mosad, su sigla en hebreo) secuestró en Argentina a Eichmann, que se había ocultado allí amparándose en una identidad falsa: Ricardo Klement. La Mosad lo llevó a Israel, donde luego fue llevado a juicio y, en 1962, ejecutado en la horca.

Gilad se desempeñó como oficial policial de investigación y asesor especial del fiscal Gideón Hausner durante el juicio al lugarteniente de Hitler. Sobre sus hombros sentía una responsabilidad histórica en nombre del pueblo judío. Y en su memoria cargaba con sus propios recuerdos. Gilad habló con EL TIEMPO y compartió su testimonio con firmeza, conocimiento de causa y lágrimas.

En su opinión, ¿cuál fue la importancia del juicio contra Adolf Eichmann?

Fue un evento sumamente importante en la historia de mi vida, aunque cuando fui incorporado al equipo de trabajo, no imaginé que, con el correr de los años, sería cada vez más actual y que se convertiría en algo comentado no solo en Israel, sino en el mundo.

El juicio a Eichmann en Jerusalén se convirtió en el juicio de Nüremberg del pueblo judío. En los juicios de Nüremberg, si bien se mencionó la aniquilación de los judíos de Europa, ese no era el tema más importante mencionado, aunque sí apareció en más detalle que lo que los nazis hicieron a otros pueblos de Europa, quizás con excepción de los gitanos.

El juicio a Eichmann fue el proceso a través del cual el mundo se enteró en detalle de lo que había sucedido. Pero, más que nada, fue el medio por el cual los jóvenes israelíes de entonces, aquellos que vivían en ese momento en Israel y que habían nacido después de la Shoá (Holocausto), tomaron contacto directo con lo que pasó. Creo que esa es la importancia central.

¿Se mezcló su vivencia personal como sobreviviente del Holocausto con la conciencia y casi diría la responsabilidad que tenía sobre sus hombros a nivel nacional?

Indudablemente. Era sin duda algo fuera de lo común. Sentíamos que estábamos haciendo algo quizás sin igual en la historia. Pensábamos que nunca más en el futuro lograríamos capturar a un criminal de guerra de la talla de Adolf Eichmann. Aunque él decía siempre que solo había cumplido órdenes. Esquivaba la responsabilidad directa.

¿Qué instrucciones tenía el equipo investigador acerca de cómo relacionarse con Eichmann?

Las instrucciones eran sumamente estrictas respecto a cómo hablarle, cómo actuar con él, para que luego, en el juicio, no tuviera elemento alguno para alegar que lo presionaron.

Quien estaba siempre con Eichmann, un amigo personal mío, el capitán Avner Less, había nacido en Berlín.
No era en realidad un oficial de investigación, sino más que nada de inteligencia. Él le hacía preguntas todos los días, Eichmann respondía y todo quedaba grabado; luego lo transcribían.

Al día siguiente, le mostraban el protocolo. Él podía leer todo, corregir y hasta borrar y agregar, y finalmente firmar. O sea que el trato que recibió fue más que correcto. Se le trató con la delicadeza con que se trata a un huevo para que no se rompa.

¿Qué sintió la primera vez que lo tuvo frente a usted?

Yo no conocí el nombre de Eichmann durante la Shoá. Pero cuando vi por primera vez su foto con el uniforme de la SS (Escuadrón de Protección), tuve presente que él era el quinto en la jerarquía nazi.

Su cargo oficial era el de jefe del Departamento de Asuntos Judíos, encargado de la ‘solución final del problema judío’ en Europa, o sea, su exterminio físico.

Aunque su rango de teniente coronel en la SS no era el más alto, había generales en ese escuadrón que le temían. Él, de hecho, era el que decidía todo en lo relacionado con los judíos que se encontraban en los territorios controlados por los nazis o vinculados con la Alemania nazi.

Cuando lo vi personalmente por primera vez, vi frente a mí a una criatura humana. Era una persona, un monstruo, pero una persona al fin, con aspecto de desgraciado, como consumido, disciplinado, que no osaba ni sentarse si uno no le había dicho antes que podía hacerlo, diciendo para cada cosa “a sus órdenes”.

Y yo me preguntaba: “¡Dios mío! ¿Este es el hombre que me mandó a Auschwitz? ¿Este es el hombre que mandó a mis padres al campamento de exterminio en Belzetz? ¿Este es el hombre que se oponía a las selecciones en Auschwitz?”.

¿Qué significa que se oponía a las ‘selecciones’?

Él visitaba Auscwhitz de vez en cuando. Rudolf Hess, el comandante de ese campo, atestiguó en el juicio que se le hizo en Polonia (tras el cual fue llevado a la horca dentro de Auschwitz, y la horca se ve allí también hoy) que en 1943, en una de esas visitas al campo, Eichmann le preguntó por qué hacía selektzia (selección). “Yo le mando a la gente para que usted ejecute el plan, pero usted selecciona. ¿Para qué introduce gente en el campo? Alguno puede luego quedar vivo y vengarse de nosotros”, le dijo Eichmann, según contó Hess.

Usted mismo pasó una ‘selektzia’...

Es verdad. Yo pasé la selektzia, quedé con vida, y no digo que me vengué de Eichmann, pero sí estuve frente a él cuando lo colgaron.

¿Dónde está la venganza en el léxico de los sobrevivientes?

Yo no creo que el concepto de “venganza” exista siquiera en algo de la envergadura de la Shoá. No existe la venganza. No hay venganza para los seis millones. Cuando estuve frente a Eichmann, a un metro de él, él ya debajo de la horca, con la soga al cuello, y cuando dos policías apretaron dos botones, el piso se abrió debajo de sus pies y él cayó, no tuve ningún sentimiento de venganza. No existe la venganza.

¿Qué le pasaba por la mente cuando Eichmann estaba en la horca?

Recuerdo que allí, junto a la horca, había también un sacerdote, el reverendo Hall. Él le decía a Eichmann todo el tiempo que dijera ‘Jesús’. Pero Eichmann había rehusado confesarse con él. Y antes de morir, dijo “¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria!”, y agregó: “Yo creía en Dios y muero con mi fe en Dios”.

Y yo pensé: “¡Dios mío! Este asesino en masa, ¿en qué dios creía? ¿Cuál era su dios?”. En determinado momento, pensé preguntárselo, pero la disciplina era estricta, y no abrí la boca.

Usted presenció esos últimos momentos...

Sí. Eichmann fue colgado unos minutos pasada la medianoche, entre el 31 de mayo y el primero de junio de 1962. Era una noche oscura, con niebla. Cuando la guardia policial bajó su cuerpo en una camilla al patio de la cárcel para llevarlo a incineración, íbamos junto a la cerca, alumbrando el camino con linternas.

Mientras caminaba, en un momento pensé: “Como en Auschwitz”. Pero luego me dije: “No mi Auschwitz, sino el de él”. Recuerdo claramente esa asociación.

Pero no sé si puedo decir que fue una satisfacción. Él asesinó a millones. No se lo podía colgar seis millones de veces.

Finalmente se trajo a Eichmann, secuestrado en Buenos Aires, donde vivía bajo una identidad falsa. Argentina, por supuesto, protestó oficialmente. ¿Cree que extraoficialmente podía entender el porqué?

No. Si hubieran descubierto a Eichmann y hubieran pedido a Argentina su extradición, en ese momento los argentinos se habrían negado.

Creo que inclusive le habrían permitido huir de forma que no pudieran encontrarlo, exactamente como sucedió con otro oficial de la SS, Joseph Schwamberger –el que me dio los 80 azotes por los cuales muchos pensaron que yo había muerto–.

En el juicio a Eichmann, usted estaba en misión oficial. ¿Pero se podía desconectar de lo que usted y su familia habían vivido?

Había días en los que leyendo los documentos, escuchando los testimonios de los testigos –que revisábamos antes del juicio para decidir si cada uno sería capaz, física y emocionalmente, de estar frente al asesino y contar su historia–, sentía que vivía la Shoá nuevamente.

Recuerdo especialmente la historia de una mujer, Rivka Yosilevski, que contó que llevaron a toda la aldea a pozos cavados y empezaron a disparar. Ella tenía una niña en brazos. El nazi le preguntó a quién disparar primero y ella no respondió. Disparó a la niña y cayó en la fosa.

Luego le disparó a ella, pero la bala le pegó en el hombro. Ella cayó y, más tarde, logró salir del pozo. Estaba desnuda, como todos. Un hombre, no judío, que pasó, la encontró. Ella nos contó eso antes del juicio, en su casa. Y yo casi me desmayo. Y no era el único caso.

Eichmann decía todo el tiempo que ‘solo’ había cumplido órdenes, ¿verdad? Era parte de su línea de defensa...

Por supuesto. Su argumento constante era que solo cumplía órdenes, que cuando le decían que firmara una carta, él firmaba; que cuando le decían que escribiera, escribía. Todo por órdenes, porque había jurado fidelidad a Hitler y así debía comportarse. Pero nosotros sabíamos que todo eso no era cierto porque él mismo tomaba la iniciativa de buscar judíos para enviarlos a la muerte.

Eichmann hacía un esfuerzo personal para tratar de garantizar que no quedara ni un judío con vida. Hizo un esfuerzo especial para ubicar a una mujer italiana que estaba en el gueto de Riga, porque los italianos querían encontrarla y devolverla a Italia. Y él se preocupó especialmente por ubicarla, ejecutarla y decir luego a los italianos que había muerto por una dolencia cardíaca.

¿Y nunca se arrepintió?

Dos años antes de que nosotros lo capturáramos en Argentina, Eichmann dio una entrevista a un nazi, que le preguntó si había algo de lo que se lamentara. Él respondió: “Sí, lamento no haber logrado traer más enemigos del Tercer Reich a la ‘solución final’ ”.

JANA BERIS
Corresponsal de EL TIEMPO
Jerusalén

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