Los palos de Doña Visitación / Limonada de coco

Los palos de Doña Visitación / Limonada de coco

Doña Visitación se ríe, dice que el béisbol le cambió la vida.

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19 de mayo 2015 , 04:16 p.m.

Doña Visitación Erazo se mira las manos, y luego me las muestra: todavía conservan huellas de su antiguo maltrato: pequeñas quemaduras de los tiempos en que vendía comida, rasgones que se hizo con cuchillos de cocina. Pero ahora doña Visitación lleva las uñas pintadas cuidadosamente con esmalte rojo carmesí, y además porta un anillo de oro en cada dedo anular.

A sus ochenta y cinco años exhibe un aire de bienestar que contrasta con el semblante de pena que tuvo en el pasado. Vive en una espaciosa casa del barrio Modelo, en Barranquilla, un palacete en el que todo parece reciente. Lleva un jean Levi Strauss, una blusa Esprit y una flamante cadena de oro.

— ¿Qué colonia usa, doña Visitación? Huele muy rico.
— Se llama 360.

Noto que en algunas áreas de su pelo inverosímilmente negro se asoman varias canas.

— ¿Desde cuándo se tiñe, doña Visitación?
— Ay, mijo, ¡me descubriste!

Y se ríe.

Doña Visitación vuelve a mostrarme las manos. Bastante que trabajaron, dice.

En principio tuvo que hacer tareas de hombre para ayudar a sus padres allá en El Yucal, el caserío del norte de Bolívar en el cual nació: cortó leña, acarreó agua, desbravó maleza. Después, cuando se mudó para Barranquilla, ya viuda y con seis hijos a cargo, vinieron las exigencias mayores: vendía pescado por las calles, lavaba y planchaba ropa a domicilio, era barrendera en ciertos establecimientos comerciales.

Entonces volvió a enamorarse, esta vez de un navegante chocoano con el que tuvo otros hijos. El respaldo de un compañero alivió su carga durante un tiempo, pero repentinamente volvió a quedarse viuda. Su marido, Francisco Rentería, sufrió un infarto fulminante cuando apenas contaba cuarenta y siete años.

Doña Visitación vivía hacinada con sus hijos en una casa de tablas en el Barrio Abajo. Todos dormían sobre colchones tendidos en el piso. Para rematar –agrega– el techo estaba roto. Cuando llovía de noche, la alcoba única se inundaba, y la familia tenía que desvelarse.

Como vivían a pocas cuadras del estadio Tomás Arrieta, dos de los muchachos menores, Edinson y Édgar, empezaron a practicar béisbol. Al principio dio la impresión de que para Édgar se trataría solo de un pasatiempo. Sin embargo, allí encontró toda la familia su tabla de salvación.

Édgar tuvo un desempeño notable en Grandes Ligas: obtuvo dos guantes de oro y tres bates de plata, participó en cinco Juegos de las Estrellas, y ganó reputación por su capacidad de disparar el hit grande en el momento oportuno. Fue uno de los únicos cuatro jugadores de la historia que dieron el batazo ganador en dos series mundiales.

— Ese hijo mío siempre fue especial. Gracias a él ya no caigo de cabeza sino de pies.
— ¡Qué bonito eso!
— Yo ahora es como si fuera hija de mis hijos. Ellos me dan todo.

Le digo a doña Visitación que en Estados Unidos, durante los años más críticos de la segregación racial, circulaba mucho este chiste: el béisbol es el deporte más democrático del mundo, porque es el único que le permite al negro oprimido pararse con un palo frente al blanco privilegiado.

Doña Visitación se ríe, dice que el béisbol le cambió la vida. Antes lavaba ropa ajena; ahora manda lavar la de ella. Antes vendía el pescado que otros comían; ahora come el pescado que otros venden.

— Un palo. Un palo.

Si hubiera que elegir un elemento que simbolice la historia de su familia –añado– sería ese, justamente: un palo.

Primero estuvieron los leños que ella cortaba en la infancia, después el palo de la escoba con la cual barría en su adultez y, al final, el bate que le permitió a su hijo Édgar dar el jonrón del triunfo cuando parecía que toda la familia se iba a ponchar.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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