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Reconciliación, sin perdón y sin olvido

Reconciliación, sin perdón y sin olvido

En Colombia necesitamos reconciliarnos para que nadie quiera convocar un gran desangre nacional.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
18 de mayo 2015 , 08:54 p. m.

El ataque de una columna guerrillera de las Farc contra una patrulla del Ejército en el departamento del Cauca y la explosión de una mina antipersonal que dejó gravemente herido a un suboficial de las Fuerzas Militares generaron un alud de opiniones muy fuertes en contra de los procesos de conversaciones que el Gobierno adelanta con los grupos guerrilleros. La crudeza de esos actos y la virulencia de algunos de los argumentos esgrimidos para analizar el hecho dejan la sensación de que la paz y la reconciliación están lejísimos.

Y puede ser cierto que la paz y la reconciliación nacional sean cada vez más difíciles, porque los grupos guerrilleros no han entendido que la nación cada día tiene menos tolerancia a sus acciones, y porque hay un sector de colombianos que exige profundizar y expandir la confrontación armada. Este sector es un muy amplio grupo de personas que hace presencia en todos los cuerpos armados que hoy existen en Colombia, en todos los partidos políticos y en todas las vertientes ideológicas.

Ese segmento social es hábil usuario de las redes sociales desde las cuales analiza, insulta y amenaza. Tiene los medios de comunicación casi a su completa disposición, en muy buena medida porque sus opiniones son altisonantes, producen titulares y generan rating.

Desde su perspectiva, la sociedad colombiana está dividida en dos grupos que no pueden convivir ni estar juntos. Creen y hacen creer que Colombia es una sociedad sin puntos intermedios ni matices: con ellos o contra ellos, punto. Son ideólogos y propagandistas de una guerra en la que no están dispuestos a morir y exigen que no haya solución negociada al conflicto armado y que, por supuesto, no haya reconciliación.

Creen que la solución política y la reconciliación en el posconflicto son una misma cosa. Una cosa despreciable e innecesaria, contraria al honor. Siendo que en realidad son dos acontecimientos muy distintos aunque hacen parte del mismo proceso de construcción de paz.

Para empezar, aunque la solución negociada de la guerra necesita del apoyo de la población, las delegaciones del Gobierno y las guerrillas toman y tomarán las decisiones sin mucho margen de consulta. En cambio la reconciliación es una labor que se desarrolla desde y con la gente.

La reconciliación implica esfuerzos individuales y colectivos. A nivel interpersonal, se busca reconciliar una víctima con un victimario, superar traumas y olvidar –o recordar sin miedo y sin odio- la ofensa recibida. Casi siempre, el arrepentimiento y el perdón son parte de esta forma de reconciliación. En cambio, a nivel colectivo, el perdón y el olvido no son muy importantes, porque lo que se intenta es construir unas formas de convivencia pacífica, con base en el respeto irrestricto a los derechos humanos.

En la reconciliación social es necesario no olvidar. Se recuerda para que la historia no pueda repetirse. Y aunque no se perdone a los perpetradores, se puede convivir con ellos sin darles oportunidad de que repitan las agresiones que victimizaron a la comunidad.

La reconciliación individual y social comienza cuando la sociedad y el Estado reconocen los derechos de las víctimas a la verdad, a la justicia y a la reparación, es decir, cuando se crea confianza entre los mismos ciudadanos, y entre estos y el Estado. Se fortalece cuando los protagonistas de los hechos de violencia reconocen públicamente sus responsabilidades del pasado y las consecuencias que ellas tuvieron para lo que ocurre hoy en día, aunque no haya suficientes pruebas judiciales. La reconciliación se consolida cuando se asume que se requiere el esfuerzo de todos y todas para superar las secuelas del conflicto armado, y, sobre todo, cuando nos podemos imaginar un futuro sin guerra y ponemos manos a la obra.

En Colombia necesitamos reconciliarnos precisamente para que nunca más ocurran hechos tan crueles como los que cometieron las guerrillas en estas dos semanas. No es para repartir perdones ni para convocar olvidos, es para que no haya más llamamientos al odio sin tregua ni pausa. Para que nadie se sienta autorizado a convocar a un gran desangre nacional.

CÉSAR TORRES

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