Adiós a Óscar Collazos, un literato con compromiso social

Adiós a Óscar Collazos, un literato con compromiso social

El autor chocoano padecía una esclerosis lateral amiotrófica que fue apagando su fuerza vital.

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17 de mayo 2015 , 09:30 p.m.

Como un escritor comprometido con la sociedad y un amigo muy generoso describen sus allegados al escritor chocoano Óscar Collazos, fallecido en la madrugada del domingo, en la Fundación Cardioinfantil de Bogotá, por causa de complicaciones derivadas de una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que padecía desde hace meses, como él mismo lo reveló en una de sus últimas columnas en este diario.

Desde la aparición de los síntomas que fueron disminuyendo su vitalidad, Collazos inició una lucha contra la enfermedad, a la que se unieron mensajes de fortaleza de sus amigos, tanto de manera personal como en público, como la recordada ‘Plegaria de Jotamario Arbeláez por la salud de Óscar Collazos’, también en este diario, y las respuestas que incluso le envió el doctor Rodolfo Llinás a una serie de preguntas que el propio Collazos le hizo desde su espacio de opinión.

Desde 1997, Collazos escribía ‘Quinta columna’, en EL TIEMPO, un espacio editorial por el que recibió reconocimientos: obtuvo el Premio de Periodismo Simón Bolívar en el 2003, por Soy zurdo, a mucho honor. Un año más tarde, recibió el mismo galardón, con la columna Bebo, luego vivo, publicada en la revista SoHo. Además, el autor de libros como Rencor y Tierra quemada era colaborador habitual de Lecturas, el suplemento cultural de esta casa editorial, desde 1993.

Nacido en la población de Bahía Solano, el 29 de agosto de 1942, Óscar Collazos se inició en la literatura con unas obras muy comprometidas con la región pacífica colombiana.

“Mi infancia en Bahía Solano, hasta los 7 años, son muchas imágenes confusas y hermosas. Muchas veces he creído que, por su sencillez, son lo más parecido a la felicidad: el mar, el marco de la bahía cubierto por la neblina del atardecer, la selva cercana, los juegos de niño bajo la lluvia, una humilde y grande casa de madera...”, le recordó a este diario en enero del 2015, en una entrevista vía correo electrónico, cuando la ELA comenzaba a comprometerle el habla.

En esa oportunidad, el autor recordó que creció en una casa sin libros. Su primaria y su bachillerato los cursó en colegios públicos de Buenaventura y fue allí, gracias a algunos profesores que se dieron cuenta de su talento para contar y escribir historias, donde Collazos empezó a interesarse en la literatura, como lector desordenado de los libros que encontraba en la biblioteca del colegio.

“En la biblioteca pública de la ciudad, el bibliotecario Cleofás Garcés guardaba para mí dos tomos de las obras de Shakespeare y Hojas de hierba, de Whitman, en la traducción de León Felipe. No se los prestaba a nadie. Al terminar el bachillerato, había leído lo que puede leer un joven ilustrado. Así que llegué azarosamente a la literatura, y de allí a la escritura”, expresó en la misma entrevista.

“A mí me unió con él el interés por el Chocó. Precisamente, le publiqué Fragmentos del Pacífico, en Colcultura”, recuerda el escritor Alfonso Carvajal, al resaltar su libro Son de máquina, “sin lugar a dudas, es uno de los mejores libros de cuentos que se han escrito en el país. A partir de ahí recibió el aplauso de García Márquez, entre otros escritores y críticos”.

“El primer sorprendido por la acogida de ese libro fui yo –decía Collazos en la entrevista–. Y más sorprendido aún porque fue elogiado por grandes escritores admirados por mí. Esos cuentos no fueron escritos con el propósito de cambiar un estilo o desafiar una tradición; fueron escritos con naturalidad y con el empuje secreto de algunas influencias, la de escritores como Cortázar, Salinger, Hemingway, Joyce, Cabrera Infante, William Saroyan. Lo inédito era quizá el mundo que recreaban”.

La crítica destacó, en su momento, la narrativa moderna de Collazos, caracterizada por el fluir de conciencia y la carga psicológica de sus personajes literarios, con marcadas descripciones de sus sentimientos y sus pensamientos.

Con los años, esa mirada literaria sufrió un giro natural, propio de las influencias que Collazos, en sus veinte, recibiría en el ambiente de izquierda de la París de finales de la década de los sesenta. Ya había pasado por la Unión Soviética y Cuba, entre otros países.

“Él fue muy parecido al novelista y político francés André Malraux, de esa casta de autores en cuya obra el compromiso con la sociedad estaba ligado a la literatura –añade Carvajal–. Recuerdo el famoso debate que Óscar tuvo con Julio Cortázar, cuando era joven, en torno a la literatura de compromiso político”.

Precisamente, su columna en este diario se inclinaba por esa línea, más que por la literaria.

El sonado debate ocurrió, precisamente, en 1969, cuando el escritor chocoano trabajaba como director del centro de investigaciones literarias de la Casa de las Américas, en La Habana, y escribió un ensayo en la revista Marcha, de Uruguay, sobre el compromiso literario. Fue la época en que Collazos tuvo la oportunidad de compartir con varios de los autores del boom latinoamericano.

“Todo el mundo quería intervenir. Creo que el tema que trataba era un tema de época: los escritores y las revoluciones, la literatura y la política, la realidad y la imaginación. Claro, estaba de por medio un momento tenso y difícil de la política cultural de la Revolución cubana y, en cierto sentido, la polémica se leyó desde esa perspectiva”, le contó Collazos a este diario.

Al recordar al amigo que escribió obras como La modelo asesinada y Señor Sombra, sus compañeros de bohemia no dudan en destacar su generosidad.

“Él era un poco como lo que decía Baudelaire: un aristócrata del espíritu, de los que hago parte; aquellos que nos dedicamos a cultivar el campo de la creación. Él era un dandi, que cultivaba el goce del espíritu. En él, esa aristocracia del espíritu se notaba también en su círculo de amigos que lo rodeaba, el placer por la comida y su cercanía al poder”, comenta Carvajal, quien acompañó a Collazos cuando dirigió el programa de televisión Al filo de la madrugada, de Señal Colombia.

En el texto de su plegaria por la salud de Collazos (febrero del 2015), el poeta Jotamario Arbeláez le pedía a Dios: “No dejes a mi alma sin su amigote. Él es mi hermano, Señor. Es uno de tus hijos más justos, valientes y consecuentes, poeta de dos océanos, abogado de tus criaturas. Es uno de los grandes hombres de pluma y de palabra que pusiste en Colombia como compañero en el viaje de nuestra vida. Su vida ha sido una aventura por el mundo, que ha hecho suyo con ideas y con palabras, con libros y con polémicas, con denuncias y galanteos. Todavía tiene casi toda su biblioteca por leer, casi todo su bar por paladear, casi toda esa obra literaria que le dictas por escribir, y casi toda su espléndida mujer por acariciar”.

Sin embargo, a pesar de ese temple que caracterizó su lucha contra la ELA, Collazos fue más consciente de lo que venía, al punto de desahogarse públicamente con una carta al reconocido neurólogo colombiano Rodolfo Llinás, con una serie de preguntas que reflejaban los sentimientos que se agolpaban en su interior.

“¿Qué podemos esperar de la ciencia a corto o a mediano plazo? ¿Se está trabajando en esta enfermedad con entusiasmo, como para abrir ventanas esperanzadoras a los pacientes? Si no hay un camino de regreso, ¿se conocen al menos casos en los que la enfermedad haya frenado su ímpetu? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que la ciencia le devuelva la ‘paternidad’ a esta otra 'enfermedad huérfana’?”, escribió.

Llinás respondió en ese momento, en medios radiales, que las investigaciones sobre enfermedades degenerativas aún no eran concluyentes y no se podía dar una respuesta definitiva sobre una solución. “Es una situación compleja –decía el científico–. No decir nada es moralmente inaceptable para mí. Decir que tenemos la solución también es imposible. (...) Siento no poder darle una contestación exacta en el momento. No puedo decir nada hasta que tenga los resultados y hechos confirmados”.

Collazos partió, pero se lleva, quizás, el recuerdo del abrazo fraternal de amigos y familiares, como se lo dijo a este diario cuando describió su sentir sobre la enfermedad que padecía: “He estado aprendiendo a vivir con sus síntomas. Espero aprender más; pero si de algo he aprendido ha sido de la dimensión del amor y la amistad. Todo es imprevisible. La enfermedad, como el dolor y la felicidad, son experiencias íntimas”.

Al recordar ese brindis que Collazos le tributaba a la amistad, Alfonso Carvajal resaltó en una de sus columnas una frase suya: “Una de las cosas más gratificantes que uno encuentra a ciertas alturas de su vida es el hecho comprobado de no tener enemigos, que si creyó haberlos tenido no fue más que un malentendido”. Carvajal afirmó en el texto que “estas palabras lo enaltecen y enaltecen la amistad, esa cosa vaporosa y duradera, esa línea sutil que nos da la última posibilidad de la esperanza”.

Collazos es velado en Capillas de la Fe de la avenida 19 n.° 154-76. A las 11 a. m., de hoy, será cremado en el Cementerio Distrital del Norte, en Bogotá.

Collazos, en su juventud. Escribía su ‘Quinta columna’ en EL TIEMPO desde 1997.

Collazos, en su juventud. Escribía su ‘Quinta columna’ en EL TIEMPO desde 1997. Foto: Archivo / EL TIEMPO

Al Dr. Rodolfo Llinás

El siguiente es el texto de Óscar Collazos, publicado en este diario el 4 de febrero del 2015, en el que hizo público su padecimiento.

Apreciado Dr. Llinás: disculpe que le dirija esta comprometedora carta abierta, una pequeña trampa que le hago al formato habitual de mi columna. Buscaba un interlocutor y lo encontré a usted: neurólogo, investigador de reconocido prestigio, científico de talante humano. Nos une, además, algo muy sencillo: usted y yo podríamos ser paciente y médico.

Le explico: en agosto pasado me diagnosticaron una esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Uno de los neurólogos consultados prefirió no bautizarla y dejar su diagnóstico en una “enfermedad de las neuronas motoras”. Si no hubiera buscado los orígenes de una disfonía que empecé a padecer un año atrás, no habría pasado por toda clase de exámenes y diagnósticos que buscaban explicar las causas de ambas anomalías.

Descartadas algunas patologías, se llegó a los exámenes neurológicos. Y fue cuando, después de dos electromiografías, se llegó al diagnóstico que está cambiando mi vida y volviendo dolorosa la de seres amados que se resisten a aceptar como definitivo el sello fatal que lleva la enfermedad.

Han pasado apenas seis meses desde el diagnóstico final hecho por el Dr. Miguel Camacho Samper, corroborado en Cartagena por el Dr. Édgar Castillo. Los síntomas posteriores corresponden a la pérdida acelerada de masa muscular y al debilitamiento del aparato respiratorio. Tengo dificultades de deglución y el habla registra retrocesos preocupantes. Me puedo mover por mis propios medios, pero me fatigo pronto y demasiado.

Mi vida intelectual, en cambio, sigue siendo casi la misma: escribo mis columnas de opinión cada semana y trabajo en la escritura de una nueva novela, mientras descubro una dimensión desconocida del amor y me conmuevo con la solidaridad de los amigos. Esto me ha fortalecido. He tratado de instalar mi mente en el presente, desechando la tentación de dejarme llevar hacia el impredecible escenario del futuro.

A veces descubro en mí una forma de espiritualidad que, a lo mejor, permanecía dormida en mi conciencia. La dejo fluir a manera de silenciosa oración por la vida. No sé si hice bien al negarme a buscar información sobre la enfermedad. No deseaba cargarme de prejuicios ni maltratar mi ánimo diario.

Las enfermedades inventan sus mitos, amables o atroces. Y esta es una de las que han dejado crecer toda clase de leyendas trágicas. Y, también, una que otra leyenda heroica: Stephen Hawking en su silla de ruedas, hablando como un robot de asuntos nada robóticos, como el origen del universo.

Dr. Llinás: ¿qué podemos esperar de la ciencia a corto o a mediano plazo? ¿Se está trabajando en esta enfermedad con entusiasmo, como para abrir ventanas esperanzadoras a los pacientes? Si no hay un camino de regreso, ¿se conocen al menos casos en los que la enfermedad haya frenado su ímpetu? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que la ciencia le devuelva la “paternidad” a esta otra “enfermedad huérfana”?

He visto en seis meses numerosos médicos y enfermeras, y en casi todos he adivinado la discreción de quien no quiere ser el mensajero de un acontecimiento trágico. La enfermedad ha requerido a su alrededor de neumólogos, cardiólogos, gastroenterólogos, otorrinos, nutricionistas, terapistas de respiración, fonoaudiólogos, infectólogos y otros tantos profesionales de la medicina; trabajan, no tanto para curarla, sino para preparar, en el mejor de los casos, la futura calidad de vida del paciente.

Esta reseña, doctor Llinás, no tiene otro propósito que el de conocer su opinión sobre la enfermedad. Espero que acepte esta modalidad de correspondencia: la carta abierta. Miles de colombianos le vamos a agradecer sus respuestas.

Óscar Collazos

CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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