'Una novela más bella que 'Cien años de soledad' '

'Una novela más bella que 'Cien años de soledad' '

En 1975, Gabo le contó a una editora alemana que 'El otoño del patriarca' era su mejor novela.

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08 de mayo 2015 , 08:26 p.m.

Jueves Santo del 2014, mediodía. Gabriel García Márquez ha muerto en su casa de México. Muy pronto el “mago de las palabras” será llorado en el mundo entero. Una hojarasca barre todos los periódicos y no hay medio de comunicación que no cuente algo, que no traiga la declaración de algún amigo, que no explique la relación entre la literatura y el poder en la obra y en la vida del autor.

En su país se decreta el duelo nacional y los presidentes de Colombia y México asisten, hombro con hombro, a su funeral en el Palacio de Bellas Artes, en el D. F. En la catedral de Bogotá se le rinde un tributo oficial, y aun la guerrilla de las Farc promete muy solemne seguir las conversaciones de paz con el Gobierno en honor de Gabo. Sí, es muy difícil: es improbable que entre tantos homenajes haya todavía algo nuevo que añadir. Así que yo solo puedo hundirme en mis propios recuerdos, contar mi pequeña historia.

Barcelona, 1970. García Márquez vivía desde hacía dos años en la ciudad, en el número 6 de la calle Caponata, en el barrio de Sarrià. Y gracias a la mediación de algunos amigos pude tener un primer encuentro con él.

Fue en el restaurante Amaya, en Las Ramblas, cerca del puerto; uno de los sitios favoritos del autor. Yo tenía entonces la idea loca de hacer un doctorado sobre Cien años de soledad, esa novela publicada por primera vez en 1967 y que ya había seducido con su hechizo a millones de lectores en toda Latinoamérica. Gabo mostraba un escaso aprecio por los trabajos teóricos, y más bien decía siempre que el mundo de las universidades y las academias lo aburría. Sin embargo, yo era la primera persona que le llegaba con semejante propuesta; así que por un lado pareció gustarle y por el otro debió pensar también: “de ahí no sale nada”.

Lo real desconocido

¿Qué puede hacer uno cuando de repente acaba sentado al otro lado de su ídolo? Durante la comida, apenas si me atreví a pronunciar palabra, mientras Gabo se entretenía con los demás. Estaba retraído y solo se animaba cuando el tema era político: el del prolongado final de la dictadura de Franco. Es de suponer que estuviera recogiendo impresiones para su nueva novela, El otoño del patriarca. Antes de despedirnos me hizo un par de preguntas y luego me dijo que, si regresaba de Colombia (adonde yo quería viajar para enterarme de primera mano del país y su historia; recorrer sus lugares, Aracataca y Barranquilla, Cartagena de Indias y el río Magdalena, la zona bananera…), lo buscara para vernos de nuevo.

Dos años más tarde estaba yo de regreso en Barcelona. En el entretanto me había leído un par de estanterías de literatura de toda Latinoamérica y había hecho varios viajes e investigaciones imprescindibles. Pero sobre todo había estudiado los últimos ‘cien años’ de historia de Colombia, que no existían ni siquiera como una nota de pie de página en los libros alemanes. América Latina: el continente desconocido. Y por cuenta de esa minuciosa búsqueda de la ‘realidad’ descubrí que el tan manido ‘realismo mágico’ de la novela se basa en hechos reales y desconocidos por nosotros. Me sorprendió profundamente encontrar, por ejemplo, que la obra contiene toda la historia del país: su descubrimiento y conquista durante el período colonial, la fundación de la República, el inicio del imperialismo (las plantaciones bananeras de la United Fruit Company), las interminables guerras civiles, la actualidad.

Latinoamérica y EE. UU.

Cuando volví a ver a García Márquez le mostré orgullosa mis nuevos conocimientos, aunque no me atreviera a hacerle más preguntas sobre la novela (¡y tenía unas cuántas!). Él, por su parte, parecía empeñado en mejorar mis modestos conocimientos sobre la realidad del continente y la política de los Estados Unidos, que habían hecho de Latinoamérica su patio trasero. Después descubrí que esa era su forma sutil de ayudarme en mi trabajo, porque yo debía saber sin vacilaciones que la nueva literatura latinoamericana les había dado a los lectores no solo el placer de leer grandes novelas, sino también un conocimiento de las cosas, de su propio mundo, que no iban a encontrar en ningún libro de historia.

En los dos años siguientes nos vimos con cierta frecuencia. Era la época del gobierno de Allende y la financiación de sus opositores por cuenta de la CIA (algo que en ese momento nadie sabía y que García Márquez me reveló con claridad), la época del golpe también: tiempos turbulentos. Los primeros exiliados llegaron entonces a Barcelona contando sus historias de persecución, de tortura, de muerte. Gabo señalaba la importancia de la información y decía que había que luchar como fuera contra el dominio y el control de los medios que habían impuesto los Estados Unidos. Ahora el periodismo tenía un papel trascendental.

Mientras tanto, aumentaban los disturbios en Argentina y en Uruguay; y todo parecía de veras ser más importante que una conversación sobre el progreso de mi tesis.

La búsqueda de un profesor en Alemania que estuviera dispuesto a aceptar un trabajo como el mío en aquellos años tampoco era fácil, aunque finalmente el colombiano Rafael Gutiérrez Girardot, profesor en Bonn, accedió a hacerlo, eso sí sin entender por qué yo quería escribir un trabajo sobre García Márquez: la fama del autor aún no había llegado a Alemania y Gutiérrez Girardot creía que Borges y otros autores argentinos eran mucho más importantes.

Reticencia con Alemania

Cada uno de esos encuentros era toda una experiencia y García Márquez hablaba encantado de su amor por la música (Béla Bartók, Bach, Mozart), o de la belleza del vallenato, o de su admirado Juan Rulfo e incluso de la importancia de Faulkner en sus libros. La mayoría eran, sin embargo, solo comentarios marginales, porque la reticencia a hablar sobre su propia obra permanecía inamovible. Así que no había discusión ni preguntas precisas.

A veces conversábamos sobre Alemania y yo siempre me quejaba de lo difícil que era suscitar en mi país el interés por la literatura latinoamericana. ¡Gabo habría podido ayudar tanto! ¿Por qué nunca quiso aceptar una invitación? Me contó entonces de su participación, una vez, en un seminario que Gunter W. Lorenz había organizado en el Instituto para las Relaciones Exteriores. Fue una experiencia para él tan terrible que juró no volver a hablar en Alemania, jamás. Una promesa que mantuvo y que nosotros lamentábamos mucho.

Cuando por fin un día le pude decir “¡lo hice!”, me dijo entre risas: espero que hayas notado la ‘E’ al revés en el título, en la palabra ‘Soledad’. Por desgracia, yo había trabajado con la primera edición, la hoy célebre con el galeón en la cubierta. Solo la segunda edición (diseñada por el artista mexicano Vicente Rojo) tenía ese juego tipográfico con la E invertida. ¿No era eso travieso y truculento?

La importancia de la soledad de los personajes, sobre todo la soledad del poder, la expresa quizás una de las imágenes más fuertes de la novela: el coronel Aureliano Buendía sentado solo en un círculo de tiza al que nadie tiene acceso, ni siquiera su madre. Está helado y lleva una manta en el calor de los trópicos: es decir que el poder es frío, aísla y es infranqueable. En el discurso de aceptación del Premio Nobel, García Márquez habló de la soledad de América Latina, su tema recurrente. ¿Está el continente condenado a otros cien años de soledad?

En 1975 salió El otoño del patriarca y yo acababa de graduarme. El tiempo de Gabo en Barcelona había llegado a su fin y volvía con la familia a México. Me dio uno de los primeros ejemplares de la novela y me dijo: “Tú ya estás preparada; ahora te puedes dedicar a esta novela, porque es más importante, más difícil y más bella que Cien años de soledad”.

Yo no le hice caso en eso, pero amé y devoré todos sus libros. Como el mundo entero.

Acerca de la autora

Michi Strausfeld es una de las editoras alemanas más relevantes del siglo XX, reconocida por haber sido también una de las principales promotoras de la literatura hispanoamericana en su país.

MICHI STRAUSFELD
Especial para EL TIEMPO

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