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13 preguntas para una historia de la curiosidad

13 preguntas para una historia de la curiosidad

El escritor argentino Alberto Manguel presenta su nuevo libro, 'Curiosidad. Una historia natural'.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
08 de mayo 2015 , 08:01 p. m.

Los lectores del intelectual argentino Alberto Manguel están acostumbrados a ser sorprendidos con detalles reveladores alrededor de la lectura, los libros, las bibliotecas y algunos temas sensibles que afectan a los seres humanos, a los que ha dedicado varias horas de estudio en su gigantesca biblioteca, de cerca de 35.000 ejemplares, que cuida con celo en una granja medieval en la población francesa de Poitou-Charentes.

En esta oportunidad, Manguel, que visitó hace pocos días Bogotá para presentar su más reciente obra, titulada Curiosidad. Una historia natural, además de reflexionar sobre esta temática, salpica las páginas con un dato muy relacionado con el objetivo de su libro: el surgimiento de los signos de puntuación, en especial el de interrogación, que podría considerarse la puerta de entrada al conocimiento.

“Los signos de puntuación tardaron mucho en desarrollarse. No fueron fijados sino en el siglo XVI en un manual de tipografía que armó el hijo del impresor veneciano Aldo Manunzio, para dar un sistema convencional de signos. Pero antes, si bien existían, eran arbitrarios, erráticos. Toda la literatura griega y latina fue escrita sin signos de puntuación, con mayúsculas donde las palabras no estaban separadas, de manera que para desentrañar un texto que no conocías, debías pronunciarlo en voz alta. Con los signos de puntuación nace la lectura silenciosa”, comenta Manguel, autor también de libros como La ciudad de las palabras y Una historia de la lectura.

Defensor a ultranza de la buena lectura, el escritor argentino aprovechó esta charla con EL TIEMPO para lanzar más de un comentario sarcástico sobre aquellos que no logran escribir si no tienen un espacio adecuado o sobre ciertos autores de superación cuyos libros no le aportan nada al lector, por ser “perfectos”.

¿Qué lo llevó a reflexionar sobre la curiosidad?

Yo me he interesado siempre por la literatura, porque he encontrado que en los libros están las preguntas que yo me hago, pero mejor compuestas. Y entonces me dije: ‘¿por qué no buscar una suerte de historia de estas preguntas puestas en un marco literario?’. Preguntas que todos nos hacemos: ¿quiénes somos?, ¿dónde estamos?, ¿cuál es nuestra responsabilidad en el mundo? Todas estas son preguntas que la literatura se ha hecho siempre.

¿Cómo fue el origen del signo de interrogación, que está estrechamente conectado con este tema?

Uno de los signos de puntuación que empiezan a desarrollarse en la antigüedad es el de interrogación, que permite al lector conocer ese tono que damos cuando hacemos una pregunta. Al principio fue simplemente un trazo que se parece un poco a una pequeña escalera, pero esa escalera luego se curva y se convierte en el signo que conocemos. En la lengua castellana, el signo de interrogación se pone invertido al principio de la frase, que es una mejor indicación de que lo que va a seguir es una pregunta. Pero hay signos que hemos perdido; por ejemplo, los incas tenían un signo de ironía un poco equivalente a esto que hemos inventado ahora de la carita sonriente. Pero el signo de puntuación de ironía es uno que me encantaría tener porque tantas veces el tono que queremos dar cuando escribimos es irónico.

En relación con ese tema, hay una linda metáfora relacionada con ese primer signo de interrogación en forma de escalera: ‘preguntar nos eleva’...

Justamente, no sabemos hacia dónde nos eleva. El hecho de hacer preguntas nos eleva o, por decirlo de otra manera, nos lleva más allá del lugar en el que estamos, porque nos ayuda a subir a otro nivel o abrir una puerta que estaba cerrada.

Usted anota que todo arranca con la expresión ‘¿por qué?’.

No fue difícil llegar a esa expresión porque es justo la pregunta que nos hacemos de niños. A los niños les encanta preguntar, no tanto por la respuesta, sino por el hecho de iniciar un diálogo de preguntas. Y cuando pensamos en la pregunta ‘¿por qué?’ estamos armando una estructura mental, una suerte de laboratorio de palabras que nos permite ir más allá de los campos conocidos.

En la otra cara de la moneda están aquellos que sostenían que la sed de curiosidad podía llevarlos al infierno. ¿Qué era el llamado pecado del orgullo?

Este es un tema complejo porque la curiosidad, justamente, se interna en un terreno desconocido, suele parecer peligrosa en una sociedad que tiene sus reglas, que tiene sus dogmas. La curiosidad puede ir en contra de esas reglas y dogmas; entonces, queremos poner límites a esa curiosidad. Un niño que empieza a preguntar sobre la sexualidad nos asusta y queremos ponerle barreras. Si un obrero empieza a preguntar por qué hay una diferencia económica entre el trabajo que hace él y el que hace su patrón, a eso también queremos ponerle una barrera. En toda sociedad existe la tensión entre lo que ha sido fijado por las reglas y aquellos que cuestionan esas reglas. Y la sociedad vive porque progresa en medio de esa tensión.

¿Qué lo llevó a escoger la ‘Divina comedia’ para esta reflexión en torno a la curiosidad y el conocimiento?

Yo no soy sociólogo, no soy psicólogo, no soy historiador. Soy lector. Entonces, cuando decidí irme en esta aventura sobre las preguntas, busqué una obra donde estas preguntas estaban formuladas de manera profunda. Yo, desde hace diez años, leo la Divina comedia todas las mañanas, que es un ejercicio espiritual, si quieres, pero también literario; y en la Comedia de Dante están todas las preguntas que nos hacemos ahora, ejemplificadas a través de sus personajes y de ese gran personaje que es él mismo y que nos pide que acompañemos ese viaje a través de los tres reinos del más allá.

¿Será que, en estos momentos de la humanidad, son pocos los que se condenan con este pecado del orgullo?

No. Pienso que la curiosidad no ha disminuido, ha cambiado de tono y tiene otros enemigos, pero no ha disminuido. El pecado de orgullo de nuestra sociedad también ha cambiado de tono, o sea, lo que nos da orgullo es haber construido edificaciones monstruosas y haber acumulado fortunas inútiles.

Usted comenta que llegó tarde a la ‘Divina comedia’. ¿Cree que los libros lo esperan a uno para ser leídos en el momento ideal?

Los libros son muy pacientes. Además, yo no sé de dónde surge esta convención de que todos hemos tenido que leer todo. Nadie ha leído todo. Además, la relación que se establece entre un lector y un libro no es la que hay entre todo lector y todo libro, como no lo es entre todos los seres humanos. Ojalá así fuese, pero hay seres humanos que nos gustan y otros que no nos gustan.

Hay algunos con los que estableceremos una gran amistad y otros con los que no hablaremos nunca. Lo mismo pasa con los libros. Hay libros que he leído que me parecen importantes y que me gustaría compartir con otros, pero no todos serán lectores de esos libros.

Muchos autores dicen que no escriben si no tienen un ambiente propicio. Usted encontró que muchas de las grandes obras de la literatura universal han sido escritas en situaciones complicadas para sus autores...

No podemos quejarnos de cualquier condición en la que trabajamos, cuando sabemos que Dante escribió la Divina comedia en el exilio, sin sus libros, sin su biblioteca, sin nada, en cuartos prestados, sin sus notas. Kafka escribió en el corredor de la casa de sus padres. Cervantes escribió en la prisión. Cuando queremos ser escritores y no lo podemos ser, las excusas son infinitas.

¿Por qué dice que el arte de leer se opone de muchas maneras al arte de escribir?

Porque Borges decía: “El escritor escribe lo que puede, pero el lector lee lo que quiere”. Esa es la gran diferencia. Cuando escribimos, estamos limitados por nuestras capacidades de comunicación, por nuestra inspiración, por nuestro estilo.

Las buenas intenciones nunca han creado una obra maestra, pero la lectura es un campo más generoso porque es, a la vez, más íntimo y más extenso en el tiempo, porque cuando leemos creamos la obra que leemos a través de nuestra lectura, pero la creamos a través de las capas infinitas de lectores que nos han precedido.

En esa misma línea, usted se lanza a aseverar que ‘escribir un libro es resignarse al fracaso’. ¿Por qué?

Cualquier obra de arte, cualquier creación empieza con la imaginación de esa obra, y en la imaginación esa obra puede ser perfecta, puede tener el sentido que nosotros queremos darle. Desgraciadamente, cuando nos ponemos a crearla, a escribirla, intervienen otros factores materiales, y entonces la obra no es nunca esa cosa que existía en nuestra imaginación antes de comenzar.

Pero al mismo tiempo, justamente porque ninguna obra es perfecta, permite en esas fisuras, en esos fallos, la intervención del lector, del espectador. Si una obra fuese perfecta, no podríamos leerla, o podríamos leerla, por ejemplo, como las obras que yo considero malas de la literatura, las novelas de fórmula, como una novela de Corín Tellado o de Paulo Coelho. Son perfectas porque no permiten que el lector haga nada con ellas, no tiene campo para llevarlas a ninguna parte.

En algún aparte, usted anota que ‘las escuelas y colegios se han convertido en campos de entrenamiento para trabajadores especializados en lugar de foros de cuestionamiento’. ¿Cuál sería su propuesta para mejorar esta situación?

Cambiar la sociedad. No se puede cambiar la escuela o cambiar el nivel de lectores o el estado de salud de la población si no cambiamos la sociedad. Los valores básicos de nuestras sociedades son tales que se oponen a una educación libre e imaginativa; entonces, los verdaderos héroes de nuestra sociedad son los maestros, las maestras, los bibliotecarios que luchan, a pesar del sistema, para crear un pequeño lugar durante un cierto tiempo para que el niño tenga la libertad de su imaginación y se respete su inteligencia. De lo contrario, todo lo que hemos construido, todos nuestros sistemas tienen como misión apagar esa llama creativa y extinguir la curiosidad.

¿Cómo comenzó esa pasión por coleccionar libros?

De niño, yo ya empecé a coleccionar libros, porque en los libros encontraba una seguridad que no encontraba en el mundo. Y fui armando bibliotecas y dejando bibliotecas a medida que me mudaba de casa, de país, y finalmente pude reunir hace 15 años todas esas bibliotecas dispersas o al menos las que quedaban y crear ese mundo de libros en el que vivo. Cada lector elige los libros con los cuales quiere rodearse. Algunos son pocos. Borges, por ejemplo, tenía apenas 500; los míos son demasiados, pero los quiero todos.

CARLOS RESTREPO
Cultura y Entretenimiento

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