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Las lecciones de San Carlos, hoy pueblo liberado

Las lecciones de San Carlos, hoy pueblo liberado

Este municipio antioqueño fue el primero en declararse libre de minas. Hoy, su historia es ejemplo.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
08 de mayo 2015 , 05:12 p. m.

San Carlos. En la piel lleva incrustada la barbarie de la guerra, la historia de San Carlos en carne viva. El 5 de febrero del 2005, la onda explosiva de una mina antipersona le incrustó 35 esquirlas a Luis Fernando Pamplona. Casi pierde la pierna izquierda y de suerte no quedó ciego. Si lo último hubiese pasado, el municipio del oriente antioqueño no levantaría hoy la bandera que lo declara como el primero de tres pueblos colombianos libres de sospecha de minas.

A Pamplona, aunque pocos le digan, se le debe eso. Después de la intensa recuperación, de la desesperanza, empezó a “untarse”, como él dice, de la realidad de los artefactos condenados por el Derecho Internacional Humanitario. Ya conocía lo brutal de sus efectos y –como un médico obsesionado con una enfermedad– quería saber por qué existían, cómo funcionaban, cuál era su debilidad. Arrancarlas de los caminos que resquebrajan las verdes montañas de su natal San Carlos era su misión. Y lo logró.

“Fui a una capacitación con la Gobernación de Antioquia y me apasioné con el desminado. En ese tiempo –del 2006 en adelante– comenzó un retorno sin precedentes en el pueblo. Fue después de la desmovilización de los ‘paras’. La gente se venía pero no tenía a dónde llegar, pues las veredas estaban llenas de minas y no había ninguna institución que nos ayudara”, recuerda.

Los más osados se iban a la tierra, y con palos, machetes e incluso ganado abrían la trocha para ocupar de nuevo lo que un día fueron sus hogares: “Algunos recogían hasta ocho marranos o bestias y por donde estos entraban, ellos lo hacían con su familia. Los usaban como ruta”.

Muchos animales murieron, Pamplona perdió la cifra, pero ese sacrificio sirvió para que los campesinos –otrora desplazados por el conflicto entre las Farc y las autodefensas– volvieran a labrar las lomas.

“Empezamos solos, pero luego vino un gran apoyo institucional. Hicimos primero un desminado de emergencia con el Ejército y después vino el humanitario. De hecho, ya llevo nueve años como el enlace para encontrar las minas”, dice.

Su trabajo es recolectar la información de posibles lugares donde haya minas antipersona, informarle al grupo de Desminado Humanitario e ir con ellos hasta la zona. La labor es complementada por los campesinos, quienes marcan con dos palos puestos en triángulo, para señalar el sitio exacto.

En ocasiones, cuando los datos no son concretos, Pamplona se reúne con desmovilizados de las Farc o reinsertados de los paramilitares, con quienes, como si se le olvidara de que no camina bien a causa de alguno de esos grupos, se va hasta lo más lejano de San Carlos a buscar las minas que pueden acabar más sueños de sus coterráneos.

“Estamos libres de sospecha de minas, pero eso no significa que no haya más; si hay una denuncia, allá estaremos, es nuestra labor”, agrega Pamplona, de sonrisa permanente, piel morena y manos gruesas.

Con su ojo derecho –en el otro perdió un 65 por ciento de visión– vio la destrucción de 942 artefactos explosivos, los mismos que, con las desapariciones y masacres, desplazaron a 24.300 campesinos de los 29.000 que vivían en el pueblo: “Nos quedamos con 119 civiles y 127 soldados víctimas de las minas antipersona. Muchos de ellos aún no han recibido indemnización”.

Por eso, la Asociación de Víctimas de Minas Antipersona de San Carlos realiza un censo para que el Estado colombiano los reconozca como víctimas y les entreguen las indemnizaciones a las que tienen derecho por padecer un conflicto que se inició en los 90 con el temible Noveno frente de las Farc –los primeros en adueñarse de las cascadas, de los cultivos de plátano, yuca, maíz– y que en el 2000 se agudizó con el accionar paramilitar.

 

Pamplona sabe que la guerra aún vive allí. Pero no en sus frondosos bosques sino en la memoria de un pueblo que, aunque haya desarmado sus recuerdos, no olvidará tanta sangre, tanto dolor: “Nuestra historia es la de Colombia, pero la ‘desminamos’, como lo hicimos con las fincas, dejando de lado el odio. El país, el Gobierno y las Farc deben aprender de San Carlos, donde se perdona pero no se olvida”.

YEISON GUALDRÓN
Enviado especial de EL TIEMPO

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