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El pueblo de las 362 víctimas que teme dar información

El pueblo de las 362 víctimas que teme dar información

En Vista Hermosa (Meta), dicen que no será fácil hallar las minas que las Farc sembraron por años.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
08 de mayo 2015 , 05:02 p. m.

Los horrores de Vista Hermosa, Meta, están vivos. Se dejan ver en una que otra casa sin dueños ni ventanas, en las paredes surcadas por combates de antaño, en las cicatrices de quienes recibieron esquirlas, en los mutilados y en el relato amargo de su gente, aún temerosa de cuando la zona era, más que en el presente, fortín del Bloque Oriental de las Farc, trofeo de los paramilitares y suelo fértil de coca y minas.

Luz Dari Pineda, voluntaria de la Campaña Colombiana Contra Minas, siente algo de consuelo al narrar por enésima vez el viacrucis de su tierra, la misma que en los últimos 25 años ha contado a 362 víctimas por minas antipersona, cifra que otorga a este municipio el pavoroso título del pueblo con más víctimas por estos artefactos en el país.

La líder recuerda los hechos del 22 de abril del 2010, cuando entre las veredas Guadualito y Caño Veinte 76 personas fueron víctimas de minas en una misma mañana, incluida ella, quien asistía a una entrega de mercados masiva cuando la explosión le produjo daños en el bazo del estómago.

Sin embargo, estos 76 campesinos resisten en las veredas, conscientes de que Vista Hermosa suena para ser incluido en el plan piloto de desminado del Gobierno y las Farc. Sobre esta idea tienen tantas expectativas como dudas.

Para Luz Dari, limpiar a Vista Hermosa de las minas permitiría volver a pisar tierra fértil y recoger leña o sembrar cultivos sin la zozobra que producen los explosivos. Pero lo ve complicado.

“Hay muchos lugares en los que desconocemos dónde están las minas. ¿Quién nos va a entregar esos sitios si muchos de los que las sembraron ya no están, los mataron, o incluso han caído en sus propias minas?”, les pregunta a sus vecinos, quienes asienten con la cabeza para indicar que los asalta la misma pregunta.

 

‘¡Ahora son grandes!’

El sinsabor lo comparte Daniel*. Este desmovilizado de las Farc que aprendió a fabricar e instalar minas en Vista Hermosa y sus alrededores acepta que en la guerrilla no hay certeza sobre dónde están todas. “Algunas no sabemos si funcionan, porque llevan muchos años enterradas, pero sabemos que están por ahí. Los que las pusieron ya no existen, están muertos. Esas minas están perdidas”, explica, y añade que las nuevas representan el mayor riesgo: “No es cualquier minita, ahora se usan grandes y el daño es mayor”.

Por su parte, Jorge Elías Lozano, habitante de Caño Veinte y una de las víctimas del 22 de abril, manifiesta preocupación por la información que les van a pedir a los civiles sobre los sitios con explosivos. “La realidad es que nosotros ni siquiera sabemos dónde pisar. Si tuviéramos conocimiento no andaríamos asustados por los bordes de los caminos, con miedo de echar machete por el monte o de que el ganado se nos vaya muy lejos”, dice.

Leila Patricia Lozano, otra de las mujeres que estuvo durante el accidente de hace cinco años, advierte: “Y si para desminar hay que dialogar con los grupos, tampoco tenemos la suficiente confianza para sentarnos con ellos. Les decimos dónde sospechamos que hay minas, ellos las sacan, se van, pero nosotros quedamos en la región, desprotegidos”.

Para Luz Dari, a esta incertidumbre se suma otra preocupación: “¿Cómo garantizamos que donde desenterramos no volverán a sembrar los grupos?”

Las preguntas son apenas naturales en un municipio donde el 57 por ciento de las víctimas por minas han sido civiles.Donde hay historias tan insólitas, como la de un guerrillero que pisó una mina enterrada por él mismo y que transportaba a cuestas en un costal rebosado de explosivos; o la de un loro de Caño Veinte que solo repetía “guerra, guerra. ¡Boom!”, o la de un campesino que encontró un cilindro en el camino, lo miró, lo desactivó y lo llevó a su casa por si llegaba a necesitarlo.

Sin embargo, existen respuestas a estas dudas, propias de lugares donde ocurre ese instante de transición entre un pasado agrio con las minas y un futuro, tal vez, libre de ellas.

Hace poco, la ONG británica The Halo Trust, la única que realiza desminado humanitario con civiles en Colombia y que opera en el suroriente antioqueño, visitó de manera exploratoria a Vista Hermosa. La misión: “Comprender un territorio donde sería coherente hacer operaciones de desminado de manera prioritaria”, dice Nathalie Ochoa, gerente de operaciones.

Allí encontraron a un gobierno con voluntad para hallar soluciones al problema, y a unos líderes locales que, si bien sienten la necesidad de encontrar alternativas para una reapropiación de su territorio, también creen que en medio de un conflicto armado vivo debe haber consenso entre los grupos armados, las autoridades y la comunidad para avanzar en un posible desminado.

Al respecto, Daniel Castilblanco, secretario de Gobierno y Seguridad del Meta, dice que si uno de los pilotos del desminado humanitario es Vista Hermosa, “se apoyará cualquier tarea”. Mientras en la Brigada Móvil 12 del Ejército, que entre el 2009 y el 2015 ha desactivado 1.883 artefactos explosivos en Vista Hermosa, las unidades se preparan para cuando llegue el desminado humanitario.

Sobre la gran incógnita que asalta a los líderes, Nathalie Ochoa aclara que en tales condiciones el panorama es menos negro de lo que podría creerse, y pone de ejemplo el caso de Afganistán: “Llevamos 27 años allá, hemos destruido más de 736.000 minas, 10 millones de pertrechos de gran calibre y 45,6 millones de proyectiles, y nunca hemos tenido que interrumpir nuestro trabajo, pese a que hay conflictos de toda naturaleza”.

Colombia no sería entonces el primer país donde se desmina en medio del conflicto, y aunque cada territorio tiene particularidades, “si aquí existe diálogo, aprobación y autorización por parte de todos los actores, si nosotros nos mantenemos neutrales y si las comunidades participan dando información, en municipios como Vista Hermosa se podría desminar”, asegura la funcionaria.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
Enviada Especial de EL TIEMPO

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