La lógica del enemigo

La lógica del enemigo

Después de medio siglo viviendo en blanco y negro, no es fácil ver el color y los matices.

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07 de mayo 2015 , 07:06 p.m.

El proceso de La Habana pasa por uno de sus más lánguidos momentos.

Esto tiene razones coyunturales: el ataque que cobró la vida de 11 militares en el Cauca, la indignación que generó; la surrealista lectura de las Farc, que atribuyen esa indignación a ‘campañas mediáticas’ y no a su propia conducta; la oposición, que aprovechó para clavar todas sus picas en La Habana; el desplome del Gobierno –y del proceso– en las encuestas...

Toda negociación tiene momentos buenos y malos, y predecir el final de la película a partir de la foto de la coyuntura sería apresurado.

Pero también hay razones de fondo. Hace un año La Habana no produce un acuerdo sobre un punto de la agenda (el último, drogas ilícitas, fue el 16 de mayo del 2014). Y el único avance en el tema de víctimas, el acuerdo de diez principios para abordarlo, fue hace once meses.

Un año, y nada. A ese paso, cualquiera se queda sin oxígeno. El anuncio del plan de desminado conjunto, hace dos meses, apenas si devolvió algo de color a las exangües mejillas del proceso.

La negociación no está en crisis por lo del Cauca, está atascada en un problema de fondo: las Farc y el Estado siguen en polos opuestos en materia de reconocimiento de su papel y sus responsabilidades como victimarios. Igual que sectores claves de la sociedad.

Más de tres años conversando, y prima todavía la lógica del enemigo: el otro tiene toda la culpa y nada de dignidad, y uno mismo, todas las justificaciones. Las Farc califican al Estado de ‘máximo responsable’ y se niegan a reconocerse como victimarias. Del otro lado, unos pocos, como Sergio Jaramillo, aceptan que se cometieron graves violaciones, pero aún se dista de pasar de las responsabilidades individuales a reconocer si hubo una política estatal de violaciones de los derechos humanos y si el mando civil, no solo los uniformados, debe responder. Militares, empresarios, políticos rehúsan poner su parte sobre la mesa. Con proyectos de ley como dar cinco años de cárcel a los militares involucrados en crímenes ligados al conflicto, el uribismo alienta esa lógica.

Mientras esto no cambie, un avance decisivo en el tema de víctimas en La Habana es muy difícil. Sería el momento de un gesto que rompa la vieja lógica. Pero las Farc siguen presas de su narrativa autojustificatoria y al Gobierno le da pánico que un reconocimiento nítido de responsabilidad de este lado provoque una estampida (que el general Mora ahora sí se vaya de verdad, o los cacaos le digan ‘hasta aquí llegamos’).

Quizá los negociadores superen el impasse, pero si parte sustancial de la sociedad colombiana, de sus militares, sus políticos, sus empresarios, sus estrellas, sus académicos, no los acompaña y cambia la lógica del enemigo por la del contradictor al que se le da, al menos, algo de dignidad, la sostenibilidad de lo que acuerden quedará en vilo.

Muchos no asimilan que el tiempo de la victoria pasó. Con todo y seguridad democrática, no hubo fin del fin. La Habana no es para lograr en la mesa lo que no se consiguió en la batalla. Ni para unos, ni para otros. Puede que en uno y otro lado haya quien entienda que, sin soluciones honorables para todos, no hay salida. Pero en sectores muy influyentes en Colombia (y dentro de las Farc) hay inmensas resistencias (y mucho miedo) a abandonar la lógica del enemigo, que todo lo justifica –y todo lo perpetúa–.

* * * *

Ese es el problema. La negociación en La Habana es para poner punto final a una forma de vivir: la de negar al otro al punto de eliminarlo. Que deje de perpetuarse la lógica del enemigo. Pero cuando uno lleva 50 años viviendo en blanco y negro –justificando contra ese ‘enemigo’ toda suerte de crímenes, por los que debería rendir al menos algunas cuentas–, empezar a ver el color y los matices no es nada fácil.


Álvaro Sierra Restrepo


cortapalo@gmail.com
@cortapalo

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