Rita Indiana, una escritora con 'paranoia' fantástica del Caribe

Rita Indiana, una escritora con 'paranoia' fantástica del Caribe

Esta compositora dominicana, referente de la narrativa actual, habló de su vida con EL TIEMPO.

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01 de mayo 2015 , 10:30 p.m.

Rita Indiana ha dicho en varias entrevistas –en inglés, en español, en su espanglish tan caribeño– que desde los 14 años quería ser escritora. Leía un libro sobre mitos griegos que le regaló su tío, a Mark Twain en inglés y más tarde a Alejo Carpentier y a Carson McCullers, de quienes heredó lo fantástico y lo grotesco que se ve en sus novelas.

Desde siempre sintió esa ráfaga de emoción, el “rush” dice ella, que viene antes de sentarse a escribir un libro, antes de que llegue la gran idea que se convierte en literatura.

A sus 21 años publicó un libro de cuentos, 'Rumiantes'; y a los 23, una novela de “carretera”, 'La estrategia de Chochueca'.

Ahora, a sus 38 años, es una de las voces más particulares de la literatura caribeña.

Su más reciente novela, 'La mucama de Omicunlé' (Periférica, 2015), se pasea entre el futuro distópico del 2027, en el que el Caribe está viciado por un aire mortífero luego de un terremoto; un 2001 que significa un punto de quiebre para la sociedad y la naturaleza, y un pasado de bucaneros que marcó la identidad caribeña que se sigue formando a partir de los que vienen y van.

Ayer, hoy y mañana los gobiernos de esa isla, no tan ficticia, no funcionan. La tecnología absurda, embrutecedora, contrasta con la miseria. La protagonista quiere ser otra, otro, huir de su cuerpo, pero como canta Ariel en La tempestad de Shakespeare, y que cita Indiana: nada se dispersa, todo sufre la transformación del mar en algo rico y extraño.

Todos siguen siendo los mismos. Menos Rita Indiana, que en esta novela se sale de la visión naif de sus narradoras anteriores para dar paso a una literatura concreta que mantiene esa precisión que siempre la ha caracterizado.

Pero antes estuvo Papi (2005), una novela llena de palabras maleables, las mismas de las calles y la música, y con un ritmo que alterna entre la cadencia de una balada o una oración frenética a los dioses antillanos, con la que cambió el juego y entró a ser parte de un universo de jóvenes autores de culto.

Es su historia: la de una niña dominicana fascinada por un padre ausente y grandioso a la vez, que iba y venía de Estados Unidos haciendo negocios incomprensibles para ella. Luego vino Nombres y animales (2013), una novela de iniciación, también narrada desde el punto de vista de una adolescente que quiere nombrar el mundo mientras entiende la vida en esa isla dividida por los colores, el dinero, las creencias.

Más personajes marginales que, como la misma autora afirma hacer al transportarse por Santo Domingo, ven a los demás sin que los vean, con cuidado, robándose ángulos e historias de cada esquina de la realidad.

Creció oyendo los boleros de su abuela en radios de transistor y baladas latinoamericanas. De adolescente escuchaba metal con sus amigos y, a escondidas merengue. Sus libros están llenos de música: Tears for Fears, Donna Summer, The Doors, Billy Ocean.

Pero su música vino luego. A los 27 años empezó a experimentar con beats y mezclas, de oído, sin saber lo que hacía, sin saber tocar un instrumento, pero con un instinto musical preciso y efervescente. Lo suyo, lo de su banda Rita Indiana y los Misterios, era una mezcla de tecnomerengue, “tiraera” –un estilo narrativo, de improvisación poética, heredero del rap– y ritmos de colores tropicales. Sus canciones tienen un fuerte carácter narrativo. La hora de volvé, Jardinera y Juidero, que habla del exilio, la diáspora tan dominicana, se convirtieron rápidamente en tonadas de culto que la hicieron famosa en un abrir y cerrar de ojos. Tanto así que en el 2011 decidió retirarse de los escenarios y volver al anonimato que da la literatura en un continente en el que dicen que poco se lee, donde los autores no son ‘rockstars’ que llenan estadios.

Rita Indiana vuelve al escenario y se presenta en la Feria del Libro de Bogotá. La misma que tiene una columna de opinión en el diario El País de España, la que colecciona santitos de plástico y yo-yos, la que ahora es productora musical y espera con ansias el regreso de las series True Detective, Homeland y Penny Dreadful habló con EL TIEMPO de su nueva novela.

¿Cómo surgió ese primer impulso que se tradujo en ‘La mucama de Omicunlé’?

Llegó hace muchos años con un intenso interés por las tradiciones mágico-religiosas caribeñas, este interés coincidió con la carrera de bellas artes que cursaba entonces. Digo coincidió, pero lo que me atrajo en principio de estas manifestaciones religiosas afroantillanas fue su sistema estético, lleno de símbolos rústicos en apariencia, pero de una complejidad maravillosa.

¿Qué tanto de improvisación, de dejarse llevar, hay a la hora de escribir?

Suelo ir armando el libro en mi cabeza durante un año o más, y luego lo escribo en un par de meses.

Ha dicho que todo arte es político y que propone algo, ¿qué propone este libro?

Ofrece una perspectiva tragicómica del capitalismo en países pobres como el mío, el protagonista es un Mesías que utiliza sus poderes para viajar en el tiempo y lucrarse, que es lo que haría un humano común.

¿Es ciencia ficción o una lectura muy intuitiva del Caribe a no tan largo plazo?

Es una forma útil. Prefiero llamarla historia especulativa y como toda especulación, exagera. El problema es que, como sabemos, en Latinoamérica la ficción se queda corta en comparación con la realidad.

¿Qué papel juega el arte contemporáneo en esta novela?

Quería retratar un momento específico, el año 2001, en el que uno de los protagonistas participa en el Sosúa Project. En este año compré mi primera cámara digital. Es el año en que entramos en la era actual, con la caída de las Torres el 11 de septiembre. Para esa época se comenzó a gestar algo en Santo Domingo a nivel literario y en las artes plásticas que no explotó porque no contó con una plataforma para desarrollarse. En mi país no hay becas para artistas, ni ayudas. La novela habla del arte contemporáneo para mostrar la necesidad y las estructuras enajenantes en las que se mueve el artista.

¿Es importante para usted el tema de querer ser otro, del escape?

Cuando naces en una isla no te toma mucho tiempo descubrir que no importa hacia dónde corras, siempre vas a terminar en una playa. Esto es idílico para el turista, pero para el isleño es una sentencia. El afuera se convierte en una fantasía por la que se sacrifica hasta la vida.

Estos personajes también parecen querer liberarse de su futuro determinado. ¿Cree en el destino?

Sí, pero también en la capacidad del hombre para torcerlo o para, a pesar de la adversidad, encontrarlo. Sufro con la predestinación trágica de algunos de mis personajes, aunque a veces disfruto como un dios griego castigando la soberbia que yo misma he puesto en su alma.

¿Cuándo sintió esa pulsión de escribir?

Hay dos textos que leí muy joven y me dieron muchas ganas de escribir. El primero es Black Boy, de Richard Wright, una novela de iniciación en el sur racista estadounidense gracias a la cual descubrí la realidad postesclavista dominicana. El otro es Informe sobre ciegos, de Sábato, donde están los elementos paranoicos y fantásticos que trabajo en La mucama.

¿Qué hay entre la forma de escribir de la Rita Indiana autora de ‘Rumiantes’ (1998) y la Rita autora de ‘La mucama’ (2015)?

Mi voz evoluciona conmigo. Con la edad adquiere nuevos matices, es menos compulsiva, más económica.

¿Puede ser que sea una historia puntual lo que hace que alguien quiera convertirse en escritor?

La muerte de mi padre, asesinado en el Bronx cuando yo tenía 12 años, fue determinante. Es el evento que necesita ser abordado. El texto es a veces la sepultura que se le da a un cuerpo que apesta.

En ‘Nombres y animales’ está la búsqueda de un nombre perfecto para un gato y sin embargo la protagonista no tiene nombre. En ‘Papi’ no sabemos los nombres de los protagonistas. En ‘La mucama’ cada uno escoge su nombre. ¿Cómo funciona el nombrar y no nombrar en su obra?

Entendemos el mundo a partir de nombres, ideas sobre las que existe un consenso. Pasa el tiempo y ese consenso se desintegra y entonces esas palabras se convierten en políticamente incorrectas. Lo contrario sucede con las palabras que nacen de la necesidad, en la calle, de la broma, y que poco a poco van penetrando el decir del consenso. En mis tres primeras novelas las protagonistas casi no tienen nombre y en el caso de Papi y Nombres y animales repiten los nombres del otro, como se hace con los mantras para disolver la sensación de materialidad que nuestra mente produce para que podamos funcionar en el mundo.

¿Cómo ha sido la vida luego de haber dejado atrás ser una figura de la música?

Mucho más feliz.

¿Cómo se diferencia la fama de un músico y la de un escritor?

Un fan literario nunca va a pedirte una foto en un funeral…

CAROLINA VENEGAS K.
Periodista - Revista Bocas

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