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Katmandú: una ciudad que vive dentro de carpas

Katmandú: una ciudad que vive dentro de carpas

Mientras unos huyen de la capital nepalesa, otros se quedan en medio de la destrucción.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
29 de abril 2015 , 05:36 p. m.

En el templo hinduista de Pashupatinath, la madera que necesitan para cremar los muertos se está agotando. Tras más de 600 incineraciones en los últimos cinco días, ya las provisiones se van terminando. Y es que desde la década de los treinta, cuando otro terremoto dejó cerca de 8.500 muertos, el país no conocía una tragedia igual.

En una época normal solían quemar tres cuerpos por día, pero por estos días se apilan los cadáveres para poder pasar por la antigua ceremonia en la que estos son primero lavados en el río Basmaghti, para luego ser quemados sobre aquellos troncos. La recompensa es el viaje al paraíso.

Pero la movilización que se vive en ese templo sagrado de los hinduistas es la representación a pequeña escala en Nepal, donde más de 5.000 personas han muerto hasta el momento como consecuencia del terremoto que azotó este país de 28 millones de habitantes.

En Katmandú, la capital, miles de personas han decidido abandonar la ciudad con el pasar de los días. Cientos de buses repletos salen de la urbe con aquellos que van a buscar refugio en los pueblos que no sufrieron daños, y otros que van a las áreas afectadas en busca de sus familias.

Los que han decidido quedarse han creado campamentos donde se han pasado a vivir, ya sea porque lo perdieron todo o porque tienen miedo de volver a sus casas. Las réplicas han ido mermando con los días, pero nadie está completamente seguro de que haya vuelto la normalidad.

A eso se suma que muchas viviendas han quedado debilitadas y necesitarán reparaciones. Pero esta alternativa de vivir a la intemperie también tiene su costo. La falta de agua y de condiciones sanitarias hace temer que se propaguen infecciones en estos campamentos, donde muchas veces no existe ninguna clase de servicio. Además, la lluvia que ha caído sobre la ciudad en los últimos días hace que las condiciones de vida sean aún más duras.

“Nuestro gran reto son las infecciones, pues solo en frente de nuestro hospital hay cientos de personas durmiendo en carpas para acompañar a los suyos aquí”, explicaba Ganesh Gurung, subdirector del Hospital estatal Bir, especializado en traumas y adonde llegó un gran número de personas heridas o fallecidas como consecuencia del terremoto.

En las horas posteriores llegaron a este centro más de mil personas, el 90 por ciento fallecidas.

Con el paso de las horas y los días, la gente se empieza a desesperar. A las condiciones duras que representa vivir en una carpa, se suma que la ayuda no acaba de llegar. Las autoridades locales no dan abasto para suplir las necesidades de la población afectada y las organizaciones internacionales apenas empiezan a coordinar su operación.

A pesar de la movilización, la coordinación parece complicada. Y lo peor es que la situación de la gente no da espera.
Lo que para muchos ha sido una resignación, empieza a convertirse en frustración. “Si no fuera por la organización de la población civil, habría sido casi imposible coordinar toda la ayuda”, aseguraba Shushmita Makey, quien ayudaba a coordinar las labores de rescate y movimiento de escombros de la plaza de Durbar, de Katmandú, considerada patrimonio histórico de la humanidad por la Unesco y la cual sufrió grandes destrucciones, como muchas otras edificaciones históricas del país.

“Tal vez, una de las pérdidas más duras de este terremoto es la destrucción de estos templos. Yo vivía cerca y, para mí, eran parte de mi vida. Será duro para los nepalíes acostumbrarse a vivir sin ellos”, decía Bishar, un joven de 27 años especializado en Administración de Empresas y quien desde el sábado ayuda a buscar sobrevivientes dentro de las ruinas.

Desde entonces, se han sacado más de veinte cuerpos de estos escombros, algunos de ellos eran turistas. En la mayoría de los casos, los descubrieron por los pasaportes o los tiquetes de regreso que llevaban con ellos.

Y es que el sábado, cuenta Bishar, es el día en el que los lugares históricos de Katmandú tienen mayor número de visitantes.

Pero si el trauma en la capital es grande, este es aún mayor en las áreas rurales, donde el acceso sigue siendo restringido. Muchos temen que las peores noticias puedan llegar de aquellas poblaciones, a las que poco a poco las organizaciones locales e internacionales empiezan a llegar.

El caos se toma el país

Ciudadanos nepalíes bloquearon este miércoles los camiones que llevaban suministros para las víctimas del terremoto, para exigirle al Gobierno que coopere más tras el desastre que dejó decenas de miles de personas sin hogar.

Unas 200 personas protestaron afuera del Parlamento. Pidieron más buses para volver a sus casas, ubicadas en partes remotas del país, y agilizar la distribución de la ayuda que está llegando a Nepal gracias a la cooperación de India, China, EE. UU. y otros países.

Colombiano relata cómo vivió el sismo

Luis Alberto Malagón, uno de los 35 colombianos que vivieron la tragedia de Nepal y quien llegó a Bogotá, le contó a EL TIEMPO la odisea que vivió en Katmandú.

Este ingeniero, de 57 años, llegó a Nepal el pasado 21 de abril por un plan de turismo.

“En el momento en que ocurrió el terremoto estaba preparándome para salir hacia el aeropuerto. Cuando comenzó a temblar me sentí desubicado y no sabía qué iba a hacer”, contó.

Según su relato, tan pronto dejó de temblar decidió que regresaría a Colombia como fuera y por eso partió hacia el aeropuerto. Pretendía conseguir el primer vuelo posible.

Malagón narró que al salir del hotel, que quedada alejado de la zona más afectada, notó que esa estructura no había sufrido mayores daños y solo la fachada tenía algunas grietas.

Recordó que tomó un taxi. “Alcancé a ver cómo un poste había caído sobre un auto, aunque no vi si había personas adentro”.

También vio un monumento totalmente derrumbado -al igual que un templo- y muchas grietas en la carretera.

“Fue una odisea larguita. Tuve dos vuelos cancelados. Entonces, tuve que regresar al hotel, volver al día siguiente (al aeropuerto) para tratar de conseguir un vuelo a Nueva Delhi. El aeropuerto estaba lleno, pero la gente no estaba alterada (...) Era como si nada hubiera pasado. Todos pendientes, siempre amables, ellos estaban confiados en que todo iba a salir bien”, relató.

Finalmente, Malagón logró tomar un vuelo a Nueva Delhi y desde allí viajó a Bogotá el pasado martes.

CATALINA GÓMEZ ÁNGEL
Para EL TIEMPO
Katmandú

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