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Honor del libro

Honor del libro

Entre los placeres de la lectura cuenta la charla en la que se comentan los libros que están leyendo

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
27 de abril 2015 , 06:44 p. m.

Envidié mucho a un amigo que tuvo la suerte de tener una tía miope y rezandera, la viuda de un sabio masón que dejó una biblioteca suculenta que a nadie le interesaba, fuera de la mujer que los repasaba los lunes con un plumero pensando en los huevos del gallo, y del poeta de la familia, él mismo, que la visitaba de vez en cuando fingiendo indiferencia, siempre con la misma chaqueta de hondos bolsillos. A veces me pidió que le ayudara a acarrearla a un hogar menos estéril, gota a gota. Y yo iba de buena gana. Y lo hicimos con paciencia de hormigas. No hago la apología del delito. Pero creo que es lícito torcerles el cuello a las leyes de la hospitalidad para salvar del desprecio una biblioteca. Me acuerdo de que Barba Jacob agradeció a uno de sus anfitriones en Cali, llevándose sus libros. Y tuvo la delicadeza de dejarle este mensaje: gracias por todo. Me llevo sus libros porque usted no los entiende. Barba podía ser brutal.

A mí me sucedió con los libros de Tomás Carrasquilla que esperé encontrar un vejete con resabios de godo y descubrí un maestro socarrón y un prosista excelso. Pero muchos libros con los cuales pensábamos entendernos resultan insulsos y fofos. Así me pasó con los de Vargas Vila.

Los libros pueden ser peligrosos. La gente se mata hace siglos por libros que jamás leyó o que leyó a la ligera. Sucede en las guerras religiosas, en las refriegas políticas y en las revistas literarias donde los poetas se trenzan en polémicas erizadas, no siempre incruentas: los poetas en ocasiones pasan con soltura del ditirambo al botellazo.

Hace años, cuando apareció Rayuela, Jesús Ordóñez, el mayor librero del país entonces, confesó su asombro ante el entusiasmo que levantó. Él había traído seis ejemplares. Es que entre los placeres de la lectura cuenta la charla de los vecinos que comentan los libros que están leyendo. Y algunas personas logran una buena información literaria asistiendo a su cháchara, sin meterse la mano al bolsillo ni quemarse las pestañas.

La vieja etiqueta suponía que revelabas tu buena o tu mala índole por el estado en que mantenías tus libros, impolutos, sin dobleces en las hojas. Pero poco a poco se impone la tradición del escoliasta, que solo puede sentarse a leer con un lápiz en la mano para corregirle la plana al autor y señalar sus aciertos y sus gazapos, integrándose al fantástico palimpsesto de las letras humanas en una sesgada recreación del texto.

Conocí un hombre que subrayaba páginas enteras de sus libros con unos estentóreos resaltadores amarillos. Cuando lo vi pensé escandalizado que habría sido suficiente una marca en el folio en vez de manchar un libro de esa manera. Ya se sabe: los propios errores son los que más nos alarman en los otros. Yo fui peor al subrayar con un estilógrafo Parker las obras de Platón en la traducción de Azcárate. Los resaltadores tienen la piedad de desvanecerse: el destrozo de mi estilógrafo permanece intacto avergonzándome cuarenta años después. Otra cosa son esas personas que devuelven los libros afirmando con franqueza: ya lo acabé. Y en efecto traen de vuelta un guiñapo con el lomo lleno de mataduras como si lo hubieran usado para carga.

Una señora que hacía el aseo de mi casa, con el aire de una que acaba de ser alumbrada por una gran idea, me dijo un día: –Usted debería botar ese montón de libros viejos que tiene, y comprar unos nuevos. Y sacudió en mis narices como dos gallinas podridas los tomos desgastados de El mundo como voluntad y representación. Antes de que cometiera una barbaridad se los quité. Y los puse entre otros venerables vejestorios muy alto en los anaqueles donde nadie los alcanzara con semejante noción de la higiene. Y procedí a ahorcarla, cortésmente, lentamente.

Eduardo Escobar

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