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Nuestra herencia

Nuestra herencia

Nuestra lengua no es solo asunto de lingüistas, nos corresponde a cada uno conservarla.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de abril 2015 , 08:28 p. m.

Este jueves, cuando se cumplieron 399 años de la muerte de Cervantes, se conmemoró el día de una lengua que se forjó al contacto con el latín vulgar, el árabe, el catalán, el aragonés y el gallego. Del reino medieval de Castilla, su uso se extendería a toda la península ibérica y, después, a los vastos e inhóspitos territorios del Nuevo Continente, por un comercio en el que los colonizadores abandonaban la tierra conquistada cargados de piedras preciosas y gruesos lingotes, pero dejaban a cambio las monedas doradas de sus palabras.

Esa lengua, nuestro español, que brilló en las páginas de El Quijote, ha seguido resplandeciendo gracias a los aportes de innumerables poetas, narradores y dramaturgos ibéricos y americanos. En español han escrito plumas inmortales, como Calderón, Lope de Vega, Quevedo, Rubén Darío, Silva, Borges, García Márquez, Rulfo, Cortázar. En español se ha dicho “por vos tengo la vida, y por vos muero”, “qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruïdo”, “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Pero nuestra lengua no es asunto solamente de escritores y lingüistas, ni una franquicia cuyos derechos pertenezcan exclusivamente a la Real Academia. Este riquísimo idioma, en dinámica y en constante transformación –y en constante expansión, además, pues hoy es hablado por 500 millones de personas–, es de todos nosotros, y está íntima e indisolublemente ligado a lo que somos, a nuestra identidad y a nuestra cultura, a lo que pensamos y a la forma como interpretamos el mundo, porque, como dicen los estudiosos en la materia, no hay pensamiento sin lenguaje.

En este sentido, nos corresponde a cada uno de nosotros, los dueños de este patrimonio invaluable, apropiárnoslo y conservarlo entre los más preciados tesoros de la civilización. Tenemos, a favor, que esta herencia ha resistido los embates de las demás lenguas, y los ataques de las jergas que han estado trayendo las nuevas tecnologías. No cabe duda de que seguimos teniendo en nuestras manos el oficio de usar bien el español, como gesto de convivencia, como señal de respeto.

EDITORIAL

editorial@eltiempo.com
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