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Conrad en Cartagena

Conrad en Cartagena

Un final trágico y cómico tuvo el proyecto más ambicioso de la BBC que llegó un día a Colombia.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de abril 2015 , 06:25 p. m.

Un día, el productor italiano Fernando Ghia (q. e. p. d.) llegó a Colombia con el proyecto más ambicioso de la BBC: la adaptación para una serie de televisión de seis horas de Nostromo, de Conrad, una novela de este escritor polaco publicada en 1904.

Fernando tenía las ideas claras y la decisión tomada; habíamos filmado años antes la superproducción Misión, con Robert de Niro y Jeremy Irons, y Cartagena fue escogida una vez más como locación para esta bellísima aventura, que se desarrolla en Suramérica, en el país imaginario de Costaguana. Aunque la leyenda cuenta que Conrad, embarcado en el paquebote Saint Antoine, navegó hasta el Caribe y desembarcó en Puerto Cabello (Venezuela), y dicen que probablemente conoció a Cartagena.

Pero se inspiró en nuestra geografía y nuestra historia. Tanto, que en la película hay escenas que representan nuestras innumerables guerras internas, y se muestra la escisión de Panamá, empujada y apoyada militarmente por Norteamérica.

El reparto era de primer orden: Albert Finney, Claudia Cardinale, Colin Firth (premio Óscar), Claudio Amendola y una cantidad de pequeños actores; y los extras colombianos, que tanto impresionaron al director Alaister Reed (q. e. p. d.). La dirección de arte fue tan real que los mismos actores creían encontrarse de verdad en un entorno tugurial en un pueblito en la bahía de Cartagena, gracias al trabajo de otro de los herederos de Quemada, Francesco Bronzi, casado con una cartagenera. A los habitantes de Caño del Oro les prometimos como regalo las construcciones que habíamos realizado en el caserío, convertidas en el puerto de Sulaco, capital de Costaguana. Un muelle de 40 metros; un edificio de la aduana, de una altura de 16 metros; una estación ferroviaria y una locomotora, con sus vagones de tamaño real. En una reunión habíamos decidido, de acuerdo con los productores ingleses, no desarmar los decorados y dejarlos a la comunidad para que se convirtieran en un polo de desarrollo turístico.

Pero el final fue trágico y cómico, al mismo tiempo. La pobreza pudo más, y durante la noche todo el pueblo desarmó a mano limpia el fruto de seis meses de trabajo y la posibilidad de un futuro mejor. Pero los más contentos fueron los ingleses, que se ahorraron los millones que hubiera costado la demolición. Nadie sabe para quién trabaja.

Salvo Basile

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