El capricho de la guerra

El capricho de la guerra

'Más guerra', piensan algunos. A pesar de que llevamos en ella más de cincuenta años.

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22 de abril 2015 , 05:23 p.m.

A lo lejos se oye una ráfaga de ametralladora. El hombre se refugia en el vano. Llora en silencio. Espera que esos minutos –que parecen horas– pasen pronto, que la herida en su brazo no sea muy profunda. Quiere que amanezca, que el enemigo se retire para poder salir, para pedir ayuda. Pero el enemigo hace lo contrario, se acerca, sigue disparando. Una bala entra por su cuello, cerca de la yugular. Cae.

En la confusión de la noche no se sabe bien cuáles son los guerrilleros, cuales los soldados del Ejército. Hay dos mujeres aterrorizadas en una casa cerca de allí. Un niño de brazos llora en una habitación al fondo de la casa. Al día siguiente, los medios informan sobre el número de muertos, once soldados. Un bebé sigue llorando y muestra signos de deshidratación.

Un día después mueren cinco indígenas por tiros de gracia. Se desconoce el victimario aunque hay denuncias de presencia paramilitar. En el radio viejo de una tienda se oye a un expresidente decir que hay que arreciar la guerra, seguir con los enfrentamientos, acorralar a esos “terroristas”. Los cuerpos todavía frescos siguen en el suelo, las mujeres tratan de calmar a sus hijos en ‘shock’. Se preguntan si el hombre que habla por radio comprenderá lo que significa pasar noche tras noche en un fuego cruzado, con el olor de la sangre en las calles.

El expresidente dice que no hay condiciones para negociar con esos “bandidos”, que romper el cese al fuego es señal de que no tienen “voluntad de paz”. Los pobladores se preguntan si este hombre es el encargado de los diálogos de paz en La Habana, pues habla como tal. No, dice uno de ellos, es solo un expresidente, combatió ocho años a la guerrilla con el ejército más poderoso de América Latina y fracasó. Pero quiere que la guerra siga. Cree que solo con la guerra podemos llegar a la paz.

Las mujeres miran la carretera polvorienta y las manchas de sangre afuera. “Más guerra”, piensan. A pesar de que llevamos en ella más de cincuenta años, a pesar de tener una de las peores tragedias humanitarias del planeta Tierra. A pesar de que hay más de cinco millones de colombianos huyendo horrorizados de sus tierras. A pesar de que ha habido cientos de miles de muertos en unos pocos años.

El expresidente dice que necesita “voluntad de paz”, pero parece ignorar que él es el único que no tiene voluntad de paz, es el único que se rehúsa a sentarse en la mesa, es el único que no marcha por la paz mientras el país entero se vuelca a las calles. No, según él, habrá impunidad en ese proceso, como si no hubiera leído los acuerdos, como si cada punto no fuera a aprobarse por los colombianos.

La impunidad real es la que vivimos hoy gracias a la guerra, con un sistema judicial colapsado, con miles de victimarios que se lucran y asesinan a sus anchas, con niveles oprobiosos de pobreza, desnutrición, abandono, descuartizamientos, violaciones, dolor. Nos hemos convertido en el más grande camposanto del continente. Cientos de miles de muertos.

Es hora de pasar la página, piensan los pobladores en ese caserío perdido en el Cauca. Es hora de que el expresidente insatisfecho reconozca que tuvo ocho años para sacarnos de esta guerra y lo que hizo fue agudizarla y dejarnos ad portas de una guerra con Ecuador y Venezuela. Es él quien debe probarle a los colombianos que tiene voluntad de paz, bajarse de su pedestal y empezar a construir la paz con todos nosotros. Nadie quiere ya que sigan muriendo nuestros hermanos, hijos y padres. De hecho, nadie lo quiso nunca.


María Antonia García de la Torre
@caidadelatorre

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