Guía para viajar a Providencia, una de las maravillas de Colombia

Guía para viajar a Providencia, una de las maravillas de Colombia

Playas paradisiacas, un mar cristalino, aventura y tradición. Un destino para descansar de verdad.

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22 de abril 2015 , 03:44 p.m.

A lo lejos, Cayo Cangrejo parece una alucinación: una montaña verde en medio del mar. La lancha rompe las olas al mando de Franck Howard, un isleño que se gana la vida como pescador y guía turístico, quien señala con orgullo el lugar más hermoso y privilegiado de su natal Providencia. Cayo Cangrejo –cuenta Franck– es un pequeño islote, de apenas dos hectáreas de superficie, dentro del Parque Nacional Natural Old Providence Mc Bean Lagoon. (Vea en imáganes: Postales de Providencia, una de las maravillas naturales de Colombia)

Diez minutos después de partir desde el muelle de Santa Catalina –pegado del casco urbano de Providencia–, llegamos a nuestro destino. Y lo que tenemos al frente es una maravilla de la naturaleza: un islote en forma de montaña, un bosque seco sembrado con palmeras altísimas y árboles de mango por donde merodean cangrejos, tortugas y lagartijas. Sin duda, uno de los lugares más bellos e inexplorados de Colombia.

Si Cayo Cangrejo cautiva, el mar que lo rodea quita el aliento: es azul claro, como una piscina, tan cristalino que se ven los pececitos y las estrellas de mar, y la arena parece escarcha. A unos cien metros, el agua cambia de tonalidad: pasa a ser azul oscuro y más adelante verde esmeralda. Es el famoso mar de los siete colores del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

Cayo Cangrejo. Juan Manuel Vargas/ EL TIEMPO

Descendemos y Franck nos invita a hacer una corta caminata hasta la cima del cayo, ubicada a 30 metros de altura, donde nos recibe una panorámica de 360 grados. Y allí, sentados sobre una piedra, pasamos varios minutos contemplando este prodigio de la creación.

Somos los únicos presentes. Nunca hay muchos turistas, pues las visitas son estrictamente controladas, para evitar el deterioro del lugar. No hay servicios turísticos y nadie puede vivir –ni siquiera pasar una noche– en el islote. Aquí empezamos a comprender por qué en Providencia todos sus pobladores aman y respetan su territorio, y que por esa razón no se encuentra un solo papel en el piso.

“Queremos visitantes responsables y respetuosos de la naturaleza”, dice Franck. Y nosotros nos sentimos privilegiados por poder disfrutar de este paraíso, donde los nativos, de la mano de entidades como Acdi Voca, han encontrado en el turismo la mejor herramienta para mejorar sus condiciones de vida.

Nos despedimos de Cayo Cangrejo, pero antes disfrutamos de un chapuzón en ese mar precioso y muy fresco. A tres minutos, navegando, queda el cayo Los Tres Hermanos (son tres islotes pegados) donde no es posible tocar tierra, pues son el hogar de una colonia de fragatas, impecablemente blancas, que empiezan a volar sobre nosotros.

Franck invita a explorar el mar en una práctica de esnórquel y anuncia un privilegio más: Providencia tiene la tercera barrera coralina más larga del mundo –33 kilómetros–, después de las de Australia y Belice. Y ostenta otro título mundial: es reserva de la biosfera.

Durante media hora, careteando, descubrimos todo un colorido universo marino: peces de todos los tamaños y tonos que se mueven entre los corales y el arrecife, que parece un palacio de cristal. Franck desciende de manera asombrosa hasta las profundidades, durante más de un minuto. Parece una criatura marina más. Lo que hizo fue apnea, o buceo libre, una práctica muy exigente que dominan casi todos los varones de Providencia.

Descubriendo la isla

Los tesoros de Providencia no solo están bajo el mar. Recorrer la isla, de 17 kilómetros cuadrados, es una experiencia entretenida e inspiradora. Pero antes de viajar es importante saber que allí no hay resorts cinco estrellas, ni centros comerciales ni discotecas. Es un destino tranquilo, ideal para viajeros que buscan descanso en un lugar que –por fortuna– no ha sido invadido por el turismo masivo. Es un paraíso para aquellos que han comprendido que el verdadero lujo está en los destinos vírgenes, auténticos, silenciosos y sencillos como este.

Hay muchas formas para desplazarse en la isla. Los más deportistas podrán alquilar bicicletas. Pero para estar más cómodos es mejor rentar motos o carritos de golf, que aquí conocen como mulas. El alquiler es muy económico e informal: el día en moto cuesta 60.000 pesos y el de carritos, desde 120.000. Y el hospedaje es en pequeños hoteles o en cabañas de madera, valga decir, muy bien dotadas –con aire acondicionado, buenas camas y televisión–.

Karen Livingston es la directora de Pesproislas, una asociación de pescadores y guías turísticos de Providencia. Y es nuestra guía. Vamos en moto: ella en la suya y nosotros en la que alquilamos. Pero antes nos invita no solo a conocer los atractivos naturales y turísticos, sino también a aprender sobre las tradiciones y el patrimonio cultural.

Cuenta, por ejemplo, que la lengua de los isleños es el creole: una adaptación del inglés que aprendían los esclavos para poder comunicarse sin ser descubiertos. Por eso, dice, el español que hablan es medio enredado. Los niños, en las escuelas, aprenden ambas lenguas.

Este monumento evoca a los nativos que, con una caracola, anunciaban la llegada de un nuevo barco.

Cuenta también que no fueron colonizados por españoles sino por ingleses, y que a ellos se les debe, entre otras cosas, la arquitectura que se conserva con esmero: casas de madera pintadas de blanco y azul.

La primera parada es en el mirador de South West Bay, desde donde se aprecia una de las playas más bellas de la isla. Allí, todos los sábados al mediodía, los nativos hacen carreras de caballos; un espectáculo para propios y visitantes.
Bajamos a la playa, de arena morena y suave, que acaricia los pies. Los pocos turistas presentes descansan en las hamacas colgadas en los árboles, toman el sol o disfrutan del mar. El único ruido es el de las olas que revientan suavemente.

Allí también queda El Divino Niño, restaurante de pescadores que se convirtió en el favorito de los turistas. El plato más pedido es el mixto: trae media langosta, cangrejo negro adobado, dos pescados fritos, arroz con coco y patacones. Alcanza hasta para tres personas y es toda una delicia. Y solo cuesta 50.000 pesos.

Luego visitamos Manzanillo, considerada como una de las más bellas de Colombia. Mide 300 metros de longitud y se llama así por el fruto de un árbol que abunda en la zona, similar a la manzana verde, que no es apto para el consumo. Puede ser tóxico. La playa es adornada por un tapete de hojas amarillas que caen de los árboles y allí queda el bar de Roland, un raizal amable que todos los viernes, en la noche, ofrece una fiesta con músicos en vivo que interpretan ritmos autóctonos como reggae y calipso. Vale decir que estos ritmos son otro de los patrimonios de la isla. Los rastafaris, con sus melenas enredadas en trenzas de pelo añejo, les enseñan a bailar a los turistas.

La próxima parada es en Almond Bay, una playa pequeña rodeada de almendros, y la más solitaria de todas. Pasamos por el parque Lazi Hill, adornado con obras de arte gigantes, muy al estilo Gaudí, que le rinden tributo a dos de las especies más emblemáticas: la iguana rhinosopha y el cangrejo negro.

Karen cuenta que del primero de abril al 31 de junio se produce la migración del cangrejo negro. Toda la isla es un río de estos animales, tanto así que en esta época hay una especie de semáforo para poder transitar por la carretera –para evitar que los pisen– y se prohíbe la caza. Al lado del parque queda la Iglesia católica, y más adelante el templo del credo bautista y el convento de las monjas capuchinas, hoy convertido en un colegio.

Santa Catalina

Avanzamos hasta el extremo norte de la isla, donde queda el puente de los Enamorados, que comunica a Providencia con Santa Catalina. Es de madera flotante pintado de colores y desde allí los niños llaman la atención de los turistas lanzándose al mar; es el lugar ideal para contemplar la puesta del sol, que pinta el cielo de naranja, rojo y violeta. El camino conduce hacia el fuerte Warwick, un cerro desde donde el pirata Henry Morgan se defendía –con cañones que aún se conservan– de los barcos invasores que buscaban sus tesoros. Desde allí se divisa la Cabeza de Morgan, una piedra gigante que parece esculpida con la cara de un hombre. Se puede llegar en kayak.

Hay mucho más por hacer: salir de pesca con los nativos a cazar pez león –aquí cazan esta especie invasora y la convierten en un manjar que sirven en los restaurantes–, dar una vuelta en caballo y subir The Peak, el punto más alto de la isla en una caminata de dos horas que termina a 360 metros de altura. Y hay que bucear. Nosotros lo hicimos y fue como viajar a otro planeta, a uno lleno de criaturas fantásticas.

Myrian Virgili es una bailarina argentina. Esta es su segunda vez en Providencia. “Este es un lugar especial en el planeta, de lo más lindo que he visto. Tiene mucha magia y te produce una sensación constante de felicidad”.
Sí, felicidad. También tranquilidad e inspiración. Eso es lo que se percibe desde que se aterriza en el aeropuerto de Providencia, que se llama, particularmente, El Embrujo. En Providencia es muy fácil ser feliz.

Turismo y desarrollo

En Providencia el turismo comunitario, impulsado por organizaciones como Acdi Voca y Usaid, se está convirtiendo en una herramienta de progreso para los raizales. Capacitaron pescadores como conductores turísticos y los guías se han organizado en cooperativas que prestan servicios como buceo y senderismo. Los turistas también pueden visitar las casas de los nativos y conocer las huertas orgánicas con las que se busca que garanticen su seguridad alimentaria.
Más información en: www.discoveroldprovidence.com

Si usted va…

Transporte. A Providencia se llega desde San Andrés. Hay dos opciones, ambas muy económicas, gracias a un subsidio del Gobierno para fomentar el turismo.

En la aerolínea Satena, el vuelo dura 25 minutos. Cada trayecto cuesta $152.000.

www.satena.com

En catamarán, en un recorrido que dura tres horas, cada trayecto cuesta $ 81.000.

Tel.: 310 223-5949. www.catamaransanandresyprovidencia.com

Alojamiento. Una muy buena opción de alojamiento es en las cabañas del hotel Agua Dulce, que conservan la arquitectura típica de la isla. Tarifas desde $120.000 por persona.

Las cabañas del hotel Agua Dulce conservan la arquitectura típica de Providencia.

Informes: www.cabanasaguadulce.com

Servicios. Para guía turística y posadas nativas, contacte a Pesproislas. Teléfono: 316 761-5770.
Buceo. Para bucear, contacte a la escuela Felipe Diving. Allí ofrecen cursos para principiantes y se puede certificar como buzo. http://felipediving.com/

JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
Enviado especial de EL TIEMPO

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