La escultura del Joe / Limonada de coco

La escultura del Joe / Limonada de coco

Un músico grande como él podría arreglárselas después de muerto para sobrevivir...

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20 de abril 2015 , 06:19 p.m.

Años atrás nadie se imaginaba al Joe Arroyo convertido en escultura. Era previsible que cuando muriera se erigieran monumentos en su honor, pero nosotros no estábamos en la pista de baile para anticipar ese momento sino para seguir disfrutando su bembé.

El Joe era nuestro Mandinga, mi vale, ¿sabes cómo es?, el man que nos hacía brotar al africano que llevábamos adentro. Nos alebrestaba con sus tamboras, nos inflamaba el espíritu, nos hacía liberar todos los sudores aplazados. En una palabra, nos ayudaba a desoxidar el cuerpo. Por nada del mundo íbamos a dañar la fiesta sacándolo de nuestra pista de baile para montarlo como esfinge en un pedestal.

- ¿El Joe como estatua? ¡Zafa, jirafa!

Eso se les deja a los políticos, siempre tan rígidos como la piedra. Pero, ¿para qué coños íbamos a petrificar al Joe, si él no era un prócer sino un centurión de la noche, el bárbaro que desataba nuestros furores en las tinieblas?

Además, un músico grande como él podría arreglárselas después de muerto para sobrevivir en la memoria colectiva sin necesidad de que algún artista le hiciera una escultura.

Pero el Joe murió, mi vale, ya tú sabes. En esos casos los gobernantes sacan a relucir su oportunismo, así que el alcalde de Barranquilla, Álex Char, ordenó hacerle un monumento.

— ¿El Joe convertido en estatua?

Ni modo, mi vale, ya en ese momento tocaba. Tú sabes que nosotros, los Caribes, aunque seamos iconoclastas estamos habitados por un espíritu adorador. Si ya no podríamos tener al Joe de cuerpo presente capitaneando nuestras rumbas, por lo menos seguiríamos venerándolo en su altar de bronce.

El monumento le fue encargado a un artista plástico talentosísimo, Gino Márquez, quien plasmó al Joe haciendo uno de sus pasitos de baile mientras tocaba la clave. Quedó tan vívido allá arriba, en su pedestal, que parecía seguir dándonos aquella orden que nos daba desde la tarima cuando estaba vivo:

- Muévete bien, muévete bien bailador y deja que te invada la alegría.

Al verlo sentía uno ganas de volver a dar un pasito tun tun, ae, llevo pasito tun tun, ae. Pero tú sabes cómo es el vacile aquí en el Caribe, mi vale: a nosotros no nos gusta aplaudir a nadie sino comer prójimo, y más cuando se trata de un paisano talentoso. Así que empezamos a encontrarle defectos por todas partes a esa bendita estatua: que el Joe había quedado gordo a pesar de que cuando murió estaba flaco; que el Joe había quedado flaco a pesar de que cuando murió estaba gordo. Que debieron dejarlo sonriente para que se le viera el dientecito recubierto de oro, que debieron ponerle el gorrito africano que tanto le gustaba. Que esto y lo otro, mi vale, que patatín y que patatán.

Un colega de Gino Márquez –¡ay, nunca falta la gota de cicuta de los colegas!– esgrimió un argumento tan estúpido como xenófobo: al Joe no debieron inmortalizarlo luciendo una chaqueta, pues él no era cachaco.

- ¡Ay, Dios, ay Dios! A mi Dios todito le debo.

La muerte del Joe fue ayer nada más, mi vale, en julio de 2011. Nos falta todavía mucha perspectiva para apreciar esa escultura. Pero te garantizo que tus nietos la van a encontrar portentosa, y seguramente querrán beberse un trago en memoria del Joe, el único, nuestro Mandinga.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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