'Ruega por nosotros', de Alfonso Carvajal

'Ruega por nosotros', de Alfonso Carvajal

En este nuevo libro, Carvajal convierte en ficción el asesinato, en el 2011, de dos religiosos.

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17 de abril 2015 , 07:37 p.m.

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Rómulo atravesó un fragmento de la ciudad, un par de kilómetros, en su carro lentamente. Atrás había quedado la sombra compacta de René, su dolor, su silencio. Él parecía un sonámbulo únicamente guiado por el radar de la costumbre y la estupefacción. Estaba destrozado y se dirigió a su casa parroquial del barrio San Mateo. La noche caía impune y vio a los barrios miserables encendidos en las geografías vecinas como un pesebre a destiempo. Allí dormitaban los feligreses, que eran la vocación de su magisterio. Eso no se lo quitaba nadie. Eran suyos, como él de Dios. La naturaleza era impredecible –razonaba-: por qué René estaba infectado y él no. Qué fuerzas sobrenaturales condenaban a una sola pieza del tablero y no a las dos. Eso lo sumergía en copiosas reflexiones. En callejones quebrados. Su compañero de vida estaba caminando hacia el cadalso, se extinguía sin remedio, se evaporaba ante su inanición y la del Señor. ¿Sería una prueba más en el camino de su elección pastoral? No le tocaba a él, seguramente se había salvado de la rígida arquitectura de Dios, de sus castigadores designios, pero qué pasaría con René, se desmoronaría como un cáncer trepidante. Se iría de su lado para siempre. Ese pensamiento lo demolió. Presagió una soledad infinita e insoportable. Y él a qué jugaba en este golpe del destino. Cuál era su protagonismo. Un nubarrón gris le tajó el pensamiento: tantos años juntos, y la verdad es que sin René no valdría la pena seguir viviendo. Se estremeció, era como si una parte de él hubiera comenzado a morir.

Recordó su pobreza, las incomodidades materiales y la luz incipiente a la distancia del seminario que le cambió su rumbo terrenal. Se metió allí providencialmente para escapar de los prejuicios de ser gay, de ser tachado de “maricón”, de que lo vieran como un bicho raro, y también de un padre vigilándolo como un policía nocturno y que lo fustigaba con palabras soeces. Allá se encontró a René y la vocación de servir a los demás de la mano de Cristo. Era un pobre que se entregaría a los pobres como él, en un país afásico e injusto, en la inhospitalaria tierra del sagrado corazón. Allí cristalizó su otra pasión: el amor por los hombres. A las mujeres siempre las había mirado con cariño, sin sobresaltos, y a los hombres con una puntillosa ardentía interna. Un cosquilleo que lo arrastraba al deseo, a soñar encuentros heroicos, a jugar con los placeres de la mente.

Ser homosexual, amar a un hombre igual a él, no era una enfermedad, era una elección de su cuerpo y de su alma. Eso lo tenía claro. ¿Por qué amar a un semejante se le consideraba un pecado o más bien una aberración? Había nacido en un mundo equivocado, pero él había elegido vivir en los límites. Silencioso, tímido, expectante, pasivo, curioso, miraba a su alrededor y trataba de ser feliz, o por lo menos, vivir a sus anchas en un mundo cruel…

Lo de René lo tenía confuso. Era algo tan insólito y real que no había escapatoria posible. Se sentía como un barquito de papel deslizándose peligrosamente sobre las aguas de un mar quieto y traicionero, un mar que de repente se levantaría en olas gigantescas llevándose todo tras de sí y causando un naufragio monumental.

ALFONSO CARVAJAL

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