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El tiempo y Dios

El tiempo y Dios

El tiempo no existe, porque para el eterno presente no hay nada antes ni después.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
15 de abril 2015 , 05:46 p. m.

Existe la sensación general de que el tiempo está pasando más rápido que de costumbre, como si no fuera su costumbre pasar ignorándonos tan groseramente. El tiempo y su asociación directa con la eternidad, que es precisamente su anulación, pueden ser una de las más agudas obsesiones del ser humano. Casi nunca tenemos tiempo (como si fuera posible tenerlo); nos aterra perderlo, mientras somos nosotros los que estamos inapelablemente perdidos en él con nuestros exiguos minutos de conciencia. Solo la mente instalada en el ego necesita crear una variable tan relativa para encerrar el infinito.

El tiempo no existe, porque para el eterno presente no hay nada antes ni después, agotándose en sí mismo y reduciendo el pasado y el futuro a la ficción. La edad del mundo, que da vueltas repitiendo su historial de maravillas y horrores a lo largo de esos profusos millones de años que exhibe con tanto bombo, queda reducida a una frase súbita en el renglón de un libro, cuya lectura cabe en un puñado de segundos.

Todo lo que involucra el tiempo para el hombre es motivo de angustia, qué más puede significar la ansiedad sino su lucha desigual contra el tiempo. Supuestamente, malgastarlo es no hacer nada con nuestra vida; el hombre precisa huir del aburrimiento fundamental que produce ser hombre cuando el tiempo queda desnudo, sintetizado en lo que realmente es, una idea de emergencia, una ilusión urgente.

El hombre que enfrenta cara a cara el vacío del tiempo se mira tal cual es, sin el disfraz del hacer, y es en ese momento cuando se siente desamparado o de frente a algo trascendental y esencial que sobrepasa su intelecto. Aparecen entonces los ateos y creyentes, determinando si existe o no existe un Dios que no conoce el tiempo.

La eternidad no dura, porque no es tiempo. Si fuera así, duraría menos que un aplauso o una inhalación, de ahí que las religiones se refieran a la creación como un suspiro de Dios. Pero Dios y el tiempo no se entienden porque son de naturaleza diferente. El tiempo es asunto del ego, el primer amenazado por la idea de eternidad, que es su opuesto, por eso cuando el tiempo no importa, aparecen el ser, el arte, la felicidad y, por qué no, el mismo Dios en toda su plenitud.

Es posible que el tiempo no pase en realidad, y que solo sea una medida para calibrar qué tan ingenua es la inversión en nuestras azarosas carreras hacia ningún lado.

Margarita Rosa de Francisco

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