Antonio Nariño 250

Antonio Nariño 250

Replicar el ejemplo de Nariño es mantener viva la llama de la verdadera libertad democrática.

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09 de abril 2015 , 06:25 p.m.

En nuestra historia, no hay otro caso de un ciudadano que amara a su patria con tanta devoción, sinceridad y desinterés como el de Antonio Nariño y Álvarez, de cuyo natalicio se cumplieron este jueves doscientos cincuenta años.

Su vida es una novela intensa desde el día de su nacimiento hasta la hora de su muerte. Vino al mundo en condiciones de salud deplorables. Su médico, el doctor José Celestino Mutis, estuvo varias noches al lado del bebé moribundo, aplicando toda su ciencia para tratar de salvarlo, sin darles esperanza a los atribulados padres del recién nacido. Cuando el niño, contra todas las probabilidades, emergió victorioso a la vida, el doctor Mutis afirmó que sus medicaciones apenas obraron una pequeña parte en la curación milagrosa. El cuarto hijo de don Vicente Nariño y doña Catalina Álvarez había sobrevivido porque tenía la voluntad de vivir. Necesariamente, alguien con ese poder volitivo estaba destinado para grandes cosas.

Sí. Lo demostró incansable día tras día a lo largo de su existencia trepidante. En su infancia, bajo la tutela continua del doctor Mutis, aprendió todo lo que hay que saber sobre ciencias naturales, medicina y humanidades. En el colegio de San Carlos el ilustrado jesuita Vicente Basilio de Oviedo le enseñó el manejo de la imprenta.

Antes de cumplir los diez años, Antonio Nariño dominó el griego, el latín, el francés y el inglés, y se había leído buena parte de los libros de las bibliotecas del doctor Mutis y de su tío Manuel de Bernardo Álvarez. Tomó parte en la conspiración del marqués de San Jorge, que apoyaba la insurrección de los comuneros de El Socorro y principalmente la que encabezaba José Antonio Galán después de la firma de las capitulaciones. Pero al joven le tocó presenciar, como abanderado del batallón de Milicias, forzado por las circunstancias, el atroz asesinato del jefe de los rebeldes, José Antonio Galán, y de sus compañeros Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz y Manuel Ortiz, sentenciados por la Real Audiencia a ser torturados, arrastrados hasta el cadalso, colgados, descuartizados, con partes de sus cuerpos incineradas y el resto exhibidas en público en los poblados donde tuvieron lugar sus “oprobiosas acciones” contra la Corona española.

Ese acto inicuo, ordenado por un puñado de magistrados corruptos y todopoderosos para castigar a personas decentes que luchaban por el bien de su patria, indujo en Antonio Nariño el juramento interno de que no descansaría hasta librarla de un régimen oprobioso y sustituirlo por un gobierno liberal y magnánimo.

Guiados por la mano sapientísima del doctor Mutis comenzaron Antonio Nariño, José Antonio Ricaurte, Pedro Fermín de Vargas y Francisco Antonio Zea a formar la generación de conspiradores que conducirían el vasallaje colonial a la insurrección general del 20 de julio de 1810. Nariño y el doctor Ricaurte fundaron el periodismo colombiano al publicar en 1785 ‘El Aviso del terremoto’ y ‘La Gaceta de Santafé’. En 1791, con el respaldo del virrey don José de Ezpeleta, financiaron el Papel Periódico de Santafé del que se encargó el gran periodista cubano Manuel del Socorro Rodríguez y en el que Nariño colaboró con importantes análisis económicos, de tono claramente subversivo.

En 1793, Nariño tradujo y publicó en su Imprenta Patriótica los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La edición clandestina fue distribuida por los masones en el territorio del Nuevo Reino de Granada y en el de otros virreinatos. Procesado por una conspiración que se inventó el oidor Joaquín Mosquera de Arboleda y Figueroa, fue Nariño condenado finalmente a destierro perpetuo y prisión por diez años en África, con otros treinta de sus amigos, por el delito de traducir y publicar un papel prohibido.

De aquí en adelante la voluntad indomable de Nariño venció todas las adversidades con las que el azar y la fatalidad lo desafiaban. Pasaría diecinueve años de su vida en distintas prisiones, de algunas de las cuales escapó. Conspiró sin cesar, en prisión o fuera de ella; publicó en 1812 La Bagatela, advirtió a sus conciudadanos que el peligro de ser reconquistados era inminente e impulsó un movimiento de opinión que derribó al presidente Jorge Tadeo Lozano, y que lo llevó a él, en hombros de la multitud, a la jefatura del estado de Cundinamarca. Declaró la independencia absoluta y roto todo vínculo con la antigua metrópoli. Hizo la Campaña del Sur para liberar Pasto y Quito. Avanzó triunfante, pero en Pasto lo derrotaron, no los valientes pastusos, sino la traición de sus propios compañeros planeada por el Congreso de las Provincias Unidas. Pasó seis años de prisión en la Real Cárcel de Cádiz, donde siguió conspirando en acuerdo con los masones españoles, que lo mantuvieron al tanto de los sucesos, al tiempo que le facilitaron cada edición del Correo del Orinoco.

Ayudó Nariño a gestar la revolución de Rafael del Riego en Las Cabezas de San Juan, que detuvo el proyecto reconquistador de Fernando VII. Obligado por Riego, el monarca convocó las Cortes y acató con desdén la constitución liberal. En virtud de la revolución de Riego, Nariño salió libre en enero de 1820 y con el nombramiento de diputado a Cortes. Pronto le dictaron nueva orden de captura. Puesto en aviso por los masones, escapó a la isla de León. Allí formó parte de la Sociedad Patriótica de San Fernando, que se propone buscar la abdicación de Fernando VII y la constitución de la República. Le aconsejaron salir de España. Se movió entonces hacia Algeciras, donde por el Correo del Orinoco se enteró de que Francisco Antonio Zea estaba de encargado de negocios de Colombia en Londres. Saltó al Peñón de Gibraltar y, de allí, a Londres. En la capital del imperio británico, Nariño se reencontró con Zea y publicó un periódico, El censor Americano, del que aparecen solo dos números. Viajó a Paris, donde fue recibido por su viejo amigo, el barón de Humboldt.

Emprendió el regreso a su patria, ignorante de que muchos de los recién llegados a la revolución, como Fernando Peñalver, lo consideraban “un sujeto incómodo y revoltoso, cuya presencia es indeseable” y le pidieran al Libertador que lo mantuviera alejado con un cargo en Europa. Bolívar, en cambio de atender esas exigencias afectuosas, le escribió a Nariño con la solicitud de que acelerara su regreso a Colombia.

Nariño, que en el curso de su viaje había enviado más de treinta artículos al Correo del Orinoco, entró en Angostura. Le escribió al Libertador una carta que comenzó con la histórica frase: “De nada son los triunfos, mi querido Libertador, si la paz no los corona”. Bolívar celebra el regreso de Nariño “como uno de los dones con que la Providencia favorece a Colombia”, y le dio cita en Achaguas. El día que cumplió cincuenta y seis años, Nariño iniciaba su traslado de Angostura a Achaguas por el Orinoco, en un viaje fantástico, lleno de peripecias y aventuras, que dejó narrado en un diario escrito con la habilidad de un Julio Verne.

Bolívar lo nombró vicepresidente de la República, encargado del Poder Ejecutivo, con la misión primordial de instalar en Cúcuta, capital provisional de la República, el Congreso Constituyente. Nariño cumplió esa misión contra mil obstáculos, el 6 de mayo de 1821. Hecho el encargo del Libertador presidente, Nariño renunció la Vicepresidencia y retornó a Santafé. El Congreso lo nombró senador para el período siguiente, pero un par de malandrines de la política (que han tenido imitadores permanentes en el curso de nuestra historia republicana hasta el día de hoy) lo acusaron de estar inhabilitado para ser senador, por tres motivos gravísimos: deudor fallido del tesoro de diezmos en 1791, haberse entregado al enemigo en Pasto y haber residido por fuera del territorio colombiano, “por su gusto y no por causa de la República”, durante un tiempo superior al que prescriben las leyes.

La acusación torticera, monumento a la infamia política en Colombia, tuvo el mérito de que le permitió a Nariño, en su defensa ante el Senado, pronunciar la más grande oración de nuestros anales parlamentarios y republicanos. Sus acusadores se evadieron del recinto como cucarachas y Nariño fue sacado en hombros del pueblo.

Sus últimos meses en Santafé fueron su cruzada crepuscular en defensa de la libertad de expresión, amenazada por los matones al servicio del vicepresidente Santander, que andaban amedrentando a cuantos se atrevían a criticar al gobierno. (Leer ‘Los Toros de Fucha’ y ‘El Insurgente’)

En busca de climas benignos que le permitieran recomponer su organismo agotado, viajó a Ráquira y después se instaló en Villa de Leyva. En la mañana de su último día, el 13 de diciembre de 1823, Antonio Nariño salió a cabalgar, hizo algunas visitas “para despedirme, pues ya estoy en viaje al país de las almas”, volvió a la casa donde habitaba, se recostó en una silla, durmió un rato y al despertar miró al reloj de pared. “Las cinco. Me parece que ya es hora”, dijo. Y falleció.

Ningún homenaje será mejor ni más grato a la memoria del más grande de los colombianos que estudiar su vida, leer sus obras, conocer y entender su pensamiento liberador y revolucionario, replicar su ejemplo, mantener viva la llama de la verdadera libertad democrática, que él encendió. Lo demás es ruido.

Enrique Santos Molano

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