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Una mina le amputó su pierna, pero no su deseo de superación

Una mina le amputó su pierna, pero no su deseo de superación

La historia del capitán Alexánder Tapasco, una de las víctimas del conflicto.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
09 de abril 2015 , 04:49 a. m.

“Después de sentir la explosión intenté ponerme de pie, pero no pude. Quedé como pegado al piso. Cuando intenté levantar mis piernas una de ellas cayó ¡Me cascaron!, dije”. La historia del capitán Alexánder Tapasco Gallego, jefe de la sección de seguridad del Batallón de Policía Militar Número 3, con sede en Cali, es la de un sobreviviente del rigor de las minas antipersonas en el país, una de las casi 21.000 víctimas, miembros de la Fuerza Pública, afectados por el uso de artefactos. En esta lista están las que se han inscrito y también las que están por inscribirse.

Un artefacto explosivo accionado por guerrilleros de las Farc, de forma manual lo dejó sin la parte inferior de su pierna derecha. Sin embargo, el capitán Tapasco se ha convertido en un gran ejemplo de superación, sobre todo de aquellos que han sufrido las consecuencias de ese enfrentamiento contra los grupos que están por fuera de la ley.

Tapasco continúa activo en el Ejército. Es uno de esos líderes anónimos que logró pasar por encima de la adversidad para convertirse en un bastión de sus compañeros del Ejército, que al igual que él hoy hacen parte de la larga lista de discapacitados, que cayeron en un campo minado instalado por la guerrilla.

El 70 por ciento de los afectados, miembros de la Fuerza Pública, hacen parte del Ejército; el otro 30 por ciento son miembros de la Policía. Hasta diciembre de 2014 y durante 10 años, la Unidad de Víctimas ha inscrito 13.393 uniformados. Sin embargo otros 6.219 aparecen registrados en el programa Antiminas de la Presidencia de la República (Daima). Cifra de víctimas que ya alcanza los 19.603 en solo 10 años de estudio. En lo corrido del 2015 las declaraciones de 1.163 personas que solicitaron ser inscrita. Sus historias están siendo analizadas para saber si sus conductas tienen relación con el conflicto de manera directa. Esta cifra va en aumento, en la medida en que los afectados rompen su silencio y se hacen visibles.

“El tema de las jornadas de inscripción, que todavía no es automática, a medida que van verificando los aspectos de condición de víctima, van aceptando la inscripción; con ella esa persona tiene unos derechos como el tratamiento psicosocial, apoyo a la educación, integración de cadenas productivas… Son los derechos que la Unidad de Víctimas reconoce a los inscritos ya aceptados”, explicó a EL TIEMPO el coronel Carlos Javier Soler Parra, director de Derechos Humanos del Ministerio de Defensa.

Agregó que de la lista de mutilados y amputados del total de los inscritos por el Daima, 6.829 hacen parte de la Fuerza Pública y 4.244 son civiles.

A la fecha es decir estamos hablando de 6.829 soldados y 4.244 civiles en los últimos 10 años que fue cuando se creó el Daima, esto eso es el costo de todo este crimen de guerra y lesa humanidad.

“En las estadísticas se incluyen a todos los afectados sin importar el tipo de lesión o crimen del que hayan sido víctimas. Están incluidos muertos, heridos y amputados. Son las cifras que se manejan y que van desde 1985. Es una extensa lista que crece, porque quedan más casos por inscribir”, indicó el coronel Soler.

La historia de un héroe anónimo

El capitán Alexánder Tapasco, llevaba dos años como miembro del Ejército. Eso fue a finales del 2006.
Recuerda que se encontraba con su tropa, con unos 14 soldados, realizando en zona rural de Suárez (Cauca), lo que los militares llaman ‘labores de control militar de área’. Él y su pelotón tenían a su cargo la seguridad de la Salvajina, represa de 31 kilómetros que está ubicada sobre el Río Cauca, en el corregimiento de Buenos Aires.

El 10 de septiembre, el capitán Tapasco recibe la orden de ubicar un retén al borde la vereda El Amparo. El propósito era el de hacer control de ingreso de insumos hacia la parte alta de cordillera, a Timba y el Alto Naya, lugar en donde se hayan muchos cultivos de plantas de coca. Se trata de un corredor codiciado por los grupos criminales, que sacan por esta parte toneladas de droga hacia el exterior. Porque es el camino más corto para alcanzar el Pacífico.

Pasada la media noche –relató Tapasco–, soldados que hacían de centinela se percataron de unas luces en lo alto de la montaña. El capitán Tapasco envió entonces una patrulla para que verificara lo ocurrido. Los uniformados comprobaron que se trataba de un grupo de guerrilleros que estaban pasando por la parte alta, al parecer transportando droga, quienes dejaron a su paso una gran cantidad de minas antipersonas.

A las 4 de la mañana salieron de la maraña a la carretera, y cruzaron preciso por donde los guerrilleros habían dejado las minas. “Eran unas dos manzanas repletas de artefactos explosivos improvisados”, recordó Tapasco. Sin darse cuenta el pelotón cayó en ese campo minado. Desde la espesa selva los subversivos accionaron las minas.

“La primera explosión me alcanza a mí. Quedé de pie. Lo primero que hago es lanzarme al piso. Sentí un fogonazo –una luz muy intensa–. Un artefacto estaba a mi lado. Sin moverme veía, como varios de mis hombres salían de la maraña. Cuando quise alertarlos la mina que tenía cerca explotó. Los guerrilleros la accionaron por telemando –a través de cables–. Cuando intento, desde el piso, levantar el fusil mi brazo estaba hacia el otro lado, estaba al revés. Lo primero que dije fue ‘me cascaron’”. El entonces subteniente intenta sobreponerse al impacto de la onda explosiva.

“Desde el piso traté de observar desde donde nos estaban disparando y me doy cuenta de que los teníamos cerca, porque se veían las balas ‘trazadoras’ (un tipo de proyectiles especiales que tienen una pequeña carga pirotécnica en su base que se enciende al ser disparada). Nos lanzaron entonces granadas de mano. Lo que hicieron fue para haber acabado al grupo de soldados. Cuando llegó el apoyo los guerrilleros empezaron a lanzar tatucos, con lo que evitaron que los compañeros llegaran a tiempo a socorrer a los que estaban heridos”.

En medio de un combate las horas se hacen eternas, un minuto parece horas. En el suelo el capitán Tapasco aún no se había percatado de la realidad.

“Intenté arrastrarme, pero no me podía mover del piso, sentía como si algo me sujetara las piernas. Me volteo y cuando levanto mis piernas veo que parte de mi pierna derecha cae”.
El enfrentamiento con la guerrilla ese 11 de septiembre de 2006 dejó cuatro soldados muertos y nueve resultaron heridos, que fueron trasladados en helicópteros a Cali.

El capitán Tapasco y los demás sobrevientes al cruento ataque fueron trasladados a la Clínica Fundación Valle de Lili. Fueron 15 días en cuidados intensivos. Desde ese centro asistencial fue trasladado al Hospital Militar Regional de Occidente, que es el centro asistencial de la Tercera Brigada. Estuvo 2 meses hospitalizado. A partir de entonces empezó el proceso de rehabilitación.

En esos días fueron frecuentes los casos de militares afectados por las minas antipersonas. A cada momento llegaban más soldados amputados. Tapasco era el único oficial, en ese momento, quien perdió parte de su pierna derecha, desde la parte inferior de su rodilla.

“Durante mi proceso de rehabilitación conté con la fortuna de ser valluno, tuve el apoyo de mi familia, que fue vital para mi recuperación. A mi lado siempre tuve a mi novia, quien mantuvo todo el tiempo conmigo, a pesar de que no dejaban de visitarme mis padres y mis hermanos”, dijo Tapasco.

El tener a alguien, un familiar cerca, es de vital importancia para una persona que ha sido víctima de las minas antipersonas.

“Noté que los otros soldados que estaban en recuperación, que luego de la sesiones de fisioterapia, regresaban a la habitación a mirar hacia el techo, porque no tenían más nada que hacer. En cambio, cuando yo regresaba me encontraba con alguno de mis seres queridos, mi mamá se iba y tras ella llegaba mi papá, tras él llegaban mis hermanos”.

Ante la necesidad de hacer algo, el capitán Tapasco propuso la brillante idea de aprovechar el tiempo practicando algún deporte.

“Les propuse que hiciéramos algo, que nos fuéramos a jugar, a hacer deporte. No tenía ni idea de cómo montar un club, de cómo adaptar deportes. Unas jóvenes que se encontraban realizando pasantías en Fisioterapia propusieron la creación de un club, que permitiera practicar natación, baloncesto, voleibol sentados… Todo se hacía dentro del Cantón, porque el hospital está ubicado dentro de una unidad militar”.

Esa iniciativa permitió que se sumaran cada día nuevos deportistas discapacitados. De este grupo las Fuerzas Militares surgieron excelentes marcas nacionales.

“Tanto así que ahora las Fuerzas Militares cuenta con asisten a competencias internacionales. Por ejemplo un alzador de pesas que es Selección Colombia. Este pesista salió del mismo grupo en el que yo estaba. Este compañero empezó practicando baloncesto. Es un afrodescendiente de gran estatura, de contextura gruesa, que para ese entonces nunca en su vida había levantado unas pesas. Le sugerí que lo hiciera y fue entonces cuando enviaron desde Bogotá, por parte de la Liga, a un entrenador de pesas. Estuvo con él dos meses y a los pocos días fue medalla de plata de los Juegos Nacionales que se hicieron en Cali”, concluyó el capitán Alexánder Tapasco, quien luego de haber sufrido el atentado estudió sicología, en la Universidad Javeriana de Cali.

Además de la Sicología también se dedica a montar a caballo, porque también tiene su especialización de la Escuela de Caballería.

JUSTICIA

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